Galeones del rey En el ambiente grisáceo del clima del Mar del Norte unos galeones españoles, enarbolando la enseña imperial, la Cruz de Borgoña, se cañonean con otros holandeses. En 1568 comienza la Guerra de los Ochenta Años, Guillermo de Orange y Nassau se levanta contra su rey Felipe II llamado «el Prudente» de la dinastía de los Habsburgo hijo de Carlos I. Apoyado por los protestantes alemanes luteranos e Inglaterra y Francia, Felipe II había recibido como herencia de su padre, Carlos I, los Países Bajos en unión del Franco Condado, para que España, en aquel entonces la nación más poderosa del mundo, defendiera al Imperio frente a Francia. Por esta razón, era un punto a la vez estratégico y de debilidad para Felipe II. Estratégico, pues a mediados del xvi Amberes era el puerto más importante de Europa del Norte, que servía como base de operaciones a la Armada española, y un centro donde se comerciaba con bienes de toda Europa y se vendía la lana castellana. Lana, de oveja merina, procesada en los Países Bajos que, vendida a precios razonables, llegaría manufacturada a España, con el correspondiente valor añadido, pero menor que si hubiera sido manufacturada en la Península, puesto que allí la mano de obra era más barata. Una debilidad, pues para los Países Bajos no solo supuso un cambio de rey, sino también un cambio de «dueño», pasaron de formar parte de un imperio a formar parte del reino más poderoso de la época. A diferencia de Castilla, Aragón y Nápoles, los Países Bajos no eran parte de la herencia de los Reyes Católicos, y veían a España como un Reino Católico y varias grupos pueblos eran obligados a cambiar de religión como la Luterna incentivadas por alemanes e ingleses. De manera que pudo sostener una guerra contra la Monarquía Hispánica católica tuvo que diversificar sus fuerzas ante tanto enemigo al mismo tiempo. Pero es que por si fueran pocos además Felipe II y sus sucesores tuvieron que enfrentarse a Escocia, el Imperio Otomano, los piratas berberiscos, en ocasiones Venecia, y al final Portugal y Suecia, demasiados enemigos contra los que España pugnó y se desgastó durante los ochenta años que duró la guerra, y que por la Paz de Westfalia de 1648 que la puso fin, junto a la Guerra de los Treinta Años que se solaparía con la primera, tuvo que reconocer la independencia de las Provincias Unidas, hoy Países Bajos, dejados a su suerte a los flamencos catolicos. Con todo la Monarquía Hispánica siguió siendo, aunque ya en declive, la súper potencia del momento, manteniendo aún su dominio en Europa Occidental y el globo, y es que a pesar de tantas dificultades el soldado español seguía siendo el mejor del mundo, tanto en tierra como embarcado. Como dijo un almirante francés en la batalla de Empel del 7 de diciembre de 1585: “Cinco mil españoles, que a la vez eran cinco mil infantes, y cinco mil caballos ligeros, y cinco mil gastadores, y cinco mil diablos”. O un general sueco en la batalla de Nördlinger del 5 de septiembre de 1645: “...los españoles peleaban como diablos y no como hombres, estando firmes como si fueran paredes”. O un coronel sueco en la misma batalla: “Nunca nos habíamos enfrentado a un soldado de infantería como el español, no se derrumba, es una roca, no desespera y resiste paciente hasta que puede derrotarte, es una pesadilla”.
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Hermosos tiempos de galeones