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Mi primera vez en Yaracuy Mi primera vez en Yaracuy fue para quedarme. El riesgo de seguir ciegamente a un instinto extraño que me decía que viajara y que cambiara drásticamente de hogar. Así sucedió un día del 2002 cuando mis primeros pasos fueron dados en una tierra desconocida y abrumadoramente verde, que me golpearía con el abrupto cambio de morada y sus implicaciones. Lo primero fue la humedad y calor asfixiante de estos predios que me sacudían y deshidrataban, a lo que forcé acostumbrarme utilizando solo ropa manga-larga. Luego fueron las leves infecciones cutáneas porque el agua que usaba era distinta. Lo que siguió fueron los leves estados febriles, la doble conjuntivitis y los dolores de espalda por todos esos cambios que mi cuerpo debía tolerar las primeras semanas de cambio. Aunado a ello, abandoné Caracas en plena y temprana juventud, así que debí despedirme de mis amistades y probar suerte haciendo otras, a las que no me quise apegar de más por el temor a abandonarles en otra mudanza, una que nunca se dio pero cuyo fantasma aún sigue mis pasos. Ahora, ya tengo casi 20 años de que dejé de ser el caraqueño promedio acostumbrado al smog, la velocidad y el andar frenético por aceras y subterráneos; y ahora estoy en un micromundo rural en que los conceptos de campo, tranquilidad y lejanía cambiaron los de cines, teatros o la vida nocturna a la que yo estaba acostumbrado. Quién sabe si volveré a ser de ciudad nuevamente. Abajo vemos una porción de San Felipe, acostada sobre el valle de Las Damas, cerca del río Yaracuy.

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