Compramos verdades en el País de las Maravillas, creyendo ciegamente en las palabras de Pinocho sin percatarnos de cómo le crece la nariz en el escondite secreto de Nunca Jamás, donde nos hacen creer que siempre es sí o sí. Leemos cuentos idealizados en los que Cenicienta nunca llega a las doce para no descubrir su verdad, y nos reímos como tres cerditos que se jactan de haber vencido al lobo feroz, siguiendo los pasos mágicos de La Bella y la Bestia con la música a todo volumen, ignorando que la vida es el lobo de Caperucita, disfrazado en la perversidad del interés egoísta que nos deja caminando descalzos, sin zapatos de cristal, de un lado a otro en el camino de regreso de un Patito Feo que apostó su suerte a las verdades de un niño de madera cuya nariz sigue creciendo. Los cuentos son los que nos arrullaron en nuestros sueños de infancia para que, de adultos, los aprendamos a leer con los ojos bien abiertos, sin ninguna lámpara maravillosa a la que frotar con el deseo delineado frente a nosotros. Y en algunos casos, somos Hansel y Gretel, sin migas de pan para marcar el camino de vuelta a casa, con el corazón en un puño, perdidos en otro mundo de chocolate y caramelos que es la trampa del destino, haciéndonos confiar en la suerte de las apariencias irreales. El mordisco a la manzana envenenada de la más hermosa de los cuentos nos deja sin espejo mágico y sin la suerte de siete enanitos que nos rescaten. Después de tanto leer, ya sabemos que Pinocho seguirá mintiendo, porque si lo hizo una vez, lo hará mil y una noches más, y no tenemos el tiempo de las siete vidas de El Gato con Botas para desechar esto y no saber que… no todos los cuentos de la vida real tienen un final feliz.
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Para algunas personas la vida es una historia interminable de tragedias con respiros de felicidad efímera... Saludos