“Te dejo la Luna encendida para que no temas al despertar…” Hay algo muy dulce en esa idea, como si alguien, aunque esté lejos, quisiera protegerte en silencio mientras duermes. La noche a veces despierta pensamientos y recuerdos que se intensifican, y silencios que parecen más profundos. En medio de todo eso, una pequeña luz puede transformar la experiencia. La Luna no elimina la oscuridad, pero la suaviza. No evita los sueños agitados, pero ofrece compañía. Y tal vez eso es lo que más necesitamos: la certeza de que no estamos completamente solos. Mantener “la Luna encendida” es una manera de expresar: “aunque no esté a tu lado, te pienso, te cuido y te abrazo desde la distancia”. Es un gesto sencillo, pero lleno de afecto, de esa presencia silenciosa que se siente sin hacer ruido. Porque al final, no se trata de evitar la noche, sino de atravesarla con un poco de luz y la esperanza de que al despertar algo bueno puede comenzar.
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