Hay alguien aquí con vida? He regresado a escribir, sin embargo noto que no hay mucha actividad . A caso hubo una nueva migración ? Hay alguna plataforma que yo ignore a la que todos se han ido y que tenga mayor actividad? Saludo a todos los que puedan llegar a leerme y espero su respuesta si se animan
@Jcleon12
Joined 15 September 2021 · 31 posts
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He estado un poco ausente. Ser inmigrante, no es sencillo y es muy poco el tiempo que tengo para escribir o dormir. Trataré de irlos leyendo y de recuperar algunos lectores con mis historias aún son terminar. Espero que estén muy bien. Nos leemos . Saludos.
Hago un paréntesis en la subida de mi novela (Cuidare de ti). La razón es que he estado un poco complicado aqui en donde me encuentro ahora. Como algunos de mi lectores saben tuve que emigrar de mi país Venezuela y aqui las cosas han estado difíciles para encontrar trabajo. En España si estas en situación irregular cuesta mucho que te den un trabajo. El dinero que traía se esta agotando porque debo comer y pagar arriendo y como podrán suponer eso impide que me inspire a escribir como lo hacia antes. Me gustaria tener algún ingreso con mis escritos, si alguien sabe de alguna manera de monetizarlos, le agradecería su informacion. Por aqui ya no llueven mucho los bch, que aunque ya eran pocos, suponian una ayuda al final de cada mes. Al menos para comprar un botellon de agua mineral jajaja. Me disculpo con mis lectores (si es que aun los tengo) y espero estar subiendo mis continuaciones, no pierdan el hype. Alguien me recomendo abrirme un patreon, pero la verdad es que no siento que tenga tantos fans. Aun asi agradezco siempre el que me lean y den sus opiniones, me hace pensar que a alguien le importa un poco las cosas a las que les doy forma con mi escritura. Espero que tengan un muy buen dia y que les vaya muchisimo mejor de lo que me ha ido. Saludos.
CUIDARE DE TI CAPITULO 4 Parte de ser un guardaespaldas encubierto es hacer creer a todos que eres alguien más. Saber disfrazarte y mezclarte. Esa noche mi disfraz era de caballero, sí, aquel detective muerto de hambre que trataba de comprarse un bistec y un traje nuevo valiéndose de artimañas, era ahora el pretendiente no oficial de una linda dama de clase alta. La Casa Grasso estaba llena. Tanto en los pasillos del interior como en los jardines, la piscina y los estacionamientos podía ver a los hombres y mujeres más influyentes de la ciudad. Magnates, políticos, artistas, supermodelos y por supuesto la más asquerosa de las mafias; la enorme organización criminal de Charles Grasso o como suelen llamarlo en el bajo mundo: el Grasoso Charlie. Todos ellos blandiendo sus copas de champán y sonriendo mientras conversaban de sus millones y de sus actos criminales. Caminamos hasta el salón de baile. Un mesero nos ofreció un par de bebidas que la señorita Maidy bebió de un solo trago. Sin perder el tiempo en saludos y protocolos la tomé de la mano y la arrastré para mezclarnos entre las personas que bailaban. Estaba desconcertada, pero bailar con ella me permitiría ver la reacción de sus primos y familiares. Alguna mirada de odio, algún indicio de que realmente había alguien dispuesto a matarla para arrebatarle la herencia del viejo. Aunque en un principio creí que ella solo era víctima de temores sin sentido, las cosas que ocurrieron esa noche me dejaron claro que nos enfrentábamos a un peligro real. La señorita Maidy me miró a los ojos. Parecía tensa, preocupada. —Relájese —dije mientras rodeaba su fina cintura con mi mano falsa y ella convirtió sus ojos en un par de rendijas—Esto es necesario. —Eso espero —contestó. El grupo musical inicio una canción suave. Un jazz perfecto para disfrutarlo con una dama perfecta. Varios pares de ojos se clavaron en nosotros. —Si necesita apoyo podría recostarse un poco, así su cabeza no estaría a tiro desde la ventana —Ella acalló un suspiro asustado y me observó alejándose un poco. Asentí —. El traje es nuevo y si le abren la cabeza de un tiro, me lo va arruinar. —Es posible que tenga razón, señor Rob—Susurró—. Pero no me crea estúpida. —Robi, señorita, es Robi, manténgase dentro del personaje —La sujeté contra mi cuerpo y ella lanzó un grito ahogado—. Ahora haga lo que le pido, es importante que sus familiares piensen que tenemos algún tipo de relación—Apoyó su cabeza en mi hombro, no pude evitar sonreír—. Huele usted muy bien —Me atreví a decir sin dejar de mirar a nuestro alrededor, alerta a cualquier movimiento extraño. —No voy a tolerar ese tipo de comentarios —dijo ella balanceando sus caderas al ritmo suave de la música, reafirmándome que las chicas de alta cuna también se saben mover. —Ese grupo de allá —dije—La mesa que está detrás de usted. La hice girar para que pudiera verlos dejándola de espaldas nuevamente. —La tía Irene y sus hijos Alba y Henry. —Sus primos la están mirando. Simule felicidad, su cara de susto se percibe a kilómetros —Ella levantó su cabeza y forzó una sonrisa—. Si sonriera más seguido, tendría una sonrisa falsa más creíble. —No creo que ellos quieran verme muerta. Crecimos juntos. —Averiguaré que tanto la estima su familia. Vaya mirándolos a todos y dígame su conexión con cada uno. Mientras nuestros pasos de baile dibujaban formas mágicas e irregulares en la pista ella me susurraba detalles. La fiesta estaba llena de criminales, si alguien quería la quería muerta, de seguro estaba aquí. La noche avanzaba tranquila, pero las cosas cambiarían muy pronto. De repente las luces se pagaron. Se oyeron gritos entre la multitud, aprisionè a la señorita Maidy contra mi cuerpo. Ya no había música, ya nadie bailaba. Todos corrían tropezándonos. Se oyó un disparo y el destello del arma iluminó el lugar unos segundos. Un cuerpo cayo al suelo con un agujero rojo pintado entre los ojos. Las luces regresaron. Alguien estaba en el suelo. La señorita Maidy temblaba atrapada bajo mi brazo derecho que jamás la soltó. El arma asesina todavía humeaba empuñada en mi mano izquierda. No volverían a encender la música esa noche. Muy pocos se atreverían a bailar en circulo infernal que se formo a nuestro alrededor. —¿Usted? —susurro la señorita. —Le dije que llevo tiempo practicando mi disparo con la izquierda.
CUIDARE DE TI CAPITULO 3 La buena presencia es primordial a la hora de transmitir profesionalismo y seriedad. Yo era, por supuesto, la clase de hombre serio y profesional. Así que compré ropa para mi nuevo empleo: un buen abrigo, un sombrero, una camisa, un par de zapatos y una corbata que hiciera juego con el conjunto. Con lo que me sobró mandé mi viejo Cadillac al taller y me abastecí de goma de mascar. Así que la señorita Romas tuvo que recogerme en su convertible, un Corvette C1 que despedía el delicioso aroma de las cosas nuevas y curiosamente ella tenía esa misma fragancia. Ella usaba ese día un sombrero de color rosa y un vestido, también rosa, cuyo escote ondulaba graciosamente al ritmo del viento. —¿A dónde vamos, señorita? —le pregunté mientras miraba los alrededores. No me había especificado nada, simplemente había llamado y me había citado en la Plaza Naranja: «Vista algo medianamente formal» fue lo que dijo y no sé cómo se viste uno medianamente formal, pero me puse la ropa que compré. —Vamos a una fiesta. — ¿Una fiesta? Genial —dije acomodándome en mi asiento. —Es una buena oportunidad para ver si puede con el trabajo ¿No cree? —dijo ella sin dejar de ver el camino. —Creí que salvarla de una bala era suficiente para demostrarle mis capacidades. El auto se detuvo. El semáforo estaba en luz roja y una señora mayor cruzaba la calle con su perro. —Lo contraté por eso, pero debe entender que es mi vida lo que está en riesgo. Usted es un lisia… —Un lisiado, dígalo, me alegra que no usara la palabra minusválido. —Disculpe —dijo ella visiblemente apenada. Lancé una carcajada, realmente me divertía el creciente rojo de sus mejillas alteradas por la vergüenza. —No se disculpe, más bien avance, el semáforo ya está en verde y no sé si el tipo de atrás conozca a su madre pero comenzará a nombrarla muy pronto. El auto se puso en marcha de nuevo y poco a poco dejábamos atrás la zona pobre de Satania y nos acercábamos más al gran Distrito Capital, donde la decadencia viste un traje con luces de neón y se disfraza así de elegancia. Y es que a pesar de que los edificios son viejos, sus luces y adornos la hacen parecer una ciudad del primer mundo. Lo primero que se ve al acercarse al Distrito Capital, al que de ahora en adelante llamare DC, es un gran muro que separa la zona roja de la “zona civilizada”. Los autos deben atravesar un enorme portal lleno de militares armados, que revisan el vehículo y hacen preguntas de todo tipo para asegurarse de que quienes entran no vienen a delinquir a la zona tranquila. En mi opinión todas esas precauciones no son más que una tapadera, no hay un sitio libre de corrupción y menos en una ciudad como esta, y aunque llenes los edificios de luces y pongas prostitutas elegantes en las aceras, la suciedad humana siempre logrará levantarse encima del disfraz de la estabilidad. El caos nunca muere. El Corvette púrpura de la señorita Maidy se deslizaba lentamente, abriéndose paso en el tránsito de Distrito Capital y mientras la tarde iba tornándose oscura, las luces y las pantallas publicitarias de los edificios destellaban con más fuerza. Había música electrónica en las calles. Unos malabaristas con la cara pintada, apostados en cada semáforo, se subían a sus monociclos donde escupían fuego y hacían piruetas. Elegantes y pintorescas prostitutas lanzaban besos desde las aceras. Y de vez en cuando se escuchaban los susurros de los vendedores de drogas en los callejones. DC era como una dulcería, un paraíso para niños grandes y adictos a los vicios del mundo. Esa era Satania vestida de luz y color, pero igualmente repugnante, como un piso vomitado al que han lavado solo con gaseosa de naranja, o una casa aparentemente limpia con las alfombras atiborradas de suciedad. Mientras ella conducía rumbo a la mansión donde se suponía iba a ser el gran evento yo observaba todo sin dejar de sonreír, después de todo, no tenía muchas oportunidades de visitar DC. —¿Por qué sonríe? —me pregunta con el ceño fruncido. —¿Por qué no hacerlo? Ella se encogió de hombros. La brisa le agitaba el vestido convirtiendo su escote en una trampa mortal en la que mi mirada había quedado atrapada. —En la guantera hay cigarrillos, tome uno para usted y enciéndame uno a mí, por favor. —No debería fumar —respondí—. Si quiere vivir puede empezar dejando el cigarrillo. —No me sermonee, eso solo lo hacía mi … ¡deme la maldita pitillera!—La voz se le quebró y sus ojos comenzaron a anegarse de lágrimas que no terminaban de derramarse. La chica tenía los nervios realmente jodidos—. Disculpe, en serio necesito ese cigarrillo, ¿sería tan amable de dármelo? —Señorita Maidy, nunca me pida que le dispare, porque a esos hermosos ojos suyos es difícil decirles que no —No se inmutó, usaba mi artillería pesada con esta chica pero nada lograba sacarle algo parecido a una sonrisa. Abrí la guantera y descubrí su pitillera dorada debajo de algunas tarjetas, sobres de correspondencia, un kit de maquillaje entero y un par de navajas, ¡sí, habían dos navajas pequeñas en la guantera de la mimada señorita Maidy! —. No me diga que con esto se arregla las uñas. Me miró algo confundida como si no entendiera el comentario sarcástico o como si lo hiciera pero no comprendiera porque insistía yo en esa actitud si a penas la conocía. —Las conseguí cuando me llegó la primera amenaza anónima ¿No cree que sea necesario? —¿Amenaza anónima? Eso no lo sabía, debió decírmelo —Le respondí mientras le encendía el cigarrillo con el encendedor del auto—. Ese tipo de información es importante para hacer averiguaciones, cuando pueda hágame llegar esos mensajes para revisarlos. Y en cuanto a las navajas, está bien que las lleve con usted, pero debe llevarlas en la cartera, la guantera está demasiado lejos y usted no siempre estará en su auto. Le di el cigarrillo y también una de sus navajas. —Tiene razón —dijo ella dándole una fumada a su cigarrillo. —Siempre —respondí metiéndome una nueva goma de mascar en la boca—. Ahora dígame: ¿Qué espera que haga yo en su fiesta? Ella dobló en una esquina donde un hombre vendía limonada en lo que parecía ser una pecera. —Quiero que se infiltre lo mejor que pueda y trate de… no sé, ver si hay algún sospechoso. Lucía nerviosa y sus ojos grises se esforzaban por no llorar. Hasta ahora las pocas emociones que había percibido en ella iban de la tristeza al miedo. Pero fue en ese instante en que comencé a preguntarme si no sería buena idea que yo, además de salvarle la vida, le devolviera las emociones que el miedo le había quitado. —No tenga miedo, señorita, yo la cuidaré —Puse mi mano en su hombro izquierdo y me arrepentí al instante de tal atrevimiento. Ella giró hacia mí y agito el hombro para librarse. Su mirada decía: ¿quién te has creído? —. Discúlpeme —Dije aclarándome la garganta y quitando mi mano de su hombro—. Dígame los detalles de esta reunión, mientras más detalles sepa podré pensar mejor en una forma de ayudarla. La señorita Maidy suavizó su entrecejo y su cara empezó a lucir menos enojada. —Es una fiesta de beneficencia. Se recogerán fondos para el sanatorio mental del doctor Dorangel. —¡Oh!, de manera que la alta sociedad se acuerda de los locos que hay en Satania. —¿Usted es uno de esos resentidos sociales? —Para nada, todo lo contrario, me divierten mucho las diferencias sociales. —Pues no es divertido, ese gran muro que nos separa solo lo hace físicamente— Dijo aspirando su cigarrillo con las manos aun temblorosas—. Nosotros no somos mejor que los del otro lado, si fuera así no lo estaría contratando. —Comienza a caerme bien —dije. Ella pensaba exactamente igual que yo respecto a Satania, el Distrito Capital y ese muro inútil. Terminó su cigarrillo muy rápido y en seguida me pidió otro. Bordeó una esquina y nos encontramos frente a un gran enrejado. Casa Grasso se leía en letras de metal dorado. —Ya hemos llegado —dijo mientras el auto se aproximaba al enrejado de la mansión, donde dos hombres gigantescos de piel oscura esperaban nuestra llegada— ¿Tiene alguna idea para pasar desapercibido, señor Rob? Asentí haciéndole ver que ya lo había calculado todo: —Al cruzar esa puerta llámeme Robi y sea mi mujer por el resto de la noche. La señorita Maidy juntó las cejas, confundida y apenada, mientras el portón se abría lentamente para dejar pasar a nuestro Corvette.
