En el momento en que la entrada de la casa de los abuelos nunca se abre en el futuro, una parte de ti se cierra y no regresa. Así es la realidad. En alguna ocasión, quizás quieras hacer un viaje al pasado para despedirte de cada segundo. Correr por un pasillo y esperar ese abrazo o una sonrisa de complicidad en el lugar de tu vida, donde todos los problemas se desvanecieron. La puerta cierra a la fuerza alegando que los años no perdonan. Así es el ámbito de la vida signado por las despedidas. Presionarías ahora para dejar de vivir con los recuerdos y permanecer allí por la eternidad. Impulsos desorbitados, voces de cuentos e historias alegres, sillones de sabios consejos. Cuando la puerta se cierra para siempre, abres los recuerdos de lo que ya no vuelve. El recuerdo de las cosas perdidas que no deja pasar lo que preferiría no pasar. La puerta queda ligeramente abierta siempre en nuestro recuerdo. El encantado mundo que vivimos alguna vez nunca se dispersa, independientemente de si la entrada está cerrada materialmente para siempre y no volvamos jamás.
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