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La primera vida de Gelatina fue la más tranquila. Nació en una granja rodeada de otros animales y de una familia humana que la quería mucho. Pasaba sus días jugando con los ratones, durmiendo en el granero y tomando leche fresca. Era una gata feliz y satisfecha, pero también muy curiosa. Un día, decidió seguir a un pájaro que volaba por el cielo y se alejó demasiado de la granja. Se encontró con un bosque lleno de árboles, flores y criaturas desconocidas. Gelatina se sintió fascinada por ese nuevo mundo y quiso explorarlo todo. Sin embargo, no se dio cuenta de que se estaba metiendo en un territorio peligroso. Un lobo hambriento la vio y se lanzó sobre ella. Gelatina trató de escapar, pero fue demasiado tarde. El lobo le dio un mordisco fatal y la gata perdió su primera vida. La segunda vida de Gelatina fue la más aventurera. Nació en un barco pirata que surcaba los mares en busca de tesoros y batallas. La gata era la mascota del capitán, un hombre rudo, pero bondadoso que le enseñó todo sobre la vida marinera. Gelatina aprendió a trepar por los mástiles, a cazar ratas, a luchar con espadas y a cantar canciones de piratas. Era una gata valiente y audaz, pero también muy traviesa. Un día, decidió robar una moneda de oro de la bodega del barco y se la guardó en su collar. No sabía que esa moneda era parte de un mapa que conducía a una isla secreta donde se escondía un tesoro maldito. El capitán se dio cuenta del robo y se enfureció con la gata. La persiguió por todo el barco hasta que la atrapó y la arrojó al mar. Gelatina trató de nadar, pero fue demasiado tarde. Un tiburón la vio y se lo comió. Así fue como Gelatina perdió su segunda vida. La tercera vez fue cuando Gelatina se unió a una banda de gatos callejeros. Eran unos tipos duros que se dedicaban a robar comida y a pelear con otros gatos. Ella quería ser como ellos, porque parecían valientes y libres. Pero pronto se dio cuenta de que no era tan divertido como parecía. Tenía que estar siempre alerta y huir de los perros, los coches y las personas que le querían hacer daño. Un día, la gata, se enfrentó a otra banda por el territorio de un restaurante chino. Fue una batalla feroz, y recibió un mordisco en el cuello que casi le arranca la cabeza, malherida, y al no saber donde refugiarse acudió al restaurante chino y ¿adivinen qué? … Termino siendo sopa y así le dijo adiós a su tercera vida. La cuarta vez fue cuando Gelatina conoció al amor de su vida. Era un gato blanco y negro, con unos ojos verdes que le hipnotizaron. Se enamoró de él al instante. Fue una primavera mágica, llena de paseos por los tejados, cenas románticas a la luz de la luna y noches de pasión bajo las estrellas. Pero el idilio no duró mucho. Resulta que él tenía dueña, y un día se lo llevó a otra ciudad. Gelatina lo siguió hasta la estación de trenes, pero no pudo subir con él. Lo vio alejarse por la ventanilla, mientras la gata lloraba desconsolada en el andén, fue un amor tan fuerte que murió de tristeza a los pocos días. La quinta vez fue cuando la adoptó una familia con dos niños pequeños. Al principio le pareció una buena idea, porque le daban comida, agua y un lugar donde dormir. Pero pronto descubrió que no era tan fácil convivir con ellos. Los niños eran unos salvajes que le tiraban del rabo, le ponían ropa y le hacían fotos ridículas. Los padres eran unos irresponsables que la dejaban sola en casa durante horas o se olvidaban de llevarla al veterinario cuando estaba enferma. Un día, se fueron de vacaciones y la dejaron encerrada en el apartamento sin nada que comer ni beber y murió de inanición, terminando su quinta vida. Su sexta vez fue en un pueblo de Francia. Era la gata de una anciana que se dedicaba a la magia y a las hierbas medicinales. La gente del pueblo le temía y la llamaban bruja. Gelatina la ayudaba a preparar sus pociones y sus ungüentos, y también a recoger las plantas del bosque. Su misión era cuidar de su dueña y defenderla de los malos tratos. Un día, unos hombres del pueblo irrumpieron en la casa de la anciana, acusándola de haber causado una enfermedad en el ganado. La arrastraron fuera de la casa y le prendieron fuego. Gelatina intentó salvarla, pero no pudo. Los hombres también la atraparon y la lanzaron a la hoguera y así perdió su sexta vida. Su séptima vida sigue en libre tránsito porque si no se termina la historia… ¿Alguna vez te has preguntado qué hacen los gatos con sus siete vidas? Yo sí, y por eso decidí escribir al final esta reflexión. Los gatos son animales muy curiosos y aventureros, que no temen explorar el mundo y enfrentarse a los peligros. Cada vez que un gato muere, renace en otro lugar con una nueva personalidad y una nueva misión. Así es como los gatos van aprendiendo de sus experiencias y evolucionando como seres. En su primera vida, el gato es un cachorro inocente y juguetón, que solo quiere divertirse y recibir cariño. En esta vida, el gato descubre las cosas básicas de la existencia: comer, dormir, ronronear y arañar. También aprende a relacionarse con otros gatos y con los humanos, aunque a veces se mete en líos por su inexperiencia. En su segunda vida, el gato es un rebelde sin causa, que se escapa de casa y vive en la calle. En esta vida, el gato experimenta la libertad y la adrenalina, pero también el peligro y la soledad. El gato se vuelve más astuto y valiente, pero también más desconfiado y arisco. A veces se une a una banda de gatos callejeros, y otras veces prefiere vagar solo por los tejados. En su tercera vida, el gato es un cazador nato, que se dedica a perseguir ratones, pájaros y otros animales. En esta vida, el gato desarrolla sus instintos y sus habilidades, pero también su crueldad y su egoísmo. El gato se siente orgulloso de sus trofeos, que a veces regala a sus dueños o a sus amigos, y otras veces se los come él solo. En su cuarta vida, el gato es un sabio maestro, que comparte su conocimiento y su experiencia con otros gatos. En esta vida, el gato reflexiona sobre sus vivencias y sus lecciones, pero también sobre sus errores y sus arrepentimientos. El gato se vuelve más tranquilo y bondadoso, pero también más melancólico y nostálgico. A veces se dedica a enseñar a los gatitos más jóvenes, y otras veces prefiere meditar en silencio. En su quinta vida, el gato es un viajero incansable, que recorre el mundo en busca de nuevas aventuras. En esta vida, el gato conoce lugares y culturas diferentes, pero también situaciones y problemas nuevos. El gato se vuelve más abierto y tolerante, pero también más inquieto e insatisfecho. A veces se sube a un barco o a un avión, y otras veces se cuela en un tren o en un coche. En su sexta vida, el gato es un artista inspirado, que crea obras de arte con su pelo, sus uñas o sus bigotes. En esta vida, el gato expresa sus sentimientos y sus ideas, pero también sus sueños y sus fantasías. El gato se vuelve más creativo y original, pero también más excéntrico e incomprendido. A veces expone sus obras en una galería o en un museo, y otras veces las deja en un rincón o en una basura. En su séptima vida, el gato es un anciano sabio y feliz, que disfruta de los pequeños placeres de la vida. En esta vida, el gato acepta su destino y su finitud, pero también su legado y su trascendencia. El gato se vuelve más sereno y agradecido, pero también más cansado y débil. A veces recibe la visita de sus antiguos amigos o familiares, y otras veces espera pacientemente la llegada de la muerte.

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