El silencio Mellar el tiempo, eso hace. Serpentear por la mente, hurgando los poros de la conciencia. Se atasca en la garganta y reposa en el recodo más funesto, aguardando en un vacío incómodo, donde la voz es encarcelada y trata de no morir. Preciso es callar y conservar las navajas dentro del pecho, dejarlas ahí hasta que sea prudente que el tiempo, las ganas y las heridas no duelan o no se sientan, que a veces no es lo mismo. Preciso es pensar, pensarlo mucho para no decir nada. La palabra en la mente es una piedra horrible, pero vale más que la gema que a gritos se tira a los oídos por doquier. Preciso es dejar que las cosas pasen por la mente, que se atropellen en los pensamientos, que sus bandadas de sílabas se aplasten contra la piamadre, que las tormentas derrumben cada surco del encéfalo tratando de salir a dentelladas, que el cráneo retumbe ante tantas palabras que pujan por salir; mejor es hacer mérito del orgullo, de condolencia propia, de querer que las cosas se mantengan, y que se perpetúe, si es preciso, el silencio.
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