Las desilusiones duelen como el agua salada en una herida abierta: no llegan a matar, pero sí queman, son recuerdos afilados, memorias que lastiman justo donde aún no ha cicatrizado. Al principio se instalan como un huésped no deseado que se resiste a irse. Aparecen en la noche, disfrazadas de preguntas sin respuesta. Sin embargo, el tiempo, ese sabio y discreto aliado, las va desgastando sin que nos demos cuenta. El resquemor disminuye. La ira se apaga. La tristeza se transforma en un eco distante y el eco en silencio. No es que se olvide, sino que ya no duele igual. El corazón, terco, siempre halla la forma de seguir latiendo sin rencores. Porque después del sufrimiento llega el olvido. Siempre llega. Como el mar que, tras la tormenta, vuelve a la calma.
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