Cuidare de ti Capitulo II A las tres de la tarde estacioné mi destartalado Cadillac frente al viejo edificio donde tenía mi oficina. Bajé del auto y observé la fachada; la humedad había hecho caer casi toda la pintura y las manchas de moho se dejaban ver por todas partes. El edificio tenía tantos problemas de filtración que de algunas de las habitaciones brotaban hilos de agua que se deslizaban a lo largo de la pared hasta salpicar la acera. Sí, era horrendo, pero era barato. —¿Le cuido el coche, Señor Rob? —preguntó una niña sucia y despeinada que venía subida sobre una tabla con ruedas. A pesar de que sabía que nadie se iba a llevar semejante carcacha, que en todo el mundo solo amaba yo, le di un par de monedas a la chica y le dije: —Cuídalo bien, Emily —Le acaricie la sucia y tiesa cabellera, le guiñé un ojo y agregué: —. Este bebé es un clásico. En la puerta del pequeño apartamento que me servía de oficina, habían pegado un documento en el que decía que tenía 24 horas para pagar el arrendamiento o tendría que buscar otro sitio para mi negocio. Arranqué el aviso e hice una bola de papel con él. Giré la perilla y al entrar una señora mayor me puso una pistola en la sien. —Baja esa cosa, Greta. Los malos están afuera —dije regalándole una sonrisa. Greta era mi secretaria, debía tener más de sesenta años, pero era muy diligente. Le tenía cariño a la maldita vieja como si fuera mi madre. —Casi te vuelo la cabeza, primor —dijo bajando el arma y colocándose un cigarrillo en la boca —. Vinieron los de la renta, parece que se acabó el negocio, al menos aquí. Greta se sentó sobre su escritorio y cruzó las piernas—tenía lindas piernas a pesar de su edad—. Apagó su cigarrillo en el cenicero de cristal que le regalé en navidad y dejó escapar una nube de humo. —No deberías fumar, Greta —contesté arrojando la bola de papel a la cubeta de basura. —Y tú deberías revisar el banco de empleos para minusválidos, pero ambos sabemos que ninguna de las dos cosas nos haría feliz. —Tienes razón, Greta, siempre la tienes —me quité la gabardina y la colgué en el perchero junto a la puerta y más arriba puse mi sombrero. La sobaquera me la dejé puesta, nunca se sabe cuándo pueda necesitarse un revolver colt 45, así que mejor tenerlo al alcance de mi mano. —Llamó la señorita Maruja, quiere que busques al pequeño Rudy de nuevo. Ofreció pago adelantado y pastel de carne. Le dije que irías a su apartamento a las cinco y supongo que irás, necesitas dinero para pagarme el sueldo. Lancé una carcajada y me senté en el escritorio de enfrente colocando mis pies sobre la mesa. —Se acabó lo de buscar mascotas perdidas, Greta. Ya tengo un nuevo trabajo. —Rob, tienes un lindo trasero y eres apuesto a tu manera, ¿pero de veras crees que la prostitución te ayudará a mantener esta oficina funcionando? —Mi trasero no daría las ganancias suficientes, pero ¿qué me dices del tuyo? —No hay un solo bastardo en esta ciudad que pueda pagar lo que valen este par de nalgas, guapo. Pero déjate de idioteces, cuéntame qué pasó. Abrí la gaveta de mi escritorio y saqué una nueva caja de goma de mascar, puse una en mi boca y me recosté perezosamente en mi silla giratoria. —Seré el guarda espaldas de una pequeña pila de billetes, con lindos pechos, debo agregar —le respondí, masticando y mirando el ventilador del techo que giraba lentamente haciendo más ruido que viento. —Ya sabía yo que tu estúpida sonrisa no era solo por trabajo. Sólo no arruines el asunto acostándote con la infeliz. —Me insultas, Greta. Soy un profesional, no hago esas cosas—dije haciendo estallar un globo de chicle. El ventilador se tambaleaba haciendo desconchar la pintura del techo. —Claro, eso dices tú, pero me pregunto si el demente de tus pantalones está de acuerdo contigo. Como sea, explícame de que va la cosa, hace tiempo que solo vengo a cumplir horarios y a limpiar tu desastre, así que vendría bien algo de acción para variar. Le dije a Greta que sirviera dos tazas gigantes de café y le conté lo que pasó en aquella cita de trabajo. Que compartimos un almuerzo agradable en el que yo pedí un buen pedazo de bistec y ella solo pidió whiskey. Le conté que la señorita Romas me contrató sin miramientos para ser su guarda espaldas, luego, claro está, de que hiciera gala de mis habilidades físicas para salvarla de una bala tan peligrosa como imaginaria. —Eres un sinvergüenza —Dijo mi querida Greta en este punto de la historia. —Tal vez lo soy, pero recibí un adelanto por mis servicios —me levanté y busque en los bolsillos de mi gabardina. Saqué un cheque y se lo di a mi fiel ayudante—. Con esto saldo mi deuda contigo. Cobrarás este cheque, pagarás el arrendamiento, te comprarás algo lindo y me traerás mi parte. Debo comprar algo de ropa decente si voy a andar con la niña rica. Ahora dime, viejita loca: ¿no quieres darle un beso a este sinvergüenza? —Podría besarte, sí —dijo sonriendo y tomando el cheque—, pero no quiero romperte el corazón. Mejor averigüemos quien quiere matar a la muchachita y pongamos las cosas en orden. —Por ahora solo sé que heredó de su papi una gran fortuna y que el testamento solo beneficia a otros si ella muere. —Así que los que tratan de matarla son miembros de su familia. —Bueno, no habían tratado de matarla aún, pero la chica es paranoica y tiene miedo de que lo intenten. Según me dijo la cantidad de dinero haría que cualquiera matara a su madre y se la comiera cruda. —¿Tanto así? —preguntó Greta despreocupada. —Tanto así, bueno, ya ves que quiso contratar un guardaespaldas para sentirse menos angustiada. Y luego del atentado de hoy, la cosa empeoró. —¡Jodido Canalla! ¿La chica tiene los nervios destrozados y le haces esta mierda? —No me mates todavía, Greta. Por un lado tenemos trabajo de nuevo, gracias a mi sucia maniobra y por otro lado la señorita Romas ha firmado un contrato bastante económico con el detective privado más calificado de la ciudad. —Que modesto eres, primor. —Olvidaste decir apuesto, linda Greta, modesto y apuesto —Me senté de nuevo, saque otra goma de mascar y antes de meterme la goma a la boca le dije: —Otra cosa Greta, llama a alguien para que arregle el jodido ventilador.
Aprovecho esta noche para saludarlos y publicar el primer capitulo de esta historia que aunque habia comenzado en la version anterior de noise, no pude llegar a concluir asi que este es otro intento. Espero que los enganche y que la sigan. CUIDARÉ DE TI Capitulo 1: Llegué al restaurante quince minutos antes de lo acordado. Nunca fui demasiado puntual, pero cuando un hombre lleva meses desempleado una cita de trabajo lo hace saltar de la cama tan rápido como si lo bañaran con agua hirviendo, o al menos ese era mi caso. El lugar era elegante, tenía grandes ventanales y la altura en la que estábamos ofrecía una vista esplendida de la ciudad. El sol dibujaba grandes rectángulos de luz en las mesas y hacia brillar el piso de color caoba mientras los cubiertos tintineaban en los platos y se oían conversaciones en un tono de voz moderado. —Esto sí que es clase —murmuré sonriente. Mi cliente estaba en la mesa más lejana, en el último rincón del sitio, fumaba un cigarrillo, leía un catálogo de lencería—o eso parecía desde donde estaba —y alzaba la cabeza nerviosamente, cada cierto tiempo, para mirar a la puerta de la entrada. Tenía gafas oscuras y un sombrero azul claro del mismo color que el resto de su traje. No acostumbro detallar demasiado a las personas, por aquello de la mala educación, pero hay ocasiones en las que es un pecado no notar ciertos detalles. Su piel era muy blanca, aunque no tanto como el polvo de talco que cubría su generoso pecho, y tenía los labios pintados de un rojo lo suficientemente intenso para lucir sexy pero no tanto para parecer una prostituta. No tenía idea de que era ella cuando recibí su llamada; la había visto en las revistas de eventos y esas cosas, siempre acompañada de algún apuesto ricachón, pero jamás en persona y sin duda se veía mejor que en cualquiera de esas fotografías. Se trataba de la señorita Maidy Romas de 23 años de edad; hija de un magnate. Esto sumado a la repentina muerte del viejo la hacía dueña de una importante fortuna. No pude evitar sonreír al pensar en esto. Este si iba a ser un trabajo bien pagado. Los tiempos de perseguir parejas infieles por unos miserables billetes iban a quedar atrás. Sí, después de tener que comer horribles enlatados durante meses, por fin me comería un buen trozo de bistec y podría cambiar mi traje y sombrero viejo por algo más acorde a mi atractivo. Caminé hasta encontrarme frente a su mesa. Su perfume acarició mi olfato—Demonios olía delicioso—. Le dirigí una sonrisa y dije: —Buenos dí… —No pierda su tiempo, amigo. No le voy a dar mi número de teléfono ni saldré con usted —respondió al instante. —¡Oh! No estoy aquí para eso, señorita —dije—. No es que no me parezca atractiva, pero yo vine por el trabajo. Ella se quitó las gafas y me miró de arriba abajo. Sus ojos grises se detuvieron un largo tiempo en el aspecto plástico mano derecha—Sí, soy manco de una mano, pero mucha gente lo es así que no detengamos la historia por esta tontería—. —¿Usted? —preguntó ella arrugando el entrecejo. —Así es —respondí sonriente, quitándome el sombrero con mi mano buena y saludando con una leve inclinación—. Me llamó anoche, por el anuncio que puse en el periódico. Usted me citó aquí. Ella aspiró su cigarrillo y lanzó el humo inmediatamente. Parecía más nerviosa. —Mire, no quiero ser grosera, pero usted no es lo que necesito. Esto fue un error. —Preguntó si tenía buena estatura y experiencia comprobable. Mido 1.90 y en esta carpeta… —metí mi mano falsa dentro del saco para sacar los documentos, olvidando por un momento que no me serviría de nada—. Oh, disculpe usted— dije volviendo a sonreírle. Ella me miraba con una mezcla de lastima y enojo. Coloqué el sombrero en la mesa y con mi mano izquierda logré entregarle una carpeta amarilla y un poco doblada—. Ahí están mis referencias, también hay una lista de números de teléfono de clientes satisfechos, puede llamarlos si quiere. Ella se estrujó los ojos con los dedos. —Le falta una mano y yo necesito un guarda espaldas. No me interesan sus referencias. —De hecho —dije sentándome, sin que me diera permiso, obviamente—. La falta de mi mano derecha es una de mis referencias más confiables, la perdí al salvarle la vida a uno de mis clientes. Fue un poco gracioso porque estábamos en un… —No intente conmoverme —Dijo ella apagando su cigarrillo en el cenicero de la mesa— ¡Demonios! Tratan de asesinarme, necesito a alguien capaz de protegerme. Lamento que perdiera su tiempo, pero no puedo contratarlo. —Mi cerebro todavía funciona, bastante bien si me permite agregar. Y si tuviese que defenderla pues… estoy aprendiendo a disparar con la mano izquierda y cada vez lo hago mejor. El otro día solo me tomó tres intentos darle a una lata. Ella lanzo una pequeña risa falsa y dijo: —Esto es absurdo. No puedo seguir aquí, señor… —Rob, para los clientas hermosas… Alzó las cejas, supongo que algo contrariada por el nombre que le di. —Bueno, señor Rob, no puedo decir que fue un placer conocerlo, pero sin duda fue interesante. Ahora tengo que irme —Ella sacó su pequeño Monedero, extrajo unos billetes y los puso sobre la mesa. Se levantó y comenzó a caminar hacia la salida—. Almuerce algo si quiere y dígales que lo pongan a mi cuenta. Dele esta propina al mesero. «Maldita sea, otro empleo perdido» pensaba mientras veía alejarse su espalda medio desnuda. Tenía que hacer algo rápido o ella, el traje nuevo y mi oportunidad de salir finalmente del paro se irían. Me levanté y lancé un largo suspiro. —Creo que no me dejas opción, cariño —dije en voz baja. Corrí hacia ella y la embestí abrazándola con fuerza y dando un giro para que cayera sobre mí. La derribé sin mucho esfuerzo y caímos en el exageradamente abrillantado piso. Ella me miró con sus ojos grises muy abiertos— las gafas se le habían caído, por la sacudida—. Podía sentir su corazón latiendo fuertemente en mi pecho mientras reposaba acostada sobre mí. —¡¿Qué demonios le sucede, está loco?! —dijo. —No se altere, señorita, pero tenía razón, están tratando de matarla. Los clientes habían dejado de comer para mirarnos y un mesero comenzaba a caminar hacia nosotros. —El que casi me mata es usted… —¡Escúcheme! Es importante que me preste atención ¿Ve aquella ventana? —Le dije orientando mi cabeza hacia unos de los ventanales—. Hay un pequeño agujero en ella ¿Sabe por qué? —No veo nada. —No importa, lo importante es que el francotirador agujereó la ventana y no daño su lindo sombrero azul, logré empujarla antes de que acertara. Ella cambio su expresión de enojo por una de horror. —Pero no escuché el disparo. —Claro que no lo escuchó. El tipo está usando un rifle con silenciador y mira telescópica. Pude verlo en la azotea de aquel edificio—Ella comenzó a llorar y aunque me sentía un poco culpable de sus lágrimas le dije: —. No se preocupe, señorita, si me lo permite, yo la cuidaré.
Yo, el inmigrante 3 La primera noche en Madrid estaba sorprendido con todo lo que veía. Todo era tan diferente e iluminado, parecía una eterna fiesta. Note, eso si, los altos niveles de consumo. Al ser una ciudad turística supongo que es normal que la gente despilfarre enormes cantidades de dinero en tonterías como caramelos a base de marihuana y cosas así. Sucedió que al llegar a la habitación del hotel me atrapo el insomnio. Cerraba los ojos y era como si en mi mente se hubiese quedado la imagen fija de mis padres y mi esposa diciéndome adiós en el aeropuerto , anegados en lagrimas y aterrados de no saber exactamente si lo que esta haciendo tendría un buen desenlace. Sali del hotel y me metí a un bar, mas que por beber, lo hice para conocer un poco o conversar con alguien. A veces uno esta tanto tiempo diciéndose las cosas a uno mismo que piensa en compartirlo con alguien mas y oír su opinión. Uno cree que quiza una tercera persona tenga las respuestas que por alguna razón aun no has encontrado. Pedí una cerveza y comencé a conversar con el encargado del bar. Me comento que su esposa era inmigrante, que la había acompañado en su proceso. Me dijo que no comprendía por que nos dificultaban las cosas si en buena medida España se sostenía por el trabajo que prestábamos los latinos. Me dio su numero de teléfono y me dijo que le escribiera cuando llegase a donde me quedaría. Que quiza podía ayudarme. No me pareció un mal sujeto, de hecho sentí que era bastante amable. Pasaron los días y este señor finalmente me escribe. Me pregunta como estoy. Me dice que le facilite un numero de cuenta, que según le vaya cada mes puede ayudarme con algo de dinero para el arriendo. Todo me parece muy extraño y le digo que solo deseo conseguir un empleo, que valoro su ayuda pero no puedo aceptarla pues me apena muchísimo. Entonces me suelta una bomba atómica. Me dice que para el seria un placer ayudarme, porque quedo completamente encantado conmigo. Por aquello de la cultura, ingenuamente, seguí pensando que solo era amable, luego empezó a preguntarme si de alguna manera el me había parecido agradable y que si tenia preferencias por las mujeres o los hombre. Finalmente me pidió una foto. Fue decepcionante darme cuenta de que todo tiene un precio. De que todo tiene una segunda intención. Bloquee su numero, pero aprendí que hay que analizar bien las condiciones en las que algunas personas deciden prestarte ayuda.
YO EL INMIGRANTE 2 (diario de vivencias) En este mundo las calles son estrechas. Nadie sabe de tu existencia. Eres ese monstruo invisible que todos evaden. Las luces pueden ser agobiantes y confusas. De hecho todo es sumamente confuso. El nudo en la garganta, ese dolor que es el recuerdo de tu vida anterior, de las personas de las que te distanciaste, pero que llevas guardadas en un pequeño bolsillo de tu corazón. Es algo que jamás se va, que de vez en cuando, sobre todo en esas noches frías cargadas de silencio, te hace derramar lagrimas. Da miedo llorar, soltarse, da miedo que no puedas parar. La cuestión es que debes ser fuerte. Estás aqui por ellos. Si te rindes no habrá esperanza. Eres aquel que lleva el mundo sobre sus hombros, no puedes soltarlo o todos se harán pedazos. ¿Quién podría abrazarte? ¿Quién podría decirte que todo va estar bien? ¿Qué no tengas miedo? ¿Qué algún día todo esto, tendrá sentido? Vagas en un mundo que no te pertenece. Pisas en suelo desconocido y te arden las plantas de los pies. Por ahora este nuevo espacio te rechaza. Quizá con el tiempo te acoja y deje de ser el infierno frio que ha sido hasta ahora. Las fotos duelen pues te traen a la mente la realidad a la que renunciaste. Aquellas horas eternas frente a los que tanto amas se han detenido y no sabes cuando volverán a entrar en marcha .
Yo, el inmigrante : Hace algunos días llegué a esta zona de España. Es un pueblo pequeño, dónde al igual que yo hay muchos otros inmigrantes. Es confuso. La cultura europea, la mezcla con otros inmigrantes de África, Ecuador , Peru , Colombia. Aquí hay de todo y a pesar de eso sientes que te faltan cosas . Falta tu esposa, tus padres, incluso falta el ruido de tu ciudad, ese del que te tanto te quejabas. Ese vecino maracucho que ponía champeta y vallenato a todo volumen. Esos borrachos bajando en la calle y diciendo tonterías . Hacen falta las visitas a casa de tus suegros. Las preguntas incomodas a cerca de cuando tendras un hijo. Aquí nadie me conoce, nadie me saluda o me pregunta si estoy bien. Es un sitio ideal para aquellos que quieren estar solos . Yo sentía que era de esos a los que el silencio los llena, pero en estos días solo he sentido vacío .
