Los maoríes españoles Estamos en 1833 y España está a punto de estallar una guerra civil por la sucesión del Rey Fernando VII entre «isabelinos» —partidarios de Isabel II—, también llamados «cristinos» por su madre, que asume la regencia, y los «carlistas» —partidarios de su tío Carlos esto ha creado una gran estela de hambre, muerte, destrucción en la España rural y en medio de luchas fratricidas se sabe que las fuerzas liberales y absolutistas luchan enconadamente entre sí en pueblos y ciudades y en aquella soledad y falta de oportunidades en la localidad segoviana llamada Valverde del Majano muchos de sus habitantes deciden huir y enfrentar la vida en otro mundo, buscar un futuro en otra parte y en esa ida uno de sus habitantes el joven Manuel José de Frutos un chico alto pelirrojo decide dejarlo todo atrás y aventurarse rumbo algún sitio que le de una mejor vida que por los rumores que le llegó; la vida en América era un paraíso comparada con la España caótica de Fernando VII. Es así que cruza el Atlántico y llega a la recién creada Venezuela, llegando al puerto el buque cancela el desembarco ya que la situación era de destrucción y desolación y deciden en rumbarse hacia Curazao para abastecerse pero se dirige hacia Cartagena y precisamente al arribar en esta última se encuentra que no era el mejor sitio que aspiraba, sin embargo trabaja allí como pescador y vendedor de telas pero era mal visto por parte de los criollos por su odio hacia el ser español y se emplea en un buque pesquero y toma rumbo al itsmo de Panama. Allí Manuel se queda un tiempo trabajando y decide atravesar el istmo, para luego conseguir un trabajo en un buque de pesquero que navegue hacia lo que era antes el Virreinato del Perú que según los entendidos Lima era la principal ciudad de Sudamérica y poseedora de una vida cortesana y comercial única en todo lo que era el Antiguo Reino solo superada por Ciudad de México: al llegar a Lima conocida también como la "Ciudad de los Reyes" se encuentra que la "crisis post- independencia" ha sembrado caos, destrucción, fuego, muerte también más una crisis económica, imbuida en un voragine de venganzas y matanzas de criollos contra españoles, conservadores y viceversa. En ese ambiente Manuel se embarca a trabajar en una buque ballenero inglés llamado “Elisabeth”. Este barco atravesó el Pacífico y arribó en el Aotearoa, que así es como llaman los maoríes a Nueva Zelanda y que significa, literalmente, “la tierra de la larga nube blanca”. Por lo que al pisar por primera vez Port Awanui en torno a 1835, y allí empezó a entablar amistad con la tribu Ngati Porou, qué es la segunda mayor tribu del país. Según cuenta la leyenda, contada por uno de sus descendientes, Morehu Te Maro (conocido por todos como Boyse), Manuel José llegó en un barco ballenero y bajó a tierra mientras la nave se re abastecía. En la playa de Port Awanui vio a varias doncellas maoríes recolectando mariscos desnudas. El amigo Manuel se quedó encandilado y al encenderse la vaina mágica después de ese verano tan duro y seco no le quedó más remedio que quedarse. Sus compañeros de faena la mayoría ingleses se burlaban por ser pelirrojo, decían que se parecía más a un irlandés derrotado que a un español fracasado y que se la pasaba de huyendo de las guerras por no defender a su Rey, se dan cuenta que el señor Manuel no regresaba al barco, así que solicitaron la ayuda de una guarnición británica local para encontrarlo. “Buscaron por todas partes”, dice Boyse. “Pero había un lugar en el que ningún caballero iba a mirar. Hasta que se dieron cuenta que ¡Manuel José se estaba refugiando bajo la gran falda de una de las mujeres maoríes!” “¿Quién no querría quedarse después de aquella experiencia?”, pregunta Boyse. El talento para el comercio y el encanto del Manuel José le proporcionó renombre y fortuna. Y como cualquier español digno de tal nombre, hizo lo que han hecho muchos aventureros españoles tanto en America y como en Asia: engendrar mestizos. Contrajo matrimonio con cinco mujeres Ngati Porou por la cultura de la tribu: Tapita, Kataraina, Mihita Heke, Urahana y Maraea. Tuvo 9 hijos con ellas. Y estos -a su vez- tuvieron 41. Estos descendientes engendraron otros 299. Eso ocurrió hace casi dos siglos. Actualmente el clan de los Paniora (o “españoles” en maorí) tiene unos 20.000 integrantes. Lo que la convierte en la familia más grande de Nueva Zelanda. Todos ellos descendientes de Manuel José de Frutos que dejó un olivo que plantó hace más de 150 años, anécdotas sobre una tierra lejana llamada Segovia y muchas preguntas sin