Y aprendí a aceptar la derrota en la vida, a alejarme de los lugares donde no era querido sin necesidad de pedir explicaciones sobre el porqué. Me di cuenta de que no todas las historias tienen un final feliz, al igual que no todas comienzan con un simple "Hola, ¿cómo estás?", que encierra la felicidad de un "Se quedaron hasta el final de los días". Si la vida me buscaba con excusas y medias verdades, me encontraría en las ganas de vivir, en todo lo que no fuera mentira. Comprendí que la derrota es la mejor lección para saber dónde no volver nunca más. A través de las derrotas, aprendí que el desafío de la vida es ser una mejor persona cada día, en un destino que tú mismo escribes con los obstáculos que te presenta. Sonreí ante la adversidad, alejado de cualquier victimismo que te hace débil en un mundo que, en más de una ocasión, es una selva donde no gana el más fuerte, sino el más inteligente. Me quedé con todos los golpes crueles y los devolví con nobleza, dejándolos en el suelo sin buscar venganza. Decidí vivir en la mentalidad de "Eso no es un problema", aunque en realidad fuera un castillo de noches sin dormir. Empujé a la memoria a dejar de soñar con lo que no es para mí, aunque me empeñe, y le di al corazón las huellas que debía pisar para que volviera a experimentar lo mejor de la vida. Y, por encima de todo, no permití que nadie me arrebatara el derecho a ser feliz, evitando caer en el error de olvidar al niño que llevo dentro.
No comments yet