EL CIERRE Ahora, cuando no queda más que pan duro y verde sobre la mesa, y el zigzagueante recuerdo de la luz sobre la oscura cocina, no queda más que esperar que la tristeza pase. De alguna manera. Un flashazo, y el pan estaban mordisqueado, pero sin el borde húmedo que los dientes y labios dejan sobre él. Había pasado mucho tiempo, supuso. El agua ya no estaba dentro del vaso, pero dentro de su cabeza aún persistía aquel asqueroso dolor que calentaba sus sienes y empujaba los ojos, así lo sentía, afuera de sus cuencas naturales. “Coño de su madre, no joda” dijo como si alguien, además de la rata que jugueteaba invisible dentro de la alacena, pudiera escucharlo. Estaba odiándose tanto que no lo soportaba. Los recuerdos, una teta, la línea blanca sobre la mesa, las risas, la plaza, un muslo desnudo, la ventana cuando llovía, la almohada, los vellos amarillos en su cuello, el morado que siempre dejaba en la costilla de Carol, y ese maldito cierre que le ocultó por siempre el rostro de su amada. Microcuento de mi autoría.
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