Cuando hacemos algo por el otro sin comprender el sentido y la profundidad de lo hecho, nos generamos a la larga un daño mayor a nosotros mismos, porque cuando quien era motivo de nuestro cambio por determinada circunstancia sigue su camino, sentimos dolor y vacío, impotencia y desconsuelo y nos deja a la deriva creyendo falsamente que lo que dimos o hicimos no fue suficiente, creemos que si hacemos esto o aquello seremos más queridos, mejor comprendidos o aceptados. ¿Pero qué pasa cuando cambiamos sin tomar dimensión de lo que hacemos o cuando hacemos por el otro sin pensar en nosotros mismos?. ¿Realmente vale la pena cambiar por alguien?. La verdad es que de nada vale hacerlo por el otro, olvidarnos de nuestra esencia, callar nuestra voz o dejar en manos ajenas un destino que nos es nuestro… Pero vale oro si lo hacemos por nosotros, si intentamos ser nuestra mejor versión, si buscamos dar lo mejor más allá de quien nos acompaña. Los cambios que no nacen desde nuestro interior, los cambios que realizamos dependiendo la persona que tenemos al lado no son nuestros, no estamos siendo nosotros, no estamos pensando, estamos siendo lo que los demás proyectan en nuestra persona y eso nunca es real, siempre estaremos disconformes podemos creer momentáneamente que lo logramos, pero nuestra esencia nos grita, nuestro camino nos reclama y tarde o temprano todo caerá y volveremos a ser lo que fuimos, hasta que comprendamos que no se trata de quien nos acompañe se trata de conocernos, aceptarnos y mostrarnos tal cual somos, sin querer convencer a nadie, sin intentar colmar las expectativas de terceros, simplemente siendo nosotros. No lo hagas por el otro… hazlo por ti, si es que a ti te hace feliz hacerlo, así no sentirás ausencia, así no habrá reclamos, ni vacíos, ni dolor.
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