Mara y Buda Tentó Mara al Buda con todos los placeres del mundo, plumas en las ingles, besos de castas muchachas y caricias de lascivos muchachos, riquezas, manjares exquisitos, ambrosías, músicas celestiales…, pero fracasó, y en lugar de aceptar su fracaso, le dijo rabioso al Iluminado: “no vales nada, tío, mejor te mando a mi ejército, pedazo de basura”. Mara no era simplemente malvado, de haber sido simplemente malvado, habría aceptado su fracaso y comprendido la superioridad del Buda. Es que Mara realmente creía que lo mejor que el Buda podía hacer era deleitarse y gozar con los placeres mundanos que le ofrecía el cosmos al unísono y que él, tan sólo, pretendía descubrirle. Por eso lo despreció tanto, no por maldad, que no explica su desprecio –si acaso explicaría su frustración– sino por un profundo y sincero convencimiento hedonista: Mara se sintió rechazado. Lo que distingue a Mara del Buda no es la maldad genuina y esencial del primero, sino la filosofía de cada uno. Es pueril considerar a Mara un malvado: sucedió, nada más y nada menos, que su filosofía era inferior. Mara no quiso hacer “caer” al Buda –prejuicio evangélico–. Mara buscaba un compañero de juergas.
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