Gané una galaxia al perder un planeta. Logré la independencia de organizar mi espacio, ese que es intangible pero visible. Me deshice de todas las fantasías que me creaba, los proyectos inviables que acumulaba, las oportunidades que desperdiciaba… Y adquirí una nueva perspectiva y una ventana con horizonte. Eliminé todas las metas que había trazado sin ver. Superé mi ego y obtuve todo lo que el dinero no puede ofrecer. Afronté el pasado errante, los recuerdos nocivos… esos que son como insectos molestos que se agitan sin cesar. Los que aparecen y desaparecen y se distraen en el trayecto. Los que se cuelan por una rendija, pero no hallan la salida por una ventana abierta de par en par. Ascendí al ático y allí, en la penumbra, vencí a los espectros malvados que me rogaban clemencia. Los sepulté. Y les prometí que ya no podrían hacerme daño. No escapé, simplemente regresé. Aprendí de la falta y del necesitado. Aprendí a llorar… no por los fracasos, sino por las ausencias. Lloré en el mostrador de un bar frente a un hospital; a las tres de la madrugada perdí el pudor y gané libertad. Me llevé más de un golpe, pero aprendí a hacer malabarismos. Perdí una nave, pero gané un destino. Perdí un vuelo, pero gané un compañero en el andén. No te fijes en lo que pierdes, enfócate en lo que ganas.
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