La ciudad entera está en tinieblas. Ambos sostenemos una cerveza tibia en las manos. A penas nos conocemos, pero hablamos como si fuésemos amigos. En un gesto de cariño, impulsado quiza por el efecto de las cervezas, beso tu mejilla y un tercer compañero me incita a besar tus labios. Le digo que ni siquiera sé tu nombre, que sería irrespetuoso. Te acercas a mi oído y me lo susurras. Es un nombre corto y bonito, fácil de recordar. -Ahora nos conocemos -digo y te beso en los labios. La ciudad sigue en tinieblas, pero nuestros cuerpos comienzan a iluminarse con el fuego que nos quema en cada beso apasionado
El termómetro Roto «Si lo que quieres es una pesadilla perpetua, abre los ojos. Despierta y míranos » J.C. León La temperatura de mi piel aumenta. Otra vez tengo fiebre. Me duele cada espacio del cuerpo, me duele incluso respirar. ¡Maldita sea, es desesperante! Las sabanas se arrugan sin que nadie las toque, hay serpientes saliendo de mis zapatos y las ratas se comen todos mis libros y papeles, están por todas partes. Ahí está, en mis oídos, atrapada en las paredes de mi cráneo, la incisiva canción del carrito de helados; no se sale de mi cabeza, se repite una y otra vez, una y otra vez, ¡una y otra vez! Y ahora comienzo a ver todo rojo. Son las paredes, están sudando sangre y amenazan con inundar la habitación. «¡Quiero despertar! ¿Dónde estoy? ¿Por qué todo está tan oscuro? ¿Y qué coño hace aquí el elenco de la Guerra de las Galaxias? ¡Lárguense! ¿Me oyen? ¡He dicho que se larguen! ¡Déjenme en paz o le diré a mi mamá que me están molestando de nuevo! ¡Ella tiene una escoba!» Siento deseos de vomitar. Un par de moscas se paran en la punta de mi nariz y comienzan a fornicar, es repulsivo. «¡Fuera malditos insectos!¿Dónde está una pistola de agua cuando uno la necesita? Si la encontrara, las acribillaría» Comienzo a llorar. El dolor es tan insufrible que ni siquiera sé dónde me duele. Mis lágrimas se vuelven hojillas filosas y me desgarran las mejillas. ¡Cuánta desesperación! Un par de Gremlins han venido a acompañarme en mi agonía. Siempre odié a esas malditas criaturas. Comienzan a abrirme el estómago, hunden sus pequeñas garras y abren mi piel, luego sumergen sus monstruosas caras bañadas en sangre y devoran mis tripas sin que pueda evitarlo. —¡¿Oigan, ese es el espagueti que cené anoche?! —Les pregunto mientras comen—. Creí que lo había vomitado hace un instante, parece que no. Alguien toca a la puerta. Le pediría a mis extraños invitados que se fueran, pero sé que no me harían caso. Me levanto, por difícil que parezca hacerlo teniendo el estómago abierto y las vísceras derramándose en el piso, logro hacerlo y arrastro mis pies hasta la puerta. Al abrir veo a una mujer sucia y desnutrida que trae un pequeño bulto entre los brazos envuelto en sábanas blancas manchadas de óxido. Repentinamente se lanza sobre mí y, asustado, la empujo con las pocas fuerzas que me quedan. Ella me regala una horrible sonrisa deforme y de su boca escapa un caudal interminable de baba negra y viscosa. De pronto deja caer las sabanas y sale a relucir lo que envolvían: ¡el cadáver descompuesto de un mono! Entonces deja caer también el cuerpo hediondo y putrefacto del animal y se lanza sobre mí nuevamente. La golpeo con el puño directamente en la boca. Me muerde arrancándome un par de dedos. Luchamos un rato de la sala a la cocina y busco a mí alrededor algo para golpearla mientras ella sigue abalanzándose lanzándome dentelladas. Hallo una sartén en el suelo y la golpeo en la cabeza hasta que el mango se rompe. La mujer cae al suelo y del agujero en su cabeza salen gusanos rosados. He vencido. La temperatura de mi piel desciende y el dolor es menos fuerte ahora. Mi estómago se ha cerrado. Mis dedos están enteros. Ya no oigo la canción del carrito de helados, solo hay un suave zumbido en mis oídos. Ya no hay actores de la Guerra de las galaxias conversando en mi sala de estar. Ya no hay Gremlins. La luz está volviendo a mis ojos. Puedo ver de nuevo. Hay una mujer vomitando sangre en mi alfombra. Agoniza. Es mi novia y creo que la maté a sartenazos. Su mano temblorosa aun sostiene una bolsa de medicamentos. Hay pastillas para la fiebre, antibióticos desparramados y un termómetro roto. Estoy jodido.
Días complejos Esta noche paso por aquí para dejarles está especie de carta . Una de esas notificaciones. Sigo vivo y estoy "bien". Es la forma resumida para no entrar en detalles anímicos . Los que suelen leerme quizás han notado mi ausencia. Estoy resolviendo múltiples asuntos personales que me consumen tanto física como mentalmente. El agotamiento es tanto que en la noche a pensas puedo atender algunas de mis redes sociales . Se ha visto afectada noiseapp, sin embargo, me alegra ver qué tengo sumados unos cuantos seguidores más de los que tenía la última vez. Volveré con un relato. Quizá uno dramático, tal vez de horror psicológico o romántico ¿Quien sabe? No me iré por mucho tiempo está vez. Aunque no lo crean desahogarse en la app tiene para mí un efecto hasta catartico. Funciona , creo yo, como un espape o una especie de terapia. Saludos a todos los que me leen y me sigue . Que tengan feliz noche .
Escribir Escribir para que el tiempo no pase en vano, para que mis pensamientos tarden mas en morir que mi cuerpo. Porque las letras tardan más en ser devoradas por los gusanos. Escribir para vivir eternamente en los rincones digitales, en las páginas frágiles y amarillentas del cause del tiempo . Hacerlo porque le temes más al olvido que a la muerte. Porque amas, porque odias. Porque duele respirar . Porque estás feliz, nostálgico, eufórico, enfermo, feliz otra vez. Porque si no lo haces no eres tú sino otro. Una criatura extrañamente parecida que vive sin propósitos aparentes. Escribir mientras las heridas aún estén abiertas, para no olvidarlas aunque sanen.
Bien amigos.. está noche les traigo algo menos denso que la vez anterior. Un poco de drama, romance. Algo menos extraño, quizá hasta bonito. Bueno, lo juzgarán ustedes al terminar de leer. Feliz noche. Esta vez es tarde Estás ahí. Estás tan cerca que puedo sentir tu aroma, tan cerca, que si estiro mis brazos sé que mis dedos podrían tocarte, pero no, no puedo. Mi oportunidad para rozar tu cuerpo ya pasó, se la llevaron los demonios del tiempo y la circunstancia. Esa oportunidad, la ocasión de tenerte, se la llevó el “después”, el “tal vez”, el “quizás”, el “hablemos mañana”... Estás ahí, temblando de frío bajo la lluvia, casi abandonada a tu suerte, suplicando con tristeza y esperando que las agujas de un reloj que ya no existe giren siquiera media hora atrás. Siento el miedo que tú sientes. Siento la tristeza que recorre tu garganta. Siento tu amor convirtiéndose en dolor. Sé que recuerdas las cosas que ahora estoy recordando. Recuerdas la primera vez que nos vimos, piensas en lo inusual de tal encuentro, en lo mágico de ese destino que entonces nos hizo tropezar, el mismo destino que ahora maldices llena de rabia y desconsuelo. Veo el rastro que va dejando la nostalgia en tus mejillas. Esperas, y yo también lo hago; tan cerca de ti que casi puedo abrazarte, pero no, esa opción ha caducado junto al “para siempre” que nos prometimos aquella mañana de octubre luego hacer el amor por primera vez. Ambos esperamos y lo sabes, sabes también que lo hicimos durante demasiado tiempo, pero hoy, hoy completamos nuestro círculo. Esta es la última vez que esperarás y lo harás sin mí. El agua recorre tu piel y el frío te hace temblar, pero aunque siento tu frío, no puedo ya protegerte de él. Recuerdas las veces que di mi abrigo en las noches heladas, sé que lo recuerdas porque ahora yo también lo hago y al hacerlo la nostalgia me golpea con tanta fuerza que, si fuera posible, me ahogaría con mis propias lágrimas amargas, lágrimas que serían demasiadas para detenerlas con un solo beso de tus labios, lágrimas que solo dejarían de existir si es que, nuestra ausencia mutua, volviera a convertirse en una simple pesadilla, una de la despiertas sudando y llorando y de la que te ríes por considerarla imposible. Aunque te veo sufrir, no puedo hacer más por liberarte de tu carga, no más de que lo que ahora hago. No te culpes, pues no es tu culpa. Las cosas no siempre deben tener un culpable y si este hecho lo tuviera, el mismo sería yo por mi debilidad humana. Sería culpable de ser un simple mortal, hecho de carne y huesos frágiles. Sería mi culpa fallar a la promesa de cuidar de ti sin importar las circunstancias. Siempre tuve miedo de tu abandono. Siempre temí despertar un día y no verte junto a mí. Temí que te marcharas de mi lado y tenía pesadillas horribles en torno a mi temor. Nunca te fuiste, nunca fue radical una separación que viniera de tu iniciativa. Al final el cobarde soy yo, al final soy yo el que se va. Estás ahí, comienzas a verte borrosa desde mi ángulo. Estás tan cerca cuando me deslizo en tu dirección, que casi puedes sentir escalofríos si paso junto a ti. Y yo estoy ahí y al mismo tiempo aquí, mojándome a la altura de tus pies y al mismo tiempo al margen de la lluvia, perdido, suspendido, atrapado entre tu realidad y la mía y tocando tras de ti esa blanda superficie de lo inexistente. Y tú estás hermosa aunque te veo borrosa, no importa, recuerdo bien como es tu rostro. Está junto a mí y yo estoy cada vez más lejos de ti. Me tomas de la mano para que no me marche, pero ya no estoy ahí, sostienes la mano de un cuerpo vacío que tiene el cráneo abierto y derrama su cerebro sobre la acera desde hace media hora. Te aferras al bulto que antes contenía mi espíritu y besas el rostro desfigurado que una vez fue tan mío como tuyo; ahora no es más que trozos de carne ensangrentada y huesecillos rotos, que tiemblan tratando de aferrarse a la vida que se les escapa. Grito que te amo aunque el tiempo de decirlo haya pasado. Esta vez es demasiado tarde.
He vuelto y quiero compartir con ustedes un relato un tanto extraño que escribí hace bastante tiempo. Lo publique en la noise antigua pero entiendo que algunos de ustedes no lo han leído y bueno puede que les guste. (Relato semilargo, abstenerse perezosos ) El Hueco Ella se sentaba en el cubículo de en frente. Era ese tipo de personas, esos, sí, los de mejillas rosadas, los que nunca se despeinan. Los individuos hermosos y limpios que jamás sudan, que huelen siempre a perfume y tienen su cabello permanentemente bien peinado y brillante. ¿Y quién soy yo? Soy Ana, si quieren ponerme un nombre. Era la chica sudorosa y nerviosa, la del otro cubículo; desde donde era fácil ver la luz de Karen —el bombón perfecto que describí hace rato—. Mi cabello siempre olía a cerveza sin importar cuantas veces lo lavara. Apestaba y picaba. La comezón interna, más allá del cuero cabelludo. Y sin importar que tanto me rascara o cuanto cabello me arrancara, la comezón seguía allí. Pero no es de mi cabello de lo que deseo hablar, ni siquiera es sobre la perfecta y dulce Karen, al menos no en este párrafo. Se trata de algo que estuvo en mi casa desde hace mucho y que vine descubriendo hace un par de meses. Se trata del hueco. Tengo cinco gatos, bueno, eran cinco antes de que la pequeña Sofy desapareciera. La busqué por todas partes menos allí, en ese lugar tan oculto y sin embargo tan cercano. Pero con el pasar del tiempo el repulsivo hedor de su carne descompuesta me guio y pude hallarla. Ella flotaba en el agua negra, completamente hinchada y con los ojos salidos de sus órbitas. Muerta, si les queda alguna duda. Y estaba en el hueco, por supuesto, dónde más estaría. Fue de así como lo encontré, arrastrándome por la abertura bajo las tablas del porche, justo debajo de la sala. El hueco estaba cubierto por una tapa de madera podrida a la que le faltaba un pedazo suficientemente grande para que una gata pudiera caer al fondo. Terminé de romper la madera y el olor a muerte me saludó envuelto en una oscuridad absoluta. Apunté mi linterna y sentí dolor en la garganta al iluminar el blancuzco y peludo cuerpo de mi pequeña Sofy. Me entristecí, no sé cuánto tiempo estuve llorando mientras su horrible olor me pateaba las fosas nasales, pero luego vi algo más ahí abajo. Junto al cadáver, tambaleándose en las ondas del agua, estaba la cara inexpresiva de una mujer. No, no era otro cadáver, era solo mi reflejo. Pero había algo en aquel rostro que me era completamente desconocido, que me hacía sentir miedo. Y ese picor, el hormigueo que ocurre debajo de mi cabello e incluso debajo del hueso de mi cráneo, se hizo sentir de nuevo mientras me miraba en el agua. Me rasqué, claro que sí, lo hice hasta que vi sangre bajo mis uñas, pero la comezón no se fue, no mientras estuve mirando a aquella yo tan desprovista de emociones. Después de que saqué a mi gata, lazándola con un cable, la enterré en el patio. No podía tirarla a la basura, no a Sofy, la pequeña tenía que estar cerca de mí. No podía dejar de pensar en ese hueco, quería volver a verlo. Quería encontrarme conmigo misma otra vez en el reflejo de las repugnantes aguas del pozo. Y lo hice, sucedió en sueños durante la noche, luego cada mañana. No podía dejar de arrastrarme bajo la casa y mirar un par de minutos, una hora o mucho más tiempo. Terminaba llorando o riendo hasta vomitar luego de cada visita al pozo. La obsesión creció. Rompí el piso de la sala para poder mirar el hueco sin tener que reptar bajo la casa. A penas comía, dejé de ir al trabajo y con el tiempo comencé a hacer mis necesidades fisiológicas en ese lugar. Sí, amigos, defecaba y orinaba apuntando al foso y siempre mirando mi rostro en el agua, esperando alguna reacción, rascando mi cabeza hasta rasgarme la carne. Un día tocaron la puerta. Supuse que venían a preguntar por qué no había vuelto al trabajo, pero no fue así. Nunca les abrí, conversé con ellos desde adentro, sin apartarme del agujero. Me preguntaron por ella, dijeron que había venido a verme hacía algunos días. Que su auto estaba estacionado en mi garaje. Preguntaron si podían pasar. Y yo solamente susurraba “no” a todo lo que me decían. Se marcharon, pero dijeron que volverían y que derribarían la puerta si era necesario. Luego de esa visita la cara en el agua cambió. Era más nítida y sonreía burlándose de mí, eso me hacía enloquecer y ya casi no me quedaba cabello de tanto rascarme. La recordé entonces. Ella tocó mi puerta un día, la golpee con un martillo y la lancé al pozo, bueno, no recuerdo si la arrastré debajo de la casa o si fue entonces cuando rompí el piso y la empuje al agua, pero ahí estaba con esa asquerosa sonrisa, mofándose del olor a cerveza que salía de mí. La mujer en el agua ya no era yo. Era ella. Aún lucía linda, de un modo particular, pero ya no era tan perfecta. Sus mejillas no tenían el tono rosado de antes y definitivamente ya no olía bien. En su boca abierta hacían vida un centenar de moscas que revoloteaban alegremente, poniendo huevecillos por doquier. No sé qué ocurrió conmigo el día en que vi mi reflejo en el hueco, pero me gusta saber que ya no soy la que está hundida en la podredumbre donde perdió la vida mi pequeña Sofy. De vez en cuando vuelve la comezón, no sé a qué se debe, lo único que sé es que, cuando al fin me dejen salir de aquí, iré a ver el hueco una vez más y buscaré a mis gatos. Los extraño mucho.
Bien amigos he de decirles que estaré un tiempo ausente. Me cortaran el servicio de internet ya que no cuento con el pago del mes. Mi esposa tuvo problemas de salud y bueno la salud es primero (y es cara también) . En algún momento volveré y estaré más activo leyendo los y publicando. Les dejo este poema por si no saben de mi en un largo tiempo . Feliz tarde . Dulzura oscilante Manantiales de colores escapan de tus dedos, dedos de hueso cubierto de caramelo. Gotas de miel amarga dejas caer tecla a tecla y agrios susurros zumban en mis oídos; donde oigo el grito de tu amargura; el mismo grito de tu dulzura. Maligna dulzura. Amarga dulzura. Encantadora dulzura; nunca dulzura pura. Caricias electrónicas, transformas en un parpadeo en abanicos de agua turbia, turbia pero siempre dulce, arsénicamente dulce. Agua y aceite hechos amantes bajo la piel de tus pechos, fuego y arena mezclados en una botella de vino, eterna fiesta en tu mente; cual salón de baile repleto de invitados enemigos convertidos en amigos y en el centro, tu amargura y tu dulzura jugando a sonreír juntas, jugando a abrazarse, jugando a quererse para dar sabor a tu besos digitales, para dar forma a las hermosas palabras, que me regalan tus manos.
