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@Loucy

UNA HISTORIA REAL QUE HA VUELTO DE PRONTO A MI CABEZA #Español #EnEspañol #DiscapacidadFísica #DiversidadFuncional Durante mis años investigando en la Universidad he llevado varios proyectos que vinculaban ciudad y discapacidad, creación de espacios públicos inclusivos y otras muchas cuestiones. A menudo, consultaba a ‘expertos’ para conocer su opinión sobre algo. Para mí esos ‘expertos’ no eran los académicos que hablaban de discapacidad, sobre lo que dice la OMS, o qué se entiende por diversidad, etc. Para mí, los mejores expertos en discapacidad, son precisamente aquellas personas que sufren condiciones y contextos discapacitantes. Es decir, que me reunía con asociaciones de ciegos, de personas en silla de ruedas, de personas con problemas cognitivos… etc. Nadie mejor que alguien en una silla de ruedas para decirte que un bordillo es una barrera. Y nadie mejor que un ciego para decirte que sin el bordillo, no puede guiarse bien con el bastón porque lo usa constantemente para golpearlo y saber dónde está la carretera. Y cuando ambos dicen que una papelera o una farola es una trampa mortal, es que son una trampa mortal. Bueno todo eso son cuestiones que no vienen a cuento para este post. La cosa es que hice amistad, (y la mantengo) con muchas de esas personas. Entre ellas con un hombre en silla de ruedas que perdió sus dos piernas en su juventud. Un día me contó su historia que relataré con mucha brevedad porque tampoco es a donde quiero llegar. Cuando era joven, este hombre era bastante inquieto y hacía bastantes locuras con su moto. Digamos que disfrutaba de la vida demasiado intensamente. Tuvo un accidente y perdió ambas piernas con poco más de 25 años. Pasados ya los 50 me contaba su historia y lo que sintió en aquellos momentos. Quería abandonarlo todo y acabar con su vida. No tenía interés en seguir viviendo y le daba todo igual. Más o menos así me lo contaba: ‘Me abandoné. Me quedaba en la cama esperando la muerte completamente deprimido. Pensaba en cómo podría suicidarme sin causar problemas a mis padres. Tenía 25 años y me había quedado sin piernas. Eso era una putada que no podía superar. Constantemente pensaba en lo que ya no podría hacer. Me decía a mí mismo: Ya no podrás jugar al futbol, no podrás subir al monte, ni hacer senderismo, no podrás salir a correr… Esos pensamientos me atormentaban. Pero pasado un tiempo me sorprendí contestando, también a mí mismo: Espera un momento, pero si nunca has jugado a futbol ni te ha interesado, si nunca has subido al monte ni te importa, si nunca en tu vida has salido a correr aún cuando podías hacerlo… ¿qué es lo que realmente has perdido? ¡Pero si, aunque tuvieses ambas piernas no harías ninguna de esas cosas! Ahí empecé a remontar y a dejar de pensar en morirme’. Sobre los 30, conoció a su pareja, la mujer de su vida y la madre de sus hijos. Y aunque es cierto que ya no podrá montar en moto (tampoco le importa porque les cogió rabia a las motocicletas), suele bromear con su silla de ruedas electrónica diciendo que esa es ‘la mejor y más potente moto que existe’. El tipo es feliz. Y muchas veces recuerda con cierto miedo en los ojos aquella época en la que quería quitarse la vida. Se nota que aún le aterra que, si lo hubiese hecho, se hubiera privado de más de 30 años de felicidad. Lo que quiero decir con esto es que a veces la vida nos enfrenta a pruebas muy duras. Podemos caer en un abismo y pensar que la vida no vale la pena. Podemos pensar que hemos perdido muchas cosas y que ya no podremos hacer otras tantas. En esos momentos parece que no vale la pena vivir. Pero lo cierto es que nada es eterno. Lo malo tampoco. Y si aguantamos y comenzamos a pensar racionalmente, podremos llegar a la conclusión de que tampoco hemos perdido tanto, y que la vida, aunque será algo distinta a lo que habíamos planeado, también contiene sus atractivos e ilusiones. Incluso, puede llegar un momento en que, como este amigo mío, miremos atrás con el miedo a haber estado en riesgo de perderse todo lo bueno que llegó después. Misteriosamente, y sin planearlo, las cosas buenas, también pasan y nos hacen olvidar aquello momentos aciagos que quedan relegados al pasado, a otra vida, a otro momento. Que les pasó a otros/as nosotros/as, que una vez fuimos, pero que ya no somos. Loucy Dedicado a ese muchacho.

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