He registrado en una hoja todas las ocasiones en las que la vida me puso a prueba para no olvidar nunca que mañana debo enfrentarla de nuevo. He perdonado todas las veces que me hirió sin merecerlo. He cerrado los ojos y he reflexionado sobre las veces que metí la mano en mi bolsillo para que se cayeran los secretos perdidos, donde nunca se guarda lo que no se vive. He experimentado miedo y deseo al mismo tiempo, el miedo de explorar lo que el destino no revela, descubriendo lo oculto, y el deseo de encontrar las palabras que me hagan volver a vivir. Le he agradecido al tiempo todo lo que ha hecho conmigo, dejando que los días caigan rápidamente en un mar que se lo lleva todo. Me he sentado a escuchar mi historia una y otra vez, removiendo lo que siempre debe permanecer quieto. He desafiado lo inevitable por si acaso existe la posibilidad de que la suerte esté de mi lado entre un millón. He desafiado a un Dios al que tanto he negado con un puñado de verdades inimaginables que dan sentido a mi vida y que solo yo conozco. Me he levantado de la sombra torpe de un desconocido que no sabía si hoy era ayer y nada había cambiado. Me he secado las gotas de lluvia sin paraguas después de haber llovido por dentro. He abierto la puerta de los miedos que creí haber dejado cerrada y me he asomado como un niño pequeño, asustado, con las manos entrelazadas, la cabeza gacha y las rodillas hincadas en el suelo. Esa puerta que nadie debería abrir nunca. Me he visto muerto en vida y pocos fueron a mi funeral... Me he sacudido el polvo de las respuestas que nunca llegaron... y me he levantado. Y ahora... después de tanto tiempo, que parece haber durado un instante, pienso vivir los días que deben ser vividos sin ajustar cuentas con nadie más que conmigo mismo, porque solo yo tengo la culpa de haber permitido que me dejara morir.
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