Aviso: este relato es larguito y ya lo publique una vez,pero usaré las ventajas que me da la app para publicar sin spam y así podrán leerlo solo aquellos que de verdad disfruten de leerme .. espero que sean muchos y que puedan leerlo hasta el final. Para Andrea (#relatolargo) Me gustaría contar esta historia a cero grados en lugar de 180. Susurrártela al oído y, ¿por qué no?, deleitarme con las curvas que dibujen tus labios en las partes graciosas. Sí, de alguna manera el sufrimiento de otros termina haciéndonos gracia cuando éste ya ha pasado, pero ese es el detalle, no sé si ha pasado, no sé si no pienso en ello porque lo superé o porque me aterra revivir tales experiencias. Y no, no estoy insinuando que amarte ha sido del todo una tortura, no me malentiendas; no lo ha sido porque al mirar hacia atrás casi todo resulta un lindo recuerdo: La vez que usaste zapatos blancos, la vez que corriste detrás del autobús para que no te dejara, la vez que le diste un sonido claro a tu risa y esa vez que sin querer rozaste mi mano en las escaleras eléctricas. Pero eran otros tiempos, otras circunstancias, incluso tú eras otra. Y no todo fue bonito, en eso sé que estás de acuerdo conmigo, o al menos deberías estarlo. Te conocí un jueves de abril. El cielo era casi negro ese día con pequeñas y tímidas gotitas escapando de él, como lo harían las lágrimas de alguien que se niega a dejarlas en libertad. Abrí mi libro de cálculo en la página 115, donde un amasijo de integrales me daba los buenos días. A las seis de la mañana estaba en un autobús cuyos asientos se habían transformado en las camas de la mayoría de los pasajeros. La puerta se abrió de golpe. No muchos te vieron subir, la mayoría trataba de continuar el sueño que la alarma del despertador les había interrumpido antes de venir aquí. Pero yo te vi y el resto del mundo se vino abajo en un segundo, la poca iluminación que había se extinguió y solo quedamos tú, yo y la oscuridad que nos acompañaba. Como por instinto quité mi morral del asiento de al lado, esperando que te sentaras conmigo, pero te sentaste en el asiento más cercano a ti, tal vez porque fui demasiado obvio, tal vez porque te resulté desagradable, o simplemente porque te dio pereza caminar. Tu cabello era de color caoba, claro que ese día tenías puesta la capucha del abrigo y apenas pude ver delgados hilos rojizos alrededor de tu cuello. Lo que llamó mi atención al principio fue tu nariz, era delgada y larga, sí, algo larga, aunque no lo suficiente para izar una bandera. Y luego vinieron tus ojos, que creí negros ese día y más tarde resultaron ser cafés; no era el color lo que me gustaba de ellos—no hay nada más común y corriente que unos ojos cafés, te lo he dicho otras veces—, lo que me gustaba era lo que me hacía sentir el verlos, los lugares a los que me transportaban y la fuerte erección que me dejaron. Lo último fueron tus labios, el superior delgado, el inferior carnoso; los vi y ya jamás dejé de verlos. Los días pasaban y siempre era la misma rutina. Subías y te sentabas donde había lugar, siempre en silencio, nunca a mi lado. Y yo imaginaba tu nombre, llegaste a llamarte Aura, Sofía, Raquel, pero el nombre que elegí para ti fue Andrea, ese nombre era el que debía llevar una persona con tu rostro, con tus formas. «Andrea Ramos, 20 años de edad. Le gusta el color azul porque de ese color suele vestirse» Y yo me enamoraba más y más. Me iba a la cama pensando en ti, Andrea y con la imagen de tus ojos solía quedarme dormido. «Andrea Ramos, hoy usa zapatos blancos, estudia medicina y adora a los niños» Pero vino también el insomnio y llegaba a casa perturbado, agotado de tanto pensar, o más bien de tanto pensarte. Me iba a la cama ideando posibles maneras de hablarte, las palabras que te diría, las respuestas que me darías, los gestos qué harías… y siempre llegaba a la conclusión de que no podía dañar lo que teníamos con un acercamiento fallido, pero pensando lo bien el solo acercamiento ya representaba una falla. Así quedaba clavado en el colchón, con los ojos muy abiertos, mirando un montón de nada en la oscuridad y al mismo tiempo viéndolo todo en mi cabeza. Y no era hasta que me masturbaba, con tu mirada en la mente, que lograba conciliar el sueño. Así me quedaba dormido, con un pene muerto y húmedo bajo la palma de mi mano y la palabra patético marcándome la frente, pero tus ojos flotaban en algún lugar brumoso dándome un poco de paz, solo eso era importante. «Andrea Ramos tiene un perrito llamado Manuel. A ella le encantan los perros, en eso nos parecemos» Como soy creyente fui a la iglesia a buscar el perdón de mis culpas. Había violado el mandamiento que prohíbe concebir pensamientos y deseos impuros. El padre me dijo que rezara tres avemarías y que evitara el pecado. Nunca supe cuántas avemarías hacían falta para arrancarte de mi cabeza, pero me di cuenta de que las que yo rezaba no eran suficientes. «Andrea Ramos no usa tangas, le parecen incomodas, pero se las pondría para complacer a un chico. Si yo se lo pidiera ella accedería, claro que sí. Andrea Ramos corre muy rápido, casi alcanza el autobús» Una cosa llevó a la otra, no estaba seguro, por supuesto que no, nunca lo estuve y justo ahora lo estoy mucho menos, pero una tarde me acerqué y te hablé. —Hola Andrea… —sí, te llamé Andrea, porque así es como tenías que llamarte—. Perdón, yo… hola. Sonreíste con el ceño fruncido, parecías contrariada. —Hola —dijiste—. ¿Qué se te ofrece? Pasaron tantas cosas en mi mente, tantas posibles respuestas inteligentes, pero no fui capaz de elegir una yo solo dije: —No lo sé, yo…, me encantas. Te reíste, fue un día genial, porque hasta entonces ignoraba ese sonido que estaba saliendo de tu garganta, el brillo de tus dientes húmedos, esa mirada alegre. Fue un buen día. —Bueno, mi nombre no es Andrea, así que no sé si creerte lo otro, pareces confundido. Fue la primera falla, tu nombre no era Andrea, resulta que te llamabas Ángela y me conformé con que al menos las dos primeras letras tuvieran algo que ver con Andrea, pero igual fue un poco desilusionante. Más calmado, te dije que me encantaría conocerte, te dije mi nombre, la carrera que estaba estudiando, agregué que no era peligroso a pesar de mi extraña manera de acercarme a la gente. Te invité un café, bebiste tres. Los días avanzaron con saludos y besos en las mejillas, sonrisas de lejos y entre las caras de otra gente, caminatas hasta la parada de autobuses, conversaciones en el transporte matutino—claro, porque empezaste a sentarte conmigo—. Comencé a recuperar el sueño, la calma, mis manos dejaron de apagar el estrés con la masturbación. Estaba interactuando contigo, finalmente estaba en un camino claro hacia algo, hacia ti. —¿Te gustaría ser mi novia? —te pregunté unos seis meses después. Creí que había esperado demasiado, que a estas alturas difícilmente me quitaría el estigma de amigo. Lo que dijiste fue que no estabas lista para algo de esa magnitud, que podíamos vernos como algo más que amigos y después si las cosas avanzaban seríamos novios. Ese día besé tus labios y me gustó, pero algo seguía inquietándome. Unas dos semanas después tuvimos sexo, bueno, tu tuviste sexo, yo hice el amor contigo, todavía existías entonces. Ha pasado un año ya y no queda nada. Veo tu rostro sonreír, te escucho decir: Te amo. Cada día entramos a una habitación, o un baño público, o una obra en construcción, o el cuarto de la basura de algún edificio y tú me besas, yo te beso, luego ambos nos besamos a la vez y nuestros cuerpos responden a las caricias, nos quitamos la ropa y tenemos sexo, sí, sexo, ya no es amor, al menos no para mí, pero ahora resulta que para ti sí. «¿Dónde estará Andrea Ramos?» Yo no puedo amar a quien dejaste en este sitio. Ya no eres tú, Andrea, ahora sólo eres Ángela y yo te quiero de vuelta. Sé que tu cuerpo la encierra en algún lugar, pero no la consigo y cada vez soporto menos el hecho de haberte perdido. A veces pienso que nunca fuiste Andrea, que siempre fuiste esta y no quise verlo. Y ahora Ángela es mi novia—sí, ella aceptó después de todo— y dice que nunca me dejará, que me ama, que he sido su salvador cuando se creía perdida. Y no sé cómo decirle que no la quiero, no sé cómo explicarle que amo a una mujer que vive dentro de ella, pero nació en mi cabeza y he dejado de verla. Me he desplazado tantos grados, Andrea, quizá algún día pueda traerte del punto en el que te perdí, para que estemos juntos y dividamos ese cariño que por ahora te roba Ángela. Te extraño.
Sorbos en la humareda: Hoy hay humo en la ventana y fantasmas en el viento y aspiras mientras las larvas se dan un festín con tus ojos. La carne palpita viva en el rojo mar sangriento y las aves acarician el margen púrpura etéreo. Es la vida que comienza en el punto muerto del tiempo. Llantos que parecen risas y te hacen reír cuando lloras, se dan cita en tu ventana y fornican con el humo y ese mencionado humo, aquel visto en la ventana, se va vivir a la fuente de pensamientos ajenos. Allá arriba en tu cerebro vive y viola tus recuerdos mientras sigues aspirando y el humo susurra lamentos.
Sobre el pastel Este seria mi primer poema en esta plataforma. Ya en noise.Cash he publicado algunos que han tenido buen recibimiento. Esperemos que este les guste y si es asi, esten atentos para mas contenido. Saludos. Sobre el pastel: ¡Qué vivan los novios ¡ Que no se apaguen los soles de sus frentes ¡Qué vivan, qué vivan! Hasta que se maten. Que llenen el mundo con el fruto de su amor y que sufran en manos de sus vástagos malditos, de sus semillas enfermas. ¡Que vivan, que vivan felices! Que la joven esposa espose a su esposo y que el esposo la ame aunque lo encadene y condene. Y si alguien les dijera cretinos que ambos los enfrenten con las piedras blancas de sus risas. ¡Que vivan los novios! Si no hay más alternativa.
Cuando escribo (ideas durante el proceso creativo) Cuando comienzo a escribir esto no sé muy bien para quien lo escribo. Se supone que debe ser algo así como una carta, para ir sacando lo que está atrapado en mi cabeza y conseguir la idea que hasta ahora se esconde. La idea, no es que se esconda, corrijo, más bien pareciera enredarse con otras ideas. Estoy seguro de que muchas veces se te ha ocurrido algo y a su vez otra cosa que batalla con la primera idea, compitiendo por ver quién se queda y de repente surge otra y otra más, al final tienes un montón de imágenes e ideas rojas que burbujean tratando de escapar por alguna parte. Lamentablemente las ideas no son como la sangre o algún fluido del cuerpo. No es tan fácil sacarla como cuando te cortas o te sacudes la nariz y sale sangre o flema. Las ideas, las que se entrechocan, deben salir o al menos a mi me pasa así, cuando finalmente te dices a ti mismo: Coño, ésta definitivamente supera a las demás. Claro, que luego surgen las dudas, creo que es uno de los obstáculos más grandes a la hora de hacer cuajar una idea o de darle forma a través de un escrito, ya sea un cuento corto o una novela, uno siempre se pregunta si lo que uno concibió como la mejor idea otro no lo considerará algo estúpido. Surge en uno, como escritor, el miedo a la crítica que es tanto más fuerte que las ganas de ser evaluado y criticado, si, uno es caprichoso, tanto, que vive esa especie ambivalencia cada vez que llega el momento de mostrar algo. Bueno, parece que la carta va tomando forma, parece que se está convirtiendo en un listado de escusas, pero amigo lector, seas quien seas, las palabras que te escribo son sinceras, te hablo de mi proceso creativo, de cómo los monstruos que engendro, llegan a ti con un rostro más o menos aceptable, de cómo corto sus tentáculos para que no te asfixien y te aburran hasta la muerte. Las buenas ideas, no abundan, claro que si hay muchas ocurrencias, pero no todas son buenas, alguien debería estar ahí para decirlo, pero lastimosamente y afortunadamente también, el proceso de la escritura es una actividad, así como la lectura, que son para realizarse en soledad, o al menos de esta manera es como se desarrollan mejor. Stephen King, por ejemplo, recomienda terminar la historia con la puerta cerrada y arreglar los fallos con la puerta abierta, abierta a las críticas y al concepto que puedan formarse los otros sobre tu historia. Y digo afortunadamente porque la verdad es que la mirada vigilante de otros siempre me ha truncado la imaginación y me pone los nervios de punta a la hora de realizar cualquier actividad, no solo hablo de escritura, pero ya es algo personal, supongo que la respuesta es que mis talentos, si los hay, funcionan mejor cuando estoy solo y sin distracciones. Hablando de esto siempre recuerdo a la escritora Patricia Highsmith en su libro Suspense defiende la soledad y afirma que, al menos en su caso, las relaciones afectivas le mutilaban la imaginación, claro que Stephen King dice todo lo contrario, él encontró en su esposa el impulso y apoyo además de una muy buena crítica. ¿Qué digo yo? Buena pregunta, creo que más allá de la compañía que uno tenga, lo que te permite dar rienda suelta a tu imaginación y soltar ese nudo que a veces aparece, es dejarlo fluir, no ponerte obstáculos a ti mismo. Muchas veces la mejor manera de soltarse es compartir con alguien todas estas cuestiones que pasan por tu cabeza y que quizá no todos se sentarían a escuchar. Por ahora, ese alguien me escucha, tal vez a esta persona la aburra de muerte con todo ese jarabe de palabras que a veces se me escapan, pero me siento bien sabiendo que al menos no se escandaliza o no lo ridiculiza sino que me da alternativas y lo más valioso, su opinión. Al final, estoy de acuerdo con patricia, en parte, porque hay relaciones que te absorben, pero amigo lector ¿a quién no le gusta tener alguien con quien compartir las ideas, hayan cuajado o no? Yo he comprobado que a mí sí.
Cuidare de ti: Capitulo 5(Nadie baila en el infierno) Parte de ser un guardaespaldas encubierto es hacer creer a todos que eres alguien más. Saber disfrazarte y mezclarte. Esa noche mi disfraz era de caballero, sí, aquel detective muerto de hambre que trataba de comprarse un bistec y un traje nuevo valiéndose de artimañas, era ahora el pretendiente no oficial de una linda dama de clase alta. La *Casa Grasso* estaba llena. Tanto en los pasillos del interior como en los jardines, la piscina y los estacionamientos podía ver a los hombres y mujeres más influyentes de la ciudad. Magnates, políticos, artistas, supermodelos y por supuesto la más asquerosa de las mafias; la enorme organización criminal de Charles Grasso o como suelen llamarlo en el bajo mundo: *el* *Grasoso Charlie.* Todos ellos blandiendo sus copas de champán y sonriendo mientras conversaban de sus millones y de sus actos criminales. Caminamos hasta el salón de baile. Un mesero nos ofreció un par de bebidas que la señorita Maidy bebió de un solo trago. Sin perder el tiempo en saludos y protocolos la tomé de la mano y la arrastré para mezclarnos entre las personas que bailaban. Estaba desconcertada, pero bailar con ella me permitiría ver la reacción de sus primos y familiares. Alguna mirada de odio, algún indicio de que realmente había alguien dispuesto a matarla para arrebatarle la herencia del viejo. Aunque en un principio creí que ella solo era víctima de temores sin sentido, las cosas que ocurrieron esa noche me dejaron claro que nos enfrentábamos a un peligro real. La señorita Maidy me miró a los ojos. Parecía tensa, preocupada. —Relájese —dije mientras rodeaba su fina cintura con mi mano falsa y ella convirtió sus ojos en un par de rendijas—Esto es necesario. —Eso espero —contestó. El grupo musical inicio una canción suave. Un jazz perfecto para disfrutarlo con una dama perfecta. Varios pares de ojos se clavaron en nosotros. —Si necesita apoyo podría recostarse un poco, así su cabeza no estaría a tiro desde la ventana —Ella acalló un suspiro asustado y me observó alejándose un poco. Asentí —. El traje es nuevo y si le abren la cabeza de un tiro, me lo va arruinar. —Es posible que tenga razón, señor Rob—Susurró—. Pero no me crea estúpida. —Robi, señorita, es Robi, manténgase dentro del personaje —La sujeté contra mi cuerpo y ella lanzó un grito ahogado—. Ahora haga lo que le pido, es importante que sus familiares piensen que tenemos algún tipo de relación—Apoyó su cabeza en mi hombro, no pude evitar sonreír—. Huele usted muy bien —Me atreví a decir sin dejar de mirar a nuestro alrededor, alerta a cualquier movimiento extraño. —No voy a tolerar ese tipo de comentarios —dijo ella balanceando sus caderas al ritmo suave de la música, reafirmándome que las chicas de alta cuna también se saben mover. —Ese grupo de allá —dije—La mesa que está detrás de usted. La hice girar para que pudiera verlos dejándola de espaldas nuevamente. —La tía Irene y sus hijos Alba y Henry. —Sus primos la están mirando. Simule felicidad, su cara de susto se percibe a kilómetros —Ella levantó su cabeza y forzó una sonrisa—. Si sonriera más seguido, tendría una sonrisa falsa más creíble. —No creo que ellos quieran verme muerta. Crecimos juntos. —Averiguaré que tanto la estima su familia. Vaya mirándolos a todos y dígame su conexión con cada uno. Mientras nuestros pasos de baile dibujaban formas mágicas e irregulares en la pista ella me susurraba detalles. La fiesta estaba llena de criminales, si alguien quería la quería muerta, de seguro estaba aquí. La noche avanzaba tranquila, pero las cosas cambiarían muy pronto. De repente las luces se pagaron. Se oyeron gritos entre la multitud, aprisionè a la señorita Maidy contra mi cuerpo. Ya no había música, ya nadie bailaba. Todos corrían tropezándonos. Se oyó un disparo y el destello del arma iluminó el lugar unos segundos. Un cuerpo cayo al suelo con un agujero rojo pintado entre los ojos. Las luces regresaron. Alguien estaba en el suelo. La señorita Maidy temblaba atrapada bajo mi brazo derecho que jamás la soltó. El arma asesina todavía humeaba empuñada en mi mano izquierda. No volverían a encender la música esa noche. Muy pocos se atreverían a bailar en circulo infernal que se formo a nuestro alrededor. —¿Usted? —susurro la señorita. —Le dije que llevo tiempo practicando mi disparo con la izquierda. Nota: Si te esta gustando esta historia, permanece alerta a los capitulos siguientes.
