No importa cuántos inviernos hayan pasado desde que nos fuimos, ni siquiera si hemos olvidado el camino de regreso. Siempre existe una pequeña casa con aroma a pan y a la niñez, una puerta entreabierta que parece invitarnos, y si tenemos suerte, aún encontraremos a una anciana que se asegura de que la puerta no esté cerrada con llave, por si acaso un día nuestro corazón recuerda el antiguo sendero a casa. Volvamos antes de que ya no haya nadie que corra a abrirnos esa puerta, para sumergirnos en su alegría y disfrutar de un café junto a la vieja mesa.
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