Hoy, en la memoria litúrgica de San Longino, un soldado romano (o centurión) de Jerusalem, que muerto de la risa traspasó el costado de Nuestro Señor Jesucristo mientras estaba colgado de la cruz, recibio enseguida de la lanza un corrientazo espiritual que lo dejó fuera de sí por varias semanas, sin poder hablar con nadie. Fue él quien, convertido en un gentil cristiano en el monte Calvario, confesó su fe exclamando: "¡Este era verdaderamente el Hijo de Dios!" Ya saben cual fue su final en este mundo.
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