La Pluma de los Sinclair(relato) Llevo largo tiempo observándola. Ella está arrodillada y de perfil a unos cuantos metros de distancia. Estamos solos en un callejón sucio y maloliente de alguna parte de la ciudad. Lleva puesto un ajustado y corto vestido amarillo, de esos que te obligan a invitar un trago en un bar o te mantienen despierto durante noches enteras con su solo recuerdo. Bañada por la luz tenue de la luna, ella luce casi perfecta. Nadie más se ha percatado de nuestra presencia. Es uno de esos momentos en los que el mundo parece un lugar convenientemente solitario, volviéndose este el más confiable de los cómplices para guardar un secreto; pero un secreto puede convertirse en el más despiadado torturador o tal vez es solo una opinión personal. Su cabello dorado y rizado de un brillo no natural, cae hasta sus hombros camuflándose poco a poco con su vestido. Me acerco a ella y solo se oyen mis pasos mientras camino; es como si la ciudad enmudeciera para nosotros, como si nos hiciera un favor momentáneo. Es que estar en este callejón justo ahora y justo en este momento que parece de elasticidad infinita, me hace creer en la alocada posibilidad de que en todo el mundo no exista nadie más. Sus labios están barnizados de rojo intenso y desde mi posición parecen un par de fresas cortadas a la perfección, fresas pequeñas, hermosas, temblorosas… Cuando estoy a solo un paso de su cuerpo me detengo. Sopla un viento helado que agita sus rizos y alcanzo a ver la piel de sus brazos erizada de frío. Ella tarda unos segundos en girar el rostro en mi dirección y entonces niega lentamente con la cabeza. El silencio continúa y parece una densa capa de plástico que nos ahoga haciéndonos respirar más lento, quizá es solo impresión mía; quizá la situación va colocando ideas, imágenes y suposiciones en mi cabeza. Sus ojos son grandes y tan azules y brillantes como el collar de zafiros que cuelga en su cuello. Están inundados de lágrimas y rodeados por la mancha deforme, negra y húmeda del maquillaje corrido que da un efecto triste y grotesco a lo que antes fue belleza. La hermosa rubia falsa que llora de rodillas en el pavimento anegado de este callejón es la viuda Evie Sinclair; prestigiosa escritora del romanticismo moderno. Su rostro luce precioso incluso manchado de sangre o al menos es lo que pienso. La viuda Sinclair era ajena a este adjetivo hasta hace algunas horas atrás, cuando su esposo aún vivía. El magnate Dimitri Sinclair yace en su regazo boca arriba y con una pluma estilográfica plateada atravesando su garganta. Sus ojos verdes, antes cargados de vida, bondad y alegría parecen ahora ausentes y como perdidos en la inmensidad del cielo nocturno. La viuda Sinclair se pone de pie e inútilmente trata de limpiar las manchas de sangre de su sensual y elegante vestido. Me dirige la mirada, sus ojos son tan hermosos que llenan de sosiego sin importar el momento. —Usted no puede decir nada de lo que ha visto —dice entre sollozos, pero increíblemente tranquila —Yo no lo he hecho, yo no lo asesiné —No respondo. Me limito a observarla. Siempre tan hermosa, siempre tan elegante. No importa que el mundo entero se caiga a pedazos, Evie Sinclair sigue siendo Evie Sinclair —¿No dirás nada? ¿Me ayudarás? Aún sin responder me acerco al obeso cadáver del bondadoso señor Dimitri, su boca está abierta y su lengua sobresale con un leve tono purpura. Me quito la boina del uniforme y me inclino para observarlo un poco mejor. Aunque han pasado pocas horas desde su muerte algunas moscas ya han hecho nido en sus fosas nasales. La hermosa pluma estilográfica destella a pesar de la poca luz del lugar, la tomo, la cubro con un pañuelo y la guardo en el bolsillo de mi camisa. —¿Si le ayudo, de qué forma puede usted ayudarme señora? Ella abre su bolso apresuradamente, las manos comienzan a temblarle y varios objetos caen al suelo. Recoge algunos billetes y me los entrega. —Tome este dinero, solo tiene que callarse —dice mientras se inclina a recoger sus cosas. —Ustedes los ricos tienen una manera rápida y sencilla de resolver las cosas, pero odio los clichés, Señora Sinclair —tomo el dinero y lo guardo en mi bolsillo junto a la pluma —. Por ahora esto me convierte en un mudo especial durante algunos días, pero lo que quiero va más allá de unos cuantos billetes. —¿Le hago un cheque? Pida la suma que desee; el dinero no es problema. Rio de buena gana. Además de hermosa y sexy la viuda Sinclair sabe hacer buenos chistes. El aire es helado y es difícil adivinar si ella tiembla de nervios o de frío. —No es tan sencillo, señora. Usted tiene razón, el dinero no representa un problema. Un asesinato sí —le guiño el ojo. —¡¿Qué es lo que quiere a cambio de…?! — ¿De qué, señora Sinclair? ¿A cambio de que guarde el secreto de su pluma multifuncional? —¡Le he dicho que yo no lo hice! —grita alterada y sus cosas vuelven a caerse al pavimento. Le ayudo a recoger sus cosas. Sonrío para que confíe en mí. —Le creo Señora; pero nadie más lo hará si usted pierde la compostura conmigo. Debe calmarse esta noche e ir a su casa, tomar un baño caliente y recostarse a pensar en lo que hizo o en lo que no hizo; pero esto último es solo una humilde sugerencia. La viuda Sinclair saca un pañuelo de su bolso e intenta limpiar las manchas de sangre en su cara, sin mucho éxito. Las manchas de sangre son tan difíciles de quitar como las manchas del amor o al menos eso dicen. Uno puede llegar a pensar que una mujer como esa no podría ser más hermosa y uno puede cometer un error. Ella tira con sus manos de las puntas de su rubia cabellera arrancándose aquella peluca dorada que hasta ahora mermaba su perfección y dejando al descubierto su hermosa y risada melena roja. Ahora la mujer casi perfecta es perfecta. Una vez más esto es solo un sentir personal. —Le llamé para que viniera por mí y me llevase a casa —limpia sus lágrimas con el borde de sus manos, manchando su cara aún más de sangre —Hágame sentir que fue una buena idea. Arroja la peluca a un bote de basura cercano al cadáver, demasiado cercano. Me dirijo lentamente al sitio y tomo la peluca. —No conviene ser tan buen ciudadano en la escena de un crimen señora. Ya habrá momento y lugar para deshacernos de esto—le advierto sonriente. Ella inhala un poco del aire helado que nos cala los huesos a ambos y lanza un suspiro acompañado de lágrimas—¿Por qué me ha llamado a mí y no a alguien de su confianza? — le pregunto arqueando las cejas sin dejar de sonreír. —Yo no… no sabía qué hacer. —Miente señora, pero no se preocupe ya habrá tiempo para las verdades. Esta noche ha tenido suficiente. Suba al auto, su chofer la llevará a su bella y cómoda mansión —sonrío y señalo con la mano hacia donde está el auto —Cruce a la derecha, su carruaje le espera. Ella avanza tambaleándose sobre sus altos tacones. Sus pasos son débiles, sus piernas tiemblan a pesar de su aparente calma, entonces pierde el equilibrio y cae de rodillas en un charco. Solloza desconsoladamente. La levanto en brazos y la llevo hasta el auto. Por un instante llega a mi mente la imagen de unos recién casados que van a su suite de luna de miel, la imagen es casi perfecta. “Es tan ligera como… una pluma” pienso riéndome internamente de la ironía de mis pensamientos. Ella golpea mi pecho con su puño débilmente. —No fui yo, tiene que ayudarme —susurra con los ojos anegados de lágrimas. —La ayuda está por venir señora —Le digo al depositarla en el asiento trasero. Algún Tiempo más tarde en la residencia Sinclair. El reloj de la sala marca las 12:24 de la noche. Los criados se han marchado a sus habitaciones, todos duermen refugiados bajos sus mantas o eso supongo. La señora me mira con los ojos enrojecidos por el llanto; pero con la templanza y seguridad que siempre la ha caracterizado. La escritora Evie Sinclair tan firme como las protagonistas de sus historias de amor y tan hermosa como solo la imaginación puede construir tales personajes. Sus manos tiemblan mientras llena un par de copas de brandy. Se dirige hasta mí y extiende una de la copas. —¿Desea usted un trago señor ….? —Vito, mi nombre es Vito —tomo la copa—. Se lo dije el día en que conduje su auto por primera vez. Ella asiente con la cabeza y muerde su labio inferior. No lo habría recordado nunca. —¿Qué es lo que usted pide a cambio de su ayuda Vito? —Se está precipitando y le recomendé que no lo hiciera —Ella toma un sorbo de su trago —¿Le importa si intercambiamos copas? —Ella frunce el entrecejo extrañada por mi sugerencia—Me gusta el Brandy y no me atrevería a rechazarlo; pero acabo de encontrarla junto al cadáver de su marido en circunstancias muy sospechosas ¿Comprenderá usted mi recelo? —¡Es usted un miserable! ¡Soy inocente!—me dice antes de que intercambiemos copas. —Nadie es inocente, señora Sinclair — Observo la marca de su lápiz labial en el borde de la copa. Bebo mi trago con calma, es como si besara sus labios, eso quiero creer —Le sugiero que descanse. Vendré a verla en la mañana y entonces podremos hablar de negocios. —No puede irse ahora. Debemos llegar a un acuerdo—se deja caer sobre un sillón— ¡Soy una estúpida, no debí llamarlo! —No sabía qué hacer ¿Recuerda?. Soy su empleado y me contrató para servirle. Creo que fue una reacción normal que me haya llamado al tener un problema—bebo otro poco de Brandy— ¡Oh! Adoro el Brandy—le digo —Ahora lo que no me parece algo normal es el asesinado de su marido, apuñalado en la garganta con esa pluma que tantas veces le he visto a usted —Ella enmudeció. Me levanté del sillón. —Espere, puede llevarse la botella si tanto le gusta el Brandy. —¡Oh! señora Sinclair. Primero dinero extra y ahora una botella de su delicioso Brandy ¿Acaso planea chantajearme? —Le pregunto sonriente e irónico. Ella me da la espalda. Noto su miedo y angustia, entonces tomo la botella para que se calme —Búsqueme en la mañana. A las siete de la mañana, los fuertes y repetidos golpes en mi puerta me sacan del sueño profundo en el que me encuentro. —Señor Vito, por favor salga. Debemos hablar —dice la señora Sinclair con la voz alterada. Ella nunca baja a las habitaciones de los empleados. Debe tratarse de un caso grave, tal vez quiere hablar del asesinato de su marido, pero claro que una vez más es tan solo una suposición. —Tendrá que esperarme unos minutos. No estoy decente en estos momentos —digo mientras entro al baño para lavarme los dientes—Espéreme en el comedor en seguida estaré con usted —En el espejo un apuesto y joven caballero de piel morena, cabello negro y ojos ámbar me mira con una hermosa sonrisa en los labios. La sonrisa hace a un hombre más agradable y confiable o eso dicen algunos. En el comedor ella me espera sentada a la mesa con las manos aferradas a una taza de café. Luce hermosa, fresca… apenas tiene huellas del llanto y el insomnio en su hermoso y simétrico rostro que enmarcado por sus brillantes y abundantes rizos rojos podría ser la joya más preciosa del mundo. Sobre la mesa hay un diario doblado a la mitad. Una de las empleadas me sirve una taza de café por órdenes de ella. —Insisto señora Sinclair, me está malcriando —digo al sentarme frente a ella y tomar la taza entre mis manos. —Puede retirarse, Enora —dice dirigiéndose a la chica de servicio —. Le llamaré si la necesito. —Como debe ser —digo sarcásticamente al oír el último comentario. — Por favor, deje sus comentarios irónicos por un segundo. Tome el diario y lea la primera página —ella está más confundida que preocupada o eso aparenta. —¿Antes de hacerlo, podría molestarla un poco con una petición? —Ella me mira inquisitivamente y me atrevería a pensar que siente miedo de lo que pueda pedirle; pero al final se encoge de hombros y me pide que le diga lo que deseo — ¿Podemos cambiar de taza? —pregunto deleitándome con su ofendida reacción y segundos más tarde, con el delicioso sabor de su lápiz labial. —Ya tiene mi taza. Ahora haga lo que le pido. Observo la primera página del periódico y leo en voz alta. —“Águilas vencen a Tiburones” No sabía que le gustase el deporte señora Sinclair y por la expresión de su cara imagino que no ganó su equipo favorito —bebo otro sorbo de café— ¿Por qué me muestra esto señora? ¿Quiere que la lleve al partido esta tarde? —No sea imbécil —ella se acerca y me dice casi susurrando — Lo que quería que viera es que no aparece nada sobre la muerte de mi marido ¿No le parece eso muy extraño? —La verdad, sí es muy extraño —digo antes de arrojar el periódico en la mesa. Tomo otro sorbo de café. Ella se muerde el labio inferior preocupada o pensativa definitivamente más pensativa que preocupada, como si planificara sus acciones futuras — ¿Se siente usted triste por la muerte del señor Dimitri? Ella suelta un instante la taza de café y clava sus ojos azules en mí. —Por supuesto que sí y requiero de su ayuda para poder atrapar a su asesino —ella baja la cabeza volviendo a la taza de café —. Me doy cuenta de que a pesar de que no lo conozco muy bien y de su cinismo constante yo…—vuelve a morder su labio inferior, es un gesto que me encanta—yo no puedo confiar en nadie más. —Usted me halaga, señora Sinclair, pero debe ser sincera —bebo otro sorbo y la miro directamente a los ojos. Ella suspira y me desvía la mirada—Cuénteme toda la verdad y luego hablaremos de la ayuda. —¡Le he contado la verdad! ¡Yo no lo hice! —grita golpeando la mesa. Enora regresa a paso veloz. Hace tiempo que intenta escuchar la conversación escondida a unos cuantos metros. —¿Todo está bien señora?¿Desea algo? —pregunta la chica. —Retírese Enora, estoy bien. Cuando la joven se marcha tomo la palabra. —Hasta ahora solo ha repetido lo mismo “yo no lo hice” “yo no lo mate”…. —Baje la voz —interrumpe ella mirando hacia los lados. —A lo que me refiero es a que no me ha dicho nada más, no me ha dicho su coartada ¿Qué la llevó a estar en ese lugar por ejemplo? —Cruzo los brazos sobre la mesa y apoyo mi barbilla sobre ellos como quien descansa —. Comience a hablar. Prometo no interrumpirla —Ella mira a su alrededor como cerciorándose de que nadie más nos escuche— Si le parece podemos ir a un lugar más discreto, tal vez su apartamento al este de la ciudad. —Apartamento, ¿cuál apartamento? —El que compró hace algunas semanas —digo calmadamente. —No he comprado ningún apartamen... —Esa justamente es la actitud que no me permite confiar en usted —digo agitando el índice en el aire a manera de negación—. Parece ser adicta las mentiras. Ella suspira. —De acuerdo. Hablemos en ese apartamento, pero prométame que me ayudará. —La espero en el auto. Póngase algo lindo —me levanto y le doy la espalda —Luego le diré si estoy dispuesto a ayudarla y cuanto le va a costar esa ayuda. *** Mientras conduzco la observo de reojo. Lleva un nuevo vestido, esta vez es un vestido blanco de falda corta y tan sensual que incita al canibalismo. Mi corazón late fuerte mientras la imagino quitándose ese vestido muy lentamente. —Vito, lléveme antes al callejón donde estábamos anoche. —¿Para qué quiere ir allá? —Como le dije en el comedor, me parece muy extraño que el diario no dijera nada sobre la muerte de mi marido. —Sucedió a altas horas de la noche. Habrán encontrado el cuerpo hoy, por lo que las noticias, al menos en el diario, aparecerán mañana. Por otro lado si vamos a esta hora y la policía está en el lugar, eso puede suponer un problema, al menos para usted que es la principal sospechosa —suelto una pequeña carcajada. Ella niega con la cabeza poco convencida. —Está hablando del asesinato de mi marido, le exijo respeto. Sé que tiene razón porque yo misma lo he estado pensando toda la noche, aún así lléveme. Pasaremos en el auto por la esquina del callejón a una velocidad que me permita dar un vistazo. Así lo hacemos. Nos dirigimos a la zona del crimen que esta vez luce menos sombría y más poblada. Las personas pasan de un lado a otro rumbo a sus trabajos y poco a poco nos acercamos al callejón. Conduzco el auto a una velocidad moderada justo en la esquina en la que la noche anterior había dejado el auto para recogerla. La viuda Sinclair lanza un grito ahogado. —¡El cuerpo no está! —grita aferrándose de mi brazo. *** En el apartamento, mientras la señora Sinclair camina de un lado a otro, presa de los nervios me ocupo en dar un vistazo: El apartamento es pequeño pero lujoso, las paredes son completamente blancas, la sala es al mismo tiempo el comedor y un arco de cortinas semitransparentes conecta con la habitación donde una gran cama cubierta de sábanas blancas invitan a una noche perfecta ya sea que se duerma o no en ella. La habitación a su vez, cuenta con un magnifico jacuzzi de color negro lustrado. Toda una suite del amor. —Tome asiento señora. —¡El cuerpo no estaba! ¿Tiene idea de lo que eso significa? —pregunta alterada. —Más de lo que se imagina señora Sinclair —respondo tranquilamente—. Soy un apasionado lector de novelas policíacas y también un escritor, claro que no uno como usted, más bien un principiante aficionado; pero tengo una idea bastante clara. —Esto es la vida real, señor Vito y si usted es escritor, como afirma, sabe que no podemos manejar los sucesos reales de la misma forma en la que lo hacemos al escribir. Por desgracia la pluma no soluciona todo. Creo que lo mejor será que huya del país. —Usted no puede huir del país. Hay muchas pruebas que la incriminan y algunas las tengo yo ¿Cree que lograría subirse a un avión antes de que la policía la atrape? La viuda Sinclair se deja caer en