Sisa No llegó a comer un día y por lo pronto no hubo preocupación: debe estar cazando (pensamos y dijimos en casa). Entonces, la rutina remontó sobre la duda y nuestro día se hizo sin diferencia de otros muchos. A la mañana siguiente Sisa no volvió para comer, aún cuando ella era la comensal más impaciente e insistente, aquélla que a duras penas aguardaba con su mal carácter maullando agudamente frente a su plato. Ya de noche, la ausencia de Sisa era más notoria, pero nuestro ímpetu era más positivo: ha de estar enamorada; se perdió con otro gato unos días; mañana aparecerá; esa debe estar escondida; mañana la buscamos. Muchos días pasaron con la sombra de la ausencia de Sisa hasta que finalmente apareció en esa pequeña y olvidada construcción al final del patio. Estaba escondida bajo unos pedazos de muebles viejos, convertida en un pellejo seco sobre sus restos óseos acomodados en el suelo. Es cierto que se retiran cuando saben que van a morir.
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