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Vivimos en un mundo sin ningún rastro de intuiciones procuradas por las realidades que nos harían extraordinarios. De perder tanto, perdimos la presencia de ánimo que, por más que sea la menor de las facultades y cada uno tenga la suya, en una ocasión fue adjudicador de relatos fuera de lugar hecho por la gente que vive en la podredumbre de falsedades. Vivimos en un mundo perdido que principalmente va a cuidar de todos en complejos pasadizos de “corre, procede a decírselo” con una cualidad de consuelo en declaraciones engañosas que son las más horrendamente terribles mentiras. Sopladores de palabras que aceptan que son movidos por la brisa cuando no vuelan una porción de un metro porque se quedan atrás de historias oscuras. Vivimos en un universo de filas de empuje para ver quién llega primero sin importar quién se cayó en el camino, porque lo importante es levantar los brazos en alto hacia la meta final. Contamos con compañeros para cervezas y los buscamos sin gracia cuando la cerveza ya no está fría y el corazón está caliente. Vivimos en el abatimiento de los celos que abandona el progreso de los demás, incapaces de dar adulación a las personas que triunfan sobre la base de que la tranquilidad es su logro medio. En un universo de señales de tráfico de cuatro luces en el que el negro es un detenido del oleaje de nuestros días y que en realidad no gana el “buenos días” en el pasillo. Vivimos soportando los días transformados de las historias de los niños de la abuela en leyendas parlanchinas que compran bocazas de mesa de cuna incapaces de levantarse porque se dan cuenta de que serán los nuevos héroes. En un océano de pirañas que arreglan vidas a cambio de no hablar de sus tragedias a cambio sin una buena razón. Nos enfrentamos a una realidad cotidiana tal que acepta que lo viejo será viejo y convierte a los niños en déspotas de impulsos irrazonables hasta que la vida, que da muchas vueltas, les da memoria en la vejez para recordar que generalmente hay que estar atento a las personas que regresan. Soportamos la fauna de la clase de decisión, que, en realidad, es la gobernada. Además, ella no tiene ningún conocimiento de eso. Quizás debamos dejar de sufrirlo para experimentar los tiempos de verdad que hacen a las personas que deben ser perpetuadas por la historia.

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