una de las sillas del comedor. —Estoy perdida —dice con la mirada extraviada—Alcánceme esa botella —ella señala una botella llena hasta la mitad de brandy que reposa en una bandeja con un par de vasos haciéndole compañía. Le doy la bandeja y ella comienza a llenar dos vasos. —Beber no es la solución para todo, señora Sinclair ¿Por qué no comienza a contarme todo? Quizá quiera ayudarla si usted me convence. Ella observa los vasos llenos de brandy y nuevamente las lágrimas comienzan a escaparse de sus ojos azules. —Cuando llegué al callejón ya estaba muerto ¡Lo juro! —Le creo; pero ¿cómo explica tal situación? —Me acerco a ella y la miro directamente a los ojos—¿Qué hacía una mujer de su clase en un lugar como ese? —Ella apartó su mirada de mí. —Usted no lo comprendería —dijo llorando todavía más. Me levanté. —Señora Sinclair sé que mantenía una relación amorosa con su editor, el señor Carson. Sé de sus salidas nocturnas para verse con él. Ella se levanta bruscamente y me abofetea. —¡Le exijo que no se tome tales atrevimientos conmigo! —grita furiosa —Yo amaba a mi marido. —¡No está en condiciones de exigirme! Este apartamento usted lo compró para verse a escondidas con él. Ser un empleado tiene sus beneficios, uno oye cosas interesantes y es testigo de sucesos muy vergonzosos ¿No fue por saber demasiado que despidió a la señorita Rose? La viuda Sinclair vuelve a su a siento. Yo hago lo mismo. —Usted gana. Yo admito que mantenía una relación con Carson y que este apartamento lo compré para verme con él, pero… —¿Usted planeaba matar a su marido? Se puso usted de acuerdo con el señor Carson para deshacerse de él y así poder estar juntos sin problemas… —¡Por supuesto que no! Yo quería terminar con todo esto; pero Carson se puso como loco y comenzó a decir que me tendría sin importar lo que tuviera que hacer. Le juro que yo no lo asesiné, quizá fue Carson. —¿Y por qué llevaba puesta una peluca esa noche? —Recibí una llamada de Carson. Me dijo que quería verme y que si no iba contaría a todos lo nuestro. Usé la peluca para que nadie me reconociera ¿Me cree ahora? Un largo silencio se hace presente de pronto. A pesar de las lágrimas incesantes de sus ojos, ella desborda belleza y firmeza. Ella es hermosa. —Le creo señora Sinclair. Sé que usted no mató a su marido —le sonrío comprensivo y rozo su mejilla con mi mano izquierda. Ella inclina su rostro hacia mi mano para sentir aún más mi caricia. Una erección comienza a dominarme. —Tiene usted una sonrisa agradable, señor Vito —dice mientras sonríe sin alegría. Sé que intenta ganarse mi confianza a pesar de que le afirmo que creo en ella. —Eso dicen, señora Sinclair, eso dicen —retiro mi mano de su mejilla. —Ahora que me cree ¿No le parece que pudo ser Carson quien mató a mi marido? Quizá él mismo se llevó el cuerpo y lo ocultó en otro lado. —¡Oh! pero no cante victoria todavía señora. He dicho que le creo, pero las pruebas la señalan como culpable y aún no hemos hablado del precio de mi ayuda. Ella vuelve a sonreír, pero esta vez su sonrisa tiene un brillo distinto. —Me ha dicho que no quiere dinero. Me parece que sé exactamente lo que desea — Ella se acerca lentamente. El contacto de su mirada me paraliza el corazón y el del beso que me regala lo hace latir nuevamente. Finalmente pruebo el sabor de sus besos bebiendo directamente de la fuente ya no es solo la marca de lápiz labial en una copa o en una taza de café, ahora bebo de sus labios —He visto como me observa ¿Me acepta usted a mí como pago? —Ella parece otra persona y sin embargo conserva el carácter decidido que siempre ha tenido —¿Qué le parece si lo decidimos mientras bebemos? —Ella dirige su mirada a los vasos de brandy que ninguno de los dos hemos comenzado a beber. Tomo uno y ella el otro. Le sonrío nuevamente y ella hace lo mismo —Antes de que comencemos, debo preguntarle una cosa. —Usted dirá Señora. — ¿Desea cambiar de vasos? Ambos reímos. —Esta vez no señora —Ella bebe un buen trago de brandy y la imito. Durante un tiempo seguimos bebiendo y besándonos, buscando el momento de completar el precio del pago por mí silencio. Entonces decido cobrar—Usted no se equivoca al pensar que lo que yo quería estaba relacionado con usted —ambos sonreímos somnolientos. El contenido de la botella se ha agotado—Me enamoré de usted desde el instante en que la conocí. Soñaba con sus besos cada noche desde que vi sus hermosos ojos azules —Ella enarcó las cejas sorprendida —Lo que deseaba como pago iba más allá de unos billetes. Lo que deseaba como pago era a usted misma y he usado las pruebas que la culpan para conseguirlo. —Usted es un psicópata, señor Vito —me dice mientras ríe —. Muy astuto pero… —Lo mismo dijo el señor Sinclair antes de morir —Digo mientras un dolor comienza a crecer en mí entrañas —Justo antes de que lo matara —La señora Sinclair enmudece—Yo la quería para mí, señora Sinclair y el bondadoso Dimitri era un estorbo en mis planes. Quería casarme con usted y me pareció buena idea extorsionarla para lograrlo, por eso robé su pluma y apuñalé al señor Dimitri luego de contarle que estaba enamorado de usted y más tarde lo abandoné en el callejón; pero anoche después de pensarlo mucho descubrí que usted nunca estaría conmigo, quizá lograría todo eso amenazándola y extorsionándola; pero no habría sido algo real. Por eso he decidirlo matarla a usted también —Saco la pluma de mi bolsillo. Ella está completamente sorprendida por lo que le cuento. Una especie de letargo causado por el licor nos envuelve a ambos. Estamos medio dormidos—Sí, señora Sinclair, yo lo hice y si leyera más historias policíacas y menos románticas sabría que el asesino casi siempre es el mayordomo o en este caso el chofer. Como le dije antes, odio los clichés así que esto resulta un tanto irónico —el dolor en mis entrañas me hace callar—Cuando esta pluma ponga fin a su vida, la sentiré realmente mía. —¿Así que fue usted quien me llamó anoche? —Efectivamente fui yo quien la amenazo con contarle a todos sus aventuras si no asistía a la cita de anoche y también fui yo quien regresó por el cuerpo. Lo hice luego de llevarla a casa, lo arroje al río para que las pirañas se lo comieran —Un dolor punzante en el estómago, aún más fuerte que el anterior, me hace apretar los dientes—Aunque no entiendo por qué me dijo que había sido el señor Carson quien la llamó. —Debo confesar que también yo le he mentido, señor Vito. El señor Carson si me estaba extorsionando, pero él no pudo llamarme porque yo lo asesiné hace un par de días. Yo no acepto extorsiones de nadie. Sonrío. Ella luce hermosa, incluso confesándome que es una asesina. —Ya sabía eso, señora Sinclair —ella está débil y yo también, hemos bebido demasiado. Aprovecho para acercarme un poco más y aprieto la pluma con fuerza—Pensé en matarlo también, pues era uno de mis rivales; pero usted se adelantó. Ella me observa con los ojos entrecerrados en los que apenas distingo sus bellos ojos azules. —No me sorprende que lo sepa; parece muy informado acerca de todo lo que pasa conmigo. Lo que usted no sabe, es la forma en la que él murió. —Acabo de descubrirlo, señora. Lo mató envenenado con su delicioso Brandy —lanzo una carcajada. Mis entrañas rugen y el dolor se vuelve aún más insoportable —¡Qué ironía! a pesar de haber logrado recibir por fin un beso de sus labios, yo…debí cambiar de vasos con usted. Ella sonríe. —No habría funcionado. La noche en la que Carson murió, vertí el veneno en la botella entera. Planeaba suicidarme y matarlo a usted desde que tuve la botella en mis manos. Por un instante dude en hacerlo; pero luego descubrí que usted al igual que Carson no me dejaría en paz y seguiría jugando a volverme loca con su cinismo. Por otro lado la desaparición del cuerpo de mi marido era una carga extra de nerviosismo que no estaba dispuesta a soportar —Ella lanza una risa forzada. Se siente frágil y apenas puede continuar la conversación—Carson solo pudo beber un poco; pero usted y yo hemos hecho un buen trabajo con el resto del Brandy. Engañado luego de tantas precauciones y vencido en mi propio juego, me lanzo sobre ella y apuñalo su cuello con la pluma. Su sangre escapa a chorros de la herida salpicándolo todo. Ella tiembla sin decir una sola palabra, solo una especie de hipo acompañado de sangre sale de sus labios. Se asfixia y la abrazo hasta que su corazón deja de latir. Le digo que la amo y que es la única forma de calmar mis ansias de tenerla. Beso sus labios completamente empapados de sangre. La veo directamente a los ojos, sus hermosos ojos azules como el collar de zafiros que colgaba anoche de su cuello. Son tan hermosos que llenan de sosiego sin importar el momento o eso quiero creer. La admiro hasta que mi vista se nubla a causa del veneno. Su rostro luce precioso incluso manchado de sangre o al menos es lo que pienso. Elegante, hermosa. Evie Sinclair sigue siendo Evie Sinclair, incluso en esta incómoda situación. Estoy en la irónica postura del escritor que juega a la aventura de ser dios, que crea vidas y mundos alternos con su pluma y que con su pluma misma escribe el fin si lo desea. La pluma de un escritor cobrándose la vida de infinidad de personajes, la maravillosa magia del control, la hermosa tentación de la decisión. El lector agradece, celebra, ríe, llora y sufre cada vez que lee esto; pero aun así lo considera un arte, que distinto y aburrido es el mundo real, que falsa moral le envuelve al considerar este arte algo detestable, cuanta hipocresía desborda al taparse los ojos si su corazón late fuerte con cada gota roja y su pupila dilata cada vez que percibe la violencia. Les seduce, les excita, todos están dementes y se aprovechan de esto para cubrirse unos a otros y señalar a quienes se atreven a ser sinceros. La pluma plateada destella hermosa a pesar de la oscuridad que me envuelve. Puedo verla mientras todavía me queda un poco de aliento. Está manchada en tinta roja controlando vidas y obsequiando muerte.
Esta Noche (relato) ***Nota:*** *A veces un romance surge de manera inesperada, sales una noche a caminar o tomar algo, conoces a alguien, este alguien te atrae y esa misma noche pasa todo lo que en otras relaciones tomaría semanas o meses. Romance de una noche, lo llaman algunos, polvo de discoteca, dicen los más fiesteros. Pero y que tal si te enganchas, si te enamoras perdidamente de esa persona, o ella lo hace de ti, qué tan divertido sería. Pensando en eso se me ocurrió esta bonita historia de amor. No sé si logrará enamorarlos, pero espero que la disfruten.* **Esta Noche** Esta noche quise ser otro. Hoy quise darle un giro a mi rutina y ser un hombre normal. Observar el mundo a través de otros ojos y dejar de consumirme en el miedo, pero por desgracia fracasé. Quise salir de mi encierro y abandonar las cuatro paredes de mi oscura y maloliente habitación después de toda una semana, respirar el aire fresco de la noche. El plan era que iría a un club nocturno, pediría un trago o dos, o tal vez por ser una ocasión especial me atrevería con tres. Observaría bailar a la gente desde la barra. Tararearía un par de canciones y movería mis pies un rato, al ritmo de la música, desde mi asiento. Más tarde elegiría a una chica de entre las presentes. Una chica hermosa y alegre de ojos color café, cabello castaño y rizado, cuerpo esbelto y sensual. Con ella bailaría un par de canciones o tres o cuatro y quién sabe si por ser una ocasión en especial me arriesgaría a cinco. En el transcurso de la noche le diría que me gusta, que en ocasiones anteriores no había sucumbido a los encantos de una chica como en ese ahora. Le diría que ese tiempo presente es distinto y que me gustaría prolongarlo un poco más. Ella sonreiría y como es intuitiva diría que no me cree, que es un intento para llevarla a la cama, que son las palabras de un hombre que busca sexo de una noche para recordar que aún tiene el poder seductor en su sangre. Sería una mujer bella y por lo tanto con experiencia, sería una mujer de las que no se engaña fácil. Le sonreiría mientras bailamos, tan unidos el uno al otro que solo nos separaría el espesor de nuestras vestiduras. Le susurraría al oído que se equivoca, que con ella no me conformaría con una noche, que aceptaría si su respuesta es negativa, pero que lo haría con el desgano y la malcriadez con la que un niño come sus vegetales. Ella se estremecería. Su piel se erizaría con mis susurros, no prestaría mayor atención al contenido de mis palabras y si a la calidez de mi aliento. Se mojaría en el acto, presa de la debilidad femenina. Me empujaría y me diría que sabe lo que estoy haciendo, que conoce cada treta o jugarreta masculina. La miraría fijamente. Le haría comprender que hay sinceridad en lo que digo, que cada poro de mi piel la desea. Ella bajaría la mirada y yo sabría que es el momento justo. La tomaría suavemente de la barbilla obligándola a mirarme. Su leve sonrisa iría desapareciendo en un gesto más serio y yo sentiría en mi pecho los golpes de su corazón palpitando a toda prisa. Acercaría mis labios a los suyos y los rozaría suavemente, casi sin tocarlos. Ella cerraría los ojos, yo no. Seria ella quien abriera sus labios primero, seria ella quien haría presión en la parte trasera de mi cabeza y seria yo quien calmara sus deseos con un beso como el que ella espera. Apasionado. Dulce. Fresco y húmedo, más que nada húmedo. Más tarde, la puerta de mi casa se abriría de golpe cuando entrásemos ella y yo; devorándonos a besos, desvistiéndonos, probando el sabor de cada centímetro de piel desnuda para volver a nuestros instintos más primitivos. Seriamos libres; lo seriamos en el sofá de la sala, en el mesón de la cocina y finalmente en suelo, frente a la hoguera de la chimenea. Practicaríamos ser libres a través del tacto, el gusto, la mirada, el olfato y el oído. Ella se quedaría dormida aun conmigo entre sus piernas. Yo contemplaría su belleza. Acariciaría sus rizos con mis dedos. Besaría su frente, sus ojos cerrados, sus labios… Disfrutaría el sube y baja de sus pechos al respirar. La contemplaría en su perfección, esa que tenemos los seres humanos cuando no sabemos que nos miran, esa naturalidad, esa especie de verdadero rostro, de sincero rostro. Ella inmaculada y sin mancha. Ella sin malicia y sin mentiras. Ella siendo ella sin si quiera notarlo. Estoy enfermo. Algo me perturbaría. Algo no me dejaría disfrutar del momento. La imaginaría despertando en la mañana. Tomando el café y comiendo el desayuno que le haría. La imaginaría vestida, casi tan hermosa como ahora, despidiéndose, marchándose... Diciéndome que soy un chico encantador, como ningún otro que haya conocido; pero que debe irse, que debe volver a su vida. Me dirá que también era su idea pasarla bien una noche, que ya no hay por qué fingir y que es tiempo de regresar. Me pediría que no me preocupe, que la pasó bien conmigo, que soy un amante ejemplar y se marcharía lejos de mí, de mis promesas, de mis sueños, de nuestros sueños. Rompería la prolongación de aquel tiempo presente tan importante para mí, para ella, para los dos. De pronto dejaría de imaginar, trataría de seguir velando sus sueños y disfrutar de sus gestos naturales al dormir; pero no podría. Habría fuertes punzadas en mi cabeza. Me perturbarían las imágenes de ella marchándose. Un escalofrío me subiría por la espalda. Mi corazón comenzaría a latir tan fuerte que me sofocaría. Mi cuerpo comenzaría a temblar. Mis dientes rechinarían al apretarlos con fuerza. Lloraría, sí, lloraría de forma compulsiva y enferma. Porque estoy enfermo ¡Estoy enfermo! Casi sin pensarlo vería la solución. “¡No quiero!” gritaría dentro de mí “Pero debo” susurraría al final. Casi sin darme cuenta aceptaría cumplir mi deber y no inclinarme a mis deseos más racionales. Sin poder evitarlo levantaría con una mano su cabeza. Acariciaría su frente y le daría otro beso. Ella sonreiría aun media dormida, sentiría cosquillas por el contacto de mis labios y las lágrimas que yo dejaría caer en sus mejillas. Le diría que lo siento, que es por el bien de los dos. Ella intentaría decir algo y yo susurraría: “silencio” Tomaría su cabeza, fuertemente, con ambas manos y antes de que abriera los ojos la golpearía contra el suelo, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… nueve… diez… once…doce. Mis manos estarían calientes y resplandecientes con su sangre. Ella tosería un poco más de esa sangre sobre mí. Abriría y cerraría sus hermosos ojos de color café, luminosos de lágrimas, aun brillantes de vida. Clavaría sus uñas en mi espalda y rasgaría mi piel con las pocas fuerzas que le queden. Buscaría aire como un pez fuera del agua; pero no encontraría energías para respirar. Ella se iría poco a poco y debajo de mi cuerpo se desvanecerían como el agua entre los dedos. “Siempre te quedaras conmigo, igual que las otras. Ya nunca te iras” le susurraría mientras mis ojos derraman gruesas y espesas lágrimas “¿Que he hecho?” me preguntaría a mí mismo. “Estoy enfermo”… El plan inicial, todo lo que imaginé, se transformó lentamente en esta pesadilla real. Quizá planificar es lo que arruina las cosas. Ahora ella reposa junto a las otras, tan cerca de mí que casi percibo su aroma. Quise ser otro y darle un giro a mi rutina y como en otras ocasiones fracasé. Supongo que alguna de estas noches será exitosa y no me dejaré vencer por estos temores fuertes y recurrentes, pero por ahora solo queda limpiar un poco el piso, por si hay visitas más tarde.
