A mal pincho buena cara, cuantas veces nos hace falta ese toque, para empezar a recomponer las cosas, a cambiar de actitud, a remediar lo descompuesto, a abandonar lo que nos causa daño o dolor, a aceptar que el amor también tiene cabida en nuestras vidas, a saber perdonar y dejar a un lado el rencor, pero si no nos pasa ese pinchazo, sacudida, tropiezo o como quiera que se llame, estaremos en ese estado latente, sin ambiciones, sin recapacitar. Esa etapa cuál blanca nieves y su largo sueño sin que venga nuestro príncipe a despertarnos del letargo después de probar la roja manzana. Los pinchazos que nos ofrece la vida no siempre son malos, cuesta sacarse cada una de las espinas, algunas veces menos, otras más, pero con paciencia y perseverancia se puede recomponer de nuevo la herida y que ella pase a ser una nueva experiencia, que en muchas ocasiones ellas mismas con el tiempo nos causan risa y nos dan ese rostro lavado de nueva cara porque salimos adelante. Tantas espinas que hemos esquivado en la vida y que no nos han hecho nada pero cuantos otros que han pasado por delante o han estado detrás de nosotros se les clavaron en su piel, así que a dar gracias; todo tiene su razón de existir y donde hay espinas sus frutos y flores nacen siempre en la parte superior donde no las hay y así debemos ser nosotros siempre en lo alto a pesar de nuestros pinchazos de nos llevemos de vez en cuando.
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