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Sucesión Romana ascenso - apogeo - CAÍDA (Cap. II) El que mucho abarca poco aprieta Roma era dueña del mundo entonces conocido. El imperio, establecido de forma sólida bajo Augusto y sus sucesores, gozaba de extraordinaria salud. El asunto consistía ahora en mantenerlo, pues la prosperidad romana atraía, como moscas a un panal de rica de miel de abejas, así que el asunto atraía tanto a inmigrantes pacíficos como a invasores violentos. Para más seguridad, Augusto quería llevar las fronteras del Rhin hasta el Elba, sus sucesores le dieron duro a Galia, Siria, Jerusalem y Britania contra los barbaros o aquellos que se oponían al orden del imperio, e inclusive establecieron provincias en las actuales Baviera, Suiza, Austria, Egipto, Armenia, Libia, Britania, Macedonia, Eslovenia y más allá. Después ocuparon el Danubio medio y reanudaron campañas contra los germanos que eran una cuerda de Coños sin madres. Aun así, percances siempre los hubo y los he descrito en anteriores post, pero aparte de eso, Roma consolidó sus fronteras repartiendo plomo o pactando con los pueblos bárbaros vecinos, convirtiéndose como el gran policía de ese nuevo mundo que sería más adelante Europa y un poco más allá del Danubio, las costas de África, el Medio Oriente y más allá de Asía para que fuesen vigilados en la periferia de sus fronteras construyendo grandes campamentos militares que custodiaban una extensión tan enorme de tierra y mar como si de una gran parcela se tratara. Así que creo que al algún sabio romano al ver lo grande que era aquello y el desmadre que se venía creo esta frase: el que mucho abarca poco aprieta. Para ese gran despliegue territorial no había, naturalmente, suficientes romanos para que le echasen los cojones suficientes para vigilar, pues buena parte de ellos prefería dedicarse a hacer su vida, sus negocios, ir al teatro, cantar, estar en casa con su familia o amante, vivir en fiestas depravadas en vez de estar todo el día con el escudo y la lanza, observando que el hijo de puta bárbaro de turno no se suba el muro por el Rhin, el Danubio o el Sáhara a las 3 de la madrugada. El centurión era considerado el pendejo de los pendejos: el ignorante del imperio que protegía las bisagras de entrada. Así empezó la decadencia sin orden, sin disciplina y el irrespeto que con el tiempo daría el desmoronamiento irreversible, sin embargo en ese tiempo alguien se le ocurrió la idea porque no había otra solución: Los vigilantes que controlaban las puertas del imperio, serían los mismos bárbaros reclutados en las mismas fronteras, así empezó a desaparecer los legionarios de origen Lacio y las guardias pretorianas de las fronteras empezaron aparecer. Y el mismo virus empezó a ocurrir con los oficios duros ó despreciados que se dejaban a los inmigrantes pobres, considerados como brutos e ignorantes porque llegaban buscando el Maná: tendencia habitual en todos los imperios donde las inmigraciones sin control siempre acaban contribuyendo a su decadencia: el romano no se dio cuenta que estas gotitas no mojan pero empapan lentamente. Pero todo esto no lo nota los ciudadanos del imperio ya que el mismo imperio tenía en esos tiempos dinero suficiente para pasar todo debajo de la alfombra: de conquistar al mundo, los romanos pasaban a ser ricos, cultos, vagos, otros productores, importadores y exportadores del mundo. Mientras los demás que querían tener la ciudadanía romana, querían ir al imperio o comerciar con él, parecerse ser romano; ya que la fortuna salía para todos. Eso dio pie a un auge científico, social y cultural de gran admiración y envidia para los vecinos y pueblos pobres que fue de larga duración y de enormes consecuencias, comparable al de Atenas y su vida intelectual y cultural, hasta que cayó en manos de unos mal nacidos y Roma que pasaría por ese trago a sabor estiércol sin misericordia. @petersbits

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