Para Andrea (relato en version terminada) **Para Andrea** Me gustaría contar esta historia del otro lado del espejo, este lado duele. Susurrártela al oído y, ¿por qué no?, deleitarme con las curvas que dibujen tus labios en las partes graciosas. Sí, de alguna manera el sufrimiento de otros termina haciéndonos gracia cuando éste ya ha pasado, pero ese es el detalle, no sé si ha pasado, no sé si no pienso en ello porque lo superé o porque me aterra revivir tales experiencias. Y no, no estoy insinuando que amarte ha sido del todo una tortura, no me malentiendas; no lo ha sido porque al mirar hacia atrás casi todo resulta un lindo recuerdo: La vez que usaste zapatos blancos, la vez que corriste detrás del autobús para que no te dejara, la vez que le diste un sonido claro a tu risa y esa vez que sin querer rozaste mi mano en las escaleras eléctricas. Pero eran otros tiempos, otras circunstancias, incluso tú eras otra. Y no todo fue bonito, en eso sé que estás de acuerdo conmigo, o al menos deberías estarlo. Te conocí un jueves de abril. El cielo era casi negro ese día con pequeñas y tímidas gotitas escapando de él, como lo harían las lágrimas de alguien que se niega a dejarlas en libertad. Abrí mi libro de cálculo en la página 115, donde un amasijo de integrales me daba los buenos días. A las seis de la mañana estaba en un autobús cuyos asientos se habían transformado en las camas de la mayoría de los pasajeros. La puerta se abrió de golpe. No muchos te vieron subir, la mayoría trataba de continuar el sueño que la alarma del despertador les había interrumpido antes de venir aquí. Pero yo te vi y el resto del mundo se vino abajo en un segundo, la poca iluminación que había se extinguió y solo quedamos tú, yo y la oscuridad que nos acompañaba. Como por instinto quité mi morral del asiento de al lado, esperando que te sentaras conmigo, pero te sentaste en el asiento más cercano a ti, tal vez porque fui demasiado obvio, tal vez porque te resulté desagradable, o simplemente porque te dio pereza caminar. Tu cabello era de color caoba, claro que ese día tenías puesta la capucha del abrigo y apenas pude ver delgados hilos rojizos alrededor de tu cuello. Lo que llamó mi atención al principio fue tu nariz, era delgada y larga, sí, algo larga, aunque no lo suficiente para izar una bandera. Y luego vinieron tus ojos, que creí negros ese día y más tarde resultaron ser cafés; no era el color lo que me gustaba de ellos—no hay nada más común y corriente que unos ojos cafés, te lo he dicho otras veces—, lo que me gustaba era lo que me hacía sentir el verlos, los lugares a los que me transportaban y la fuerte erección que me dejaron. Lo último fueron tus labios, el superior delgado, el inferior carnoso; los vi y ya jamás dejé de verlos. Los días pasaban y siempre era la misma rutina. Subías y te sentabas donde había lugar, siempre en silencio, nunca a mi lado. Y yo imaginaba tu nombre, llegaste a llamarte Aura, Sofía, Raquel, pero el nombre que elegí para ti fue Andrea, ese nombre era el que debía llevar una persona con tu rostro, con tus formas. «Andrea Ramos, 20 años de edad. Le gusta el color azul porque de ese color suele vestirse» Y yo me enamoraba más y más. Me iba a la cama pensando en ti, Andrea y con la imagen de tus ojos solía quedarme dormido. «Andrea Ramos, hoy usa zapatos blancos, estudia medicina y adora a los niños» Pero vino también el insomnio y llegaba a casa perturbado, agotado de tanto pensar, o más bien de tanto pensarte. Me iba a la cama ideando posibles maneras de hablarte, las palabras que te diría, las respuestas que me darías, los gestos qué harías… y siempre llegaba a la conclusión de que no podía dañar lo que teníamos con un acercamiento fallido, pero pensando lo bien el solo acercamiento ya representaba una falla. Así quedaba clavado en el colchón, con los ojos muy abiertos, mirando un montón de nada en la oscuridad y al mismo tiempo viéndolo todo en mi cabeza. Y no era hasta que me masturbaba, con tu mirada en la mente, que lograba conciliar el sueño. Así me quedaba dormido, con un pene muerto y húmedo bajo la palma de mi mano y la palabra *patético* marcándome la frente, pero tus ojos flotaban en algún lugar brumoso dándome un poco de paz, solo eso era importante. «Andrea Ramos tiene un perrito llamado Manuel. A ella le encantan los perros, en eso nos parecemos» Como soy creyente fui a la iglesia a buscar el perdón de mis culpas. Había violado el mandamiento que prohíbe concebir pensamientos y deseos impuros. El padre me dijo que rezara tres *avemarías* y que evitara el pecado. Recé las tres que me dijo y me masturbé otras tres veces. Nunca supe cuántas *avemarías* hacían falta para arrancarte de mi cabeza, pero me di cuenta de que las que yo rezaba no eran suficientes. «Andrea Ramos no usa tangas, le parecen incomodas, pero se las pondría para complacer a un chico. Si yo se lo pidiera ella accedería, claro que sí. Andrea Ramos corre muy rápido, casi alcanza el autobús» Una cosa llevó a la otra, no estaba seguro, por supuesto que no, nunca lo estuve y justo ahora lo estoy mucho menos, pero una tarde me acerqué y te hablé. —Hola Andrea… —sí, te llamé Andrea, porque así es como tenías que llamarte—. Perdón, yo… hola. Sonreíste con el ceño fruncido, parecías contrariada. —Hola —dijiste—. ¿Qué se te ofrece? Pasaron tantas cosas en mi mente, tantas posibles respuestas inteligentes, pero no fui capaz de elegir una yo solo dije: —No lo sé, yo…, me encantas. Te reíste, fue un día genial, porque hasta entonces ignoraba ese sonido que estaba saliendo de tu garganta, el brillo de tus dientes húmedos, esa mirada alegre. Fue un buen día. —Bueno, mi nombre no es Andrea, así que no sé si creerte lo otro, pareces confundido. Fue la primera falla, tu nombre no era Andrea, resulta que te llamabas Ángela y me conformé con que al menos las dos primeras letras tuvieran algo que ver con Andrea, pero igual fue un poco desilusionante. Más calmado, te dije que me encantaría conocerte, te dije mi nombre, la carrera que estaba estudiando, agregué que no era peligroso a pesar de mi extraña manera de acercarme a la gente. Te invité un café, bebiste tres. Los días avanzaron con saludos y besos en las mejillas, sonrisas de lejos y entre las caras de otra gente, caminatas hasta la parada de autobuses, conversaciones en el transporte matutino—claro, porque empezaste a sentarte conmigo—. Comencé a recuperar el sueño, la calma, mis manos dejaron de apagar el estrés con la masturbación. Estaba interactuando contigo, finalmente estaba en un camino claro hacia algo, hacia ti. —¿Te gustaría ser mi novia? —te pregunté unos seis meses después. Creí que había esperado demasiado, que a estas alturas difícilmente me quitaría el estigma de amigo. Lo que dijiste fue que no estabas lista para algo de esa magnitud, que podíamos vernos como algo más que amigos y después si las cosas avanzaban seríamos novios. Ese día besé tus labios y me gustó, pero algo seguía inquietándome. Unas dos semanas después tuvimos sexo, bueno, tu tuviste sexo, yo hice el amor contigo, todavía existías entonces. Ha pasado un año ya y no queda nada. Veo tu rostro sonreír, te escucho decir: Te amo. Cada día entramos a una habitación, o un baño público, o una obra en construcción, o el cuarto de la basura de algún edificio y tú me besas, yo te beso, luego ambos nos besamos a la vez y nuestros cuerpos responden a las caricias, nos quitamos la ropa y tenemos sexo, sí, sexo, ya no es amor, al menos no para mí, pero ahora resulta que para ti sí. «¿Dónde estará Andrea Ramos?» Yo no puedo amar a quien dejaste en este sitio. Ya no eres tú, Andrea, ahora sólo eres Ángela y yo te quiero de vuelta. Sé que tu cuerpo la encierra en algún lugar, pero no la consigo y cada vez soporto menos el hecho de haberte perdido. A veces pienso que nunca fuiste Andrea, que siempre fuiste esta y no quise verlo. Y ahora Ángela es mi novia—sí, ella aceptó después de todo— y dice que nunca me dejará, que me ama, que he sido su salvador cuando se creía perdida. Y no sé cómo decirle que no la quiero, no sé cómo explicarle que amo a una mujer que vive dentro de ella, pero nació en mi cabeza y he dejado de verla. Me he desplazado tantos grados, Andrea, quizá algún día pueda traerte del punto en el que te perdí, para que estemos juntos y dividamos ese cariño que por ahora te roba Ángela. Te extraño. NOTA: Gracias por leerlo completo, a pesar de los extenso.
Cuidare de ti: Capitulo 4 El *Corvette* púrpura de la señorita Maidy se deslizaba lentamente, abriéndose paso en el tránsito de Distrito Capital y mientras la tarde iba tornándose oscura, las luces y las pantallas publicitarias de los edificios destellaban con más fuerza. Había música electrónica en las calles. Unos malabaristas con la cara pintada, apostados en cada semáforo, se subían a sus monociclos donde escupían fuego y hacían piruetas. Elegantes y pintorescas prostitutas lanzaban besos desde las aceras. Y de vez en cuando se escuchaban los susurros de los vendedores de drogas en los callejones. DC era como una dulcería, un paraíso para niños grandes y adictos a los vicios del mundo. Esa era Satania vestida de luz y color, pero igualmente repugnante, como un piso vomitado al que han lavado solo con gaseosa de naranja, o una casa aparentemente limpia con las alfombras atiborradas de suciedad. Satania disfrazada de civilización. Mientras ella conducía rumbo a la mansión donde se suponía iba a ser el gran evento yo observaba todo sin dejar de sonreír, después de todo, no tenía muchas oportunidades de visitar DC. —¿Por qué sonríe? —me pregunta con el ceño fruncido. —¿Por qué no hacerlo? Ella se encogió de hombros. La brisa le agitaba el vestido convirtiendo su escote en una trampa mortal en la que mi mirada había quedado atrapada. —En la guantera hay cigarrillos, tome uno para usted y enciéndame uno a mí, por favor. —No debería fumar —respondí—. Si quiere vivir puede empezar dejando el cigarrillo. —No me sermonee, eso solo lo hacía mi … ¡deme la maldita pitillera!—La voz se le quebró y sus ojos comenzaron a anegarse de lágrimas que no terminaban de derramarse. La chica tenía los nervios realmente jodidos—. Disculpe, en serio necesito ese cigarrillo, ¿sería tan amable de dármelo? —Señorita Maidy, nunca me pida que le dispare, porque a esos hermosos ojos suyos es difícil decirles que no —No se inmutó, usaba mi artillería pesada con esta chica pero nada lograba sacarle algo parecido a una sonrisa. Abrí la guantera y descubrí su pitillera dorada debajo de algunas tarjetas, sobres de correspondencia, un kit de maquillaje entero y un par de navajas, ¡sí, habían dos navajas pequeñas en la guantera de la mimada señorita Maidy! —. No me diga que con esto se arregla las uñas. Me miró algo confundida como si no entendiera el comentario sarcástico o como si lo hiciera pero no comprendiera porque insistía yo en esa actitud si a penas la conocía. —Las conseguí cuando me llegó la primera amenaza anónima ¿No cree que sea necesario? —¿Amenaza anónima? Eso no lo sabía, debió decírmelo —Le respondí mientras le encendía el cigarrillo con el encendedor del auto—. Ese tipo de información es importante para hacer averiguaciones, cuando pueda hágame llegar esos mensajes para revisarlos. Y en cuanto a las navajas, está bien que las lleve con usted, pero debe llevarlas en la cartera, la guantera está demasiado lejos y usted no siempre estará en su auto. Le di el cigarrillo y también una de sus navajas. —Tiene razón —dijo ella dándole una fumada a su cigarrillo. —Siempre —respondí metiéndome una nueva goma de mascar en la boca—. Ahora dígame: ¿Qué espera que haga yo en su fiesta? Ella dobló en una esquina donde un hombre vendía limonada en lo que parecía ser una pecera. —Quiero que se infiltre lo mejor que pueda y trate de… no sé, ver si hay algún sospechoso. Lucía nerviosa y sus ojos grises se esforzaban por no llorar. Hasta ahora las pocas emociones que había percibido en ella iban de la tristeza al miedo. Pero fue en ese instante en que comencé a preguntarme si no sería buena idea que yo, además de salvarle la vida, le devolviera las emociones que el miedo le había quitado. —No tenga miedo, señorita, yo la cuidaré —Puse mi mano en su hombro izquierdo y me arrepentí al instante de tal atrevimiento. Ella giró hacia mí y agito el hombro para librarse. Su mirada decía: ¿quién te has creído? —. Discúlpeme —Dije aclarándome la garganta y quitando mi mano de su hombro—. Dígame los detalles de esta reunión, mientras más detalles sepa podré pensar mejor en una forma de ayudarla. La señorita Maidy suavizó su entrecejo y su cara empezó a lucir menos enojada. —Es una fiesta de beneficencia. Se recogerán fondos para el sanatorio mental del doctor Dorangel. —¡Oh!, de manera que la alta sociedad se acuerda de los locos que hay en Satania. —¿Usted es uno de esos resentidos sociales? —Para nada, todo lo contrario, me divierten mucho las diferencias sociales. —Pues no es divertido, ese gran muro que nos separa solo lo hace físicamente— Dijo aspirando su cigarrillo con las manos aun temblorosas—. Nosotros no somos mejor que los del otro lado, si fuera así no lo estaría contratando. —Comienza a caerme bien —dije lanzando una carcajada. Ella pensaba exactamente igual que yo respecto a Satania, el Distrito Capital y ese muro inútil. Terminó su cigarrillo muy rápido y en seguida me pidió otro. Bordeó una esquina y nos encontramos frente a un gran enrejado. *Casa Grasso* se leía en letras de metal dorado. —Ya hemos llegado —dijo mientras el auto se aproximaba al enrejado de la mansión, donde dos hombres gigantescos de piel oscura esperaban nuestra llegada— ¿Tiene alguna idea para pasar desapercibido, señor Rob? Asentí haciéndole ver que ya lo había calculado todo: —Al cruzar esa puerta llámeme *Robi* y sea mi mujer por el resto de la noche. La señorita Maidy juntó las cejas, confundida y apenada, mientras el portón se abría lentamente para dejar pasar a nuestro *Corvette.*
Cuidaré de ti: Capitulo 3 La buena presencia es primordial a la hora de transmitir profesionalismo y seriedad, y yo era por supuesto, la clase de hombre serio y profesional. Así que compré ropa para mi nuevo empleo: un buen abrigo, un sombrero, una camisa, un par de zapatos y una corbata que hiciera juego con el conjunto. Con lo que me sobró mandé mi viejo *Cadillac* al taller y me abastecí de goma de mascar. Así que la señorita Romas tuvo que recogerme en su convertible, un *Corvette C1* que despedía el delicioso aroma de las cosas nuevas y curiosamente ella tenía esa misma fragancia. Ella usaba ese día un sombrero de color rosa y un vestido, también rosa, cuyo escote ondulaba graciosamente al ritmo del viento. —¿A dónde vamos, señorita? —le pregunté mientras miraba los alrededores. No me había especificado nada, simplemente había llamado y me había citado en la Plaza Naranja: «Vista algo medianamente formal» fue lo que dijo y no sé cómo se viste uno medianamente formal, pero me puse la ropa que compré. —Vamos a una fiesta. — ¿Una fiesta? Genial —dije acomodándome en mi asiento. —Es una buena oportunidad para ver si puede con el trabajo ¿No cree? —dijo ella sin dejar de ver el camino. —Creí que salvarla de una bala era suficiente para demostrarle mis capacidades. El auto se detuvo. El semáforo estaba en luz roja y una señora mayor cruzaba la calle con su perro. —Lo contraté por eso, pero debe entender que es mi vida lo que está en riesgo. Usted es un lisia… —Un lisiado, dígalo, me alegra que no usara la palabra minusválido. —Disculpe —dijo ella visiblemente apenada. Lancé una carcajada, realmente me divertía el creciente rojo de sus mejillas alteradas por la vergüenza. —No se disculpe, más bien avance, el semáforo ya está en verde y no sé si el tipo de atrás conozca a su madre pero comenzará a nombrarla muy pronto. El auto se puso en marcha de nuevo y poco a poco dejábamos atrás la zona pobre de Satania y nos acercábamos más al gran Distrito Capital, donde la decadencia viste un traje con luces de neón y se disfraza así de elegancia. Y es que a pesar de que los edificios son viejos, sus luces y adornos la hacen parecer una ciudad del primer mundo. Lo primero que se ve al acercarse al Distrito Capital, al que de ahora en adelante llamare DC, es un gran muro que separa la zona roja de la “zona civilizada”. Los autos deben atravesar un enorme portal lleno de militares armados, que revisan el vehículo y hacen preguntas de todo tipo para asegurarse de que quienes entran no vienen a delinquir a la zona tranquila. En mi opinión todas esas precauciones no son más que una tapadera, no hay un sitio libre de corrupción y menos en una ciudad como esta, y aunque llenes los edificios de luces y pongas prostitutas elegantes en las aceras, la suciedad humana siempre logrará levantarse encima del disfraz de la estabilidad. El caos nunca muere. ***Si llegaste hasta aqui, muchas gracias por leerlo, eso ya es bastante. Si de paso comentas, sonreirè todo el dia.***