responder. Hay algo más que se debe aprender de esta historia: En 1980, el historiador Bob McConnell y su mujer Vivienne (una de las descendientes directas de Manuel José), comenzaron el arduo trabajo de dejar por escrito todo aquello que conocían sobre su saga, para que sus hijos no tuvieran el mismo problema y para que su historia no se perdiera en el tiempo. Todas aquellas historias del pasado acabaron conformando un libro, “Ramas de Olivo”. En su prólogo se puede leer: “Aunque descendientes de cinco mujeres, los lazos de esta familia son fuertes,la sangre española que les diste, les da un lazo común. Pero tú todavía permaneces en las sombras, un español sin pasado, un vínculo en Awa Nui, es donde tu olivo permanece firme” Un proverbio maorí reza: “Sólo al conocer tu genealogía puedes clavar tu lanza en la tierra y tener un futuro”. Hasta hace muy poco Paniora desconocían el origen exacto de su ancestro. Para los maorí es muy importante estar en contacto con las tierras de tus ancestros ya que según sus traciones es un elemento fundamental para conocer y estar orgulloso de su orígen. Los maoríes se ven a sí mismos como un pequeño eslabón en una cadena infinita que les conecta con su pasado, con su tribu, con su familia y con su tierra. Esto es lo que conocen como “whakapapa”. A pesar del enorme agujero en su whakapapa, los Paniora siempre han estado orgullosos de su herencia hispánica. En 1981 decidieron organizar un reencuentro familiar para celebrarla. En este caso, para Vivienne averiguar cuál era el origen de su abuelo era una parte esencial para la construcción de su propia identidad. Y desconocer el germen de su larga línea genealógica constituía toda una crisis de identidad, que llevaba -incluso- a la vergüenza para todos ellos. Es decir decían que era español, pero sabían si existía el pueblo o si era verdad tal afirmación. A todas estas una periodista neozelandesa llamada Diana Burns -intrigada por la historia de los Paniora- decidió poner fin al misterio sobre su whakapapa. Se puso en contacto con los ancianos del clan y trató de sonsacarles todo lo que se les ocurriese. Todo pareció infructuoso hasta que la tía Suey, una de las más veteranas de la familia, recordara una pista importante: “Mi padre decía que Manuel José era segoviano y venía de Valverde”. FUé así que después de algunos contactos, recaudar algún dinero, descubrieron que Valverde existía y viajó en el 2006 a Segovia: encontró la partida de bautismo de un tal Manuel José de Frutos Huerta en la Iglesia del único Valverde de Segovia: Valverde del Majano. Después de que Diana Burns consiguiese desvelar aquello que llevaban tanto tiempo buscando, varios paniora emprendieron un largo viaje, literalmente, al otro extremo del mundo: España. Así “En el verano de 2007 vinieron 17 personas. Nada más pisar Valverde besaron el suelo, nos saludaron con la nariz (su saludo típico) y dándonos su aliento; estaban muy emocionados”, rememoraba Santiago Ayuso García, uno de los vecinos de Valverde del Majano. Además fueron recibidos por el rey Juan Carlos I, conocieron a alguno de sus familiares más lejanos y obsequiaron al pueblo con dos piedras de jade. Los Paniola -al fin- pudieron “clavar su lanza” y respirar. Uno de los miembros de la expedición fue Edda McCabe, que explicaba: “ahora es cuando hemos empezado a comprender lo que significa ser un paniora. Estamos aprendiendo a darnos permiso a ser españoles”. Una reunión que se celebra cada 4 años: Alrededor de 4.000 miembros de la familia de toda Nueva Zelanda y de varias partes del mundo como Canada, Rusia, Alaska, Japón,China, etc acuden a la cita en el pequeño pueblo costero de Tikitiki, dónde montaron toda una fiesta al más puro estilo español. No se trataba de ser fieles con la tradición española, sino -simplemente- celebrarla. “Es importante para nosotros ser Panioras y escuchar lo que nuestros abuelos nos han dicho, que era que recordáramos nuestra herencia española. Ellos estaban muy orgullosos y nos contaron muchas veces todo lo que nuestro ancestro José Manuel pasó al llegar a Nueva Zelanda. Durante mi infancia, España era esa tierra con la que sueñas y a la que nunca has logrado ir”, expresa uno de los asistentes. Esta herencia española es algo que también se refleja en el diseño de su escudo familiar. En él se representa un castillo, una rama de olivo y varias franjas quebradas de color rojo y gualda. Todo ello rodeado por una inscripción que reza: “Adelante para siempre”. Fuente: Documental El clan español de Nueva Zelanda, de RTVE
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