Cuidaré de ti : Capitulo 2 A las tres de la tarde estacioné mi destartalado *Cadillac* frente al viejo edificio donde tenía mi oficina. Bajé del auto y observé la fachada; la humedad había hecho caer casi toda la pintura y las manchas de moho se dejaban ver por todas partes. El edificio tenía tantos problemas de filtración que de algunas de las habitaciones brotaban hilos de agua que se deslizaban a lo largo de la pared hasta salpicar la acera. Sí, era horrendo, pero era barato. —¿Le cuido el coche, Señor Rob? —preguntó una niña sucia y despeinada que venía subida sobre una tabla con ruedas. A pesar de que sabía que nadie se iba a llevar semejante carcacha, que en todo el mundo solo amaba yo, le di un par de monedas a la chica y le dije: —Cuídalo bien, Emily —Le acaricie la sucia y tiesa cabellera, le guiñé un ojo y agregué: —. Este bebé es un clásico. En la puerta del pequeño apartamento que me servía de oficina, habían pegado un documento en el que decía que tenía 24 horas para pagar el arrendamiento o tendría que buscar otro sitio para mi negocio. Arranqué el aviso e hice una bola de papel con él. Giré la perilla y al entrar una señora mayor me puso una pistola en la sien. —Baja esa cosa, Greta. Los malos están afuera —dije regalándole una sonrisa. Greta era mi secretaria, debía tener más de sesenta años, pero era muy diligente. Le tenía cariño a la maldita vieja como si fuera mi madre. —Casi te vuelo la cabeza, primor —dijo bajando el arma y colocándose un cigarrillo en la boca —. Vinieron los de la renta, parece que se acabó el negocio, al menos aquí. Greta se sentó sobre su escritorio y cruzó las piernas—tenía lindas piernas a pesar de su edad—. Apagó su cigarrillo en el cenicero de cristal que le regalé en navidad y dejó escapar una nube de humo. —No deberías fumar, Greta —contesté arrojando la bola de papel a la cubeta de basura. —Y tú deberías revisar el banco de empleos para minusválidos, pero ambos sabemos que ninguna de las dos cosas nos haría feliz. —Tienes razón, Greta, siempre la tienes —me quité la gabardina y la colgué en el perchero junto a la puerta y más arriba puse mi sombrero. La sobaquera me la dejé puesta, nunca se sabe cuándo pueda necesitarse un revolver colt 45, así que mejor tenerlo al alcance de mi mano. —Llamó la señorita Maruja, quiere que busques al pequeño Rudy de nuevo. Ofreció pago adelantado y pastel de carne. Le dije que irías a su apartamento a las cinco y supongo que irás, necesitas dinero para pagarme el sueldo. Lancé una carcajada y me senté en el escritorio de enfrente colocando mis pies sobre la mesa. —Se acabó lo de buscar mascotas perdidas, Greta. Ya tengo un nuevo trabajo. —Rob, tienes un lindo trasero y eres apuesto a tu manera, ¿pero de veras crees que la prostitución te ayudará a mantener esta oficina funcionando? —Mi trasero no daría las ganancias suficientes, pero ¿qué me dices del tuyo? —No hay un solo bastardo en esta ciudad que pueda pagar lo que valen este par de nalgas, guapo. Pero déjate de idioteces, cuéntame qué pasó. Abrí la gaveta de mi escritorio y saqué una nueva caja de goma de mascar, puse una en mi boca y me recosté perezosamente en mi silla giratoria. —Seré el guarda espaldas de una pequeña pila de billetes, con lindos pechos, debo agregar —le respondí, masticando y mirando el ventilador del techo que giraba lentamente haciendo más ruido que viento. —Ya sabía yo que tu estúpida sonrisa no era solo por trabajo. Sólo no arruines el asunto acostándote con la infeliz. —Me insultas, Greta. Soy un profesional, no hago esas cosas—dije haciendo estallar un globo de chicle. El ventilador se tambaleaba haciendo desconchar la pintura del techo. —Claro, eso dices tú, pero me pregunto si el demente de tus pantalones está de acuerdo contigo. Como sea, explícame de que va la cosa, hace tiempo que solo vengo a cumplir horarios y a limpiar tu desastre, así que vendría bien algo de acción para variar. Le dije a Greta que sirviera dos tazas gigantes de café y le conté lo que pasó en aquella cita de trabajo. Que compartimos un almuerzo agradable en el que yo pedí un buen pedazo de bistec y ella solo pidió whiskey. Le conté que la señorita Romas me contrató sin miramientos para ser su guarda espaldas, luego, claro está, de que hiciera gala de mis habilidades físicas para salvarla de una bala tan peligrosa como imaginaria. —Eres un sinvergüenza —Dijo mi querida Greta en este punto de la historia. —Tal vez lo soy, pero recibí un adelanto por mis servicios —me levanté y busque en los bolsillos de mi gabardina. Saqué un cheque y se lo di a mi fiel ayudante—. Con esto saldo mi deuda contigo. Cobrarás este cheque, pagarás el arrendamiento, te comprarás algo lindo y me traerás mi parte. Debo comprar algo de ropa decente si voy a andar con la niña rica. Ahora dime, viejita loca: ¿no quieres darle un beso a este sinvergüenza? —Podría besarte, sí —dijo sonriendo y tomando el cheque—, pero no quiero romperte el corazón. Mejor averigüemos quien quiere matar a la muchachita y pongamos las cosas en orden. —Por ahora solo sé que heredó de su papi una gran fortuna y que el testamento solo beneficia a otros si ella muere. —Así que los que tratan de matarla son miembros de su familia. —Bueno, no habían tratado de matarla aún, pero la chica es paranoica y tiene miedo de que lo intenten. Según me dijo la cantidad de dinero haría que cualquiera matara a su madre y se la comiera cruda. —¿Tanto así? —preguntó Greta despreocupada. —Tanto así, bueno, ya ves que quiso contratar un guardaespaldas para sentirse menos angustiada. Y luego del atentado de hoy, la cosa empeoró. —¡Jodido Canalla! ¿La chica tiene los nervios destrozados y le haces esta mierda? —No me mates todavía, Greta. Por un lado tenemos trabajo de nuevo, gracias a mi sucia maniobra y por otro lado la señorita Romas ha firmado un contrato bastante económico con el detective privado más calificado de la ciudad. —Que modesto eres, primor. —Olvidaste decir apuesto, linda Greta, modesto y apuesto —Me senté de nuevo, saque otra goma de mascar y antes de meterme la goma a la boca le dije: —Otra cosa Greta, llama a alguien para que arregle el jodido ventilador.
Cuidare de ti **Capitulo 1:** Llegué al restaurante quince minutos antes de lo acordado. Nunca fui demasiado puntual, pero cuando un hombre lleva meses desempleado una cita de trabajo lo hace saltar de la cama tan rápido como si lo bañaran con agua hirviendo, o al menos ese era mi caso. El lugar era elegante, tenía grandes ventanales y la altura en la que estábamos ofrecía una vista esplendida de la ciudad. El sol dibujaba grandes rectángulos de luz en las mesas y hacia brillar el piso de color caoba mientras los cubiertos tintineaban en los platos y se oían conversaciones en un tono de voz moderado. —Esto sí que es clase —murmuré sonriente. Mi cliente estaba en la mesa más lejana, en el último rincón del sitio, fumaba un cigarrillo, leía un catálogo de lencería—o eso parecía desde donde estaba —y alzaba la cabeza nerviosamente, cada cierto tiempo, para mirar a la puerta de la entrada. Tenía gafas oscuras y un sombrero azul claro del mismo color que el resto de su traje. No acostumbro detallar demasiado a las personas, por aquello de la mala educación, pero hay ocasiones en las que es un pecado no notar ciertos detalles. Su piel era muy blanca, aunque no tanto como el polvo de talco que cubría su generoso pecho, y tenía los labios pintados de un rojo lo suficientemente intenso para lucir sexy pero no tanto para parecer una prostituta. No tenía idea de que era ella cuando recibí su llamada; la había visto en las revistas de eventos y esas cosas, siempre acompañada de algún apuesto ricachón, pero jamás en persona y sin duda se veía mejor que en cualquiera de esas fotografías. Se trataba de la señorita Maidy Romas de 23 años de edad; hija de un magnate. Esto sumado a la repentina muerte del viejo la hacía dueña de una importante fortuna. No pude evitar sonreír al pensar en esto. Este si iba a ser un trabajo bien pagado. Los tiempos de perseguir parejas infieles por unos miserables billetes iban a quedar atrás. Sí, después de tener que comer horribles enlatados durante meses, por fin me comería un buen trozo de bistec y podría cambiar mi traje y sombrero viejo por algo más acorde a mi atractivo. Caminé hasta encontrarme frente a su mesa. Su perfume acarició mi olfato—Demonios olía delicioso—. Le dirigí una sonrisa y dije: —Buenos dí… —No pierda su tiempo, amigo. No le voy a dar mi número de teléfono ni saldré con usted —respondió al instante. —¡Oh! No estoy aquí para eso, señorita —dije—. No es que no me parezca atractiva, pero yo vine por el trabajo. Ella se quitó las gafas y me miró de arriba abajo. Sus ojos grises se detuvieron un largo tiempo en el aspecto plástico mano derecha—Sí, soy manco de una mano, pero mucha gente lo es así que no detengamos la historia por esta tontería—. —¿Usted? —preguntó ella arrugando el entrecejo. —Así es —respondí sonriente, quitándome el sombrero con mi mano buena y saludando con una leve inclinación—. Me llamó anoche, por el anuncio que puse en el periódico. Usted me citó aquí. Ella aspiró su cigarrillo y lanzó el humo inmediatamente. Parecía más nerviosa. —Mire, no quiero ser grosera, pero usted no es lo que necesito. Esto fue un error. —Preguntó si tenía buena estatura y experiencia comprobable. Mido 1.90 y en esta carpeta… —metí mi mano falsa dentro del saco para sacar los documentos, olvidando por un momento que no me serviría de nada—. Oh, disculpe usted— dije volviendo a sonreírle. Ella me miraba con una mezcla de lastima y enojo. Coloqué el sombrero en la mesa y con mi mano izquierda logré entregarle una carpeta amarilla y un poco doblada—. Ahí están mis referencias, también hay una lista de números de teléfono de clientes satisfechos, puede llamarlos si quiere. Ella se estrujó los ojos con los dedos. —Le falta una mano y yo necesito un guarda espaldas. No me interesan sus referencias. —De hecho —dije sentándome, sin que me diera permiso, obviamente—. La falta de mi mano derecha es una de mis referencias más confiables, la perdí al salvarle la vida a uno de mis clientes. Fue un poco gracioso porque estábamos en un… —No intente conmoverme —Dijo ella apagando su cigarrillo en el cenicero de la mesa— ¡Demonios! Tratan de asesinarme, necesito a alguien capaz de protegerme. Lamento que perdiera su tiempo, pero no puedo contratarlo. —Mi cerebro todavía funciona, bastante bien si me permite agregar. Y si tuviese que defenderla pues… estoy aprendiendo a disparar con la mano izquierda y cada vez lo hago mejor. El otro día solo me tomó tres intentos darle a una lata. Ella lanzo una pequeña risa falsa y dijo: —Esto es absurdo. No puedo seguir aquí, señor… —Rob, para los clientas hermosas… Alzó las cejas, supongo que algo contrariada por el nombre que le di. —Bueno, señor Rob, no puedo decir que fue un placer conocerlo, pero sin duda fue interesante. Ahora tengo que irme —Ella sacó su pequeño Monedero, extrajo unos billetes y los puso sobre la mesa. Se levantó y comenzó a caminar hacia la salida—. Almuerce algo si quiere y dígales que lo pongan a mi cuenta. Dele esta propina al mesero. «Maldita sea, otro empleo perdido» pensaba mientras veía alejarse su espalda medio desnuda. Tenía que hacer algo rápido o ella, el traje nuevo y mi oportunidad de salir finalmente del paro se irían. Me levanté y lancé un largo suspiro. —Creo que no me dejas opción, cariño —dije en voz baja. Corrí hacia ella y la embestí abrazándola con fuerza y dando un giro para que cayera sobre mí. La derribé sin mucho esfuerzo y caímos en el exageradamente abrillantado piso. Ella me miró con sus ojos grises muy abiertos— las gafas se le habían caído, por la sacudida—. Podía sentir su corazón latiendo fuertemente en mi pecho mientras reposaba acostada sobre mí. —¡¿Qué demonios le sucede, está loco?! —dijo. —No se altere, señorita, pero tenía razón, están tratando de matarla. Los clientes habían dejado de comer para mirarnos y un mesero comenzaba a caminar hacia nosotros. —El que casi me mata es usted… —¡Escúcheme! Es importante que me preste atención ¿Ve aquella ventana? —Le dije orientando mi cabeza hacia unos de los ventanales—. Hay un pequeño agujero en ella ¿Sabe por qué? —No veo nada. —No importa, lo importante es que el francotirador agujereó la ventana y no daño su lindo sombrero azul, logré empujarla antes de que acertara. Ella cambio su expresión de enojo por una de horror. —Pero no escuché el disparo. —Claro que no lo escuchó. El tipo está usando un rifle con silenciador y mira telescópica. Pude verlo en la azotea de aquel edificio—Ella comenzó a llorar y aunque me sentía un poco culpable de sus lágrimas le dije: —. No se preocupe, señorita, si me lo permite, yo la cuidaré.
Escribir hasta que sangren los dedos: Puede que el título de esta publicación sea un tanto exagerado, pero vengo de un foro para escritores dónde lidiábamos día a día con todo ese peso que los aficionados a la escritura cargamos. Como el aprender a expresar bien las ideas que nos atormentan, separar las criterio vas malas de las críticas constructivas y , Otra vez, aprender y como olvidar el tan temido bloqueo del escritor. Y de eso es de lo que se trata, a veces se atropellan las ideas en tu cabeza y te sientas frente al ordenador o el papel y no salen las palabras y esa página en blanco te causa pesadillas. En aquel foro del que vengo había diversas actividades para estimular la expresión, la imaginación, actividades que te ayudaban a acabar de una vez con la página en blanco. Tomabas una imagen al azar y escribías un poema basado en ella o en lo que te inspiraba o mejor aún (mi favorito) un relato. Por ahí he leído que un buen escritor debe ser un buen lector y esto tiene muchos opositores, pero es que tiene mucho sentido, leer también es una actividad que te ayuda a eliminar esa página en blanco y llenarla de magia. Te ayuda a poder escribir hasta que te sangren los dedos.