A la vida le agradecería la sonrisa de mi madre en una caja grande de lazo azul gigante, que me ilumine el rostro al abrirla y sentir su calidez. A la vida le agradecería un triciclo en el que aprender las cosas importantes para dejar de pedalear cuando lo que no es cierto no tiene sentido y bajarme de él y subirme hasta encontrarlo. Un balón en una pared a manchas de sombra redondas, dejando ahí todos mis recuerdos por si pasa alguien y los ve, que sepa que no siempre todo es fácil y que hay que seguir siempre intentándolo. A la vida le agradecería un cuento de mi padre por la noche con las sábanas hasta arriba y los ojos bien abiertos sin querer que termine hasta calmar mis temores inocentes antes de salir a descubrir que el mundo es un lugar maravilloso. Pero también le agradecería algo más, algo propio, algo que solo yo puedo ofrecerle. Le agradecería mi gratitud por todo lo que me ha regalado, por todas las personas que me han querido, por todas las experiencias que me han hecho feliz. Le agradecería mi alegría por estar vivo, por poder amar, por poder crear. Le agradecería mi esperanza por un futuro mejor, por un mundo más bello, por una humanidad más hermana. Le agradecería mi amor por todo lo que existe, por todo lo que me inspira, por todo lo que soy. A la vida yo le pediría que me dé arena frente al mar en una toalla para dos, gozando del ritmo de las olas, sabiendo que no hace falta nada para ser feliz si estoy con mi persona favorita. O un abrazo eterno donde siempre renace todo cuando se estaba por perder lo que no se puede abandonar. A la vida yo le pediría que me reserve una tableta de chocolate a cuadros en un bolsillo, en una tarde cualquiera, con una canción infantil que me devuelva la magia que me robaron por ingenuo en la torpeza de mis días. A la vida, de la que siempre recibo mucho, le pediría que me lleve a la alegría de los días con sonido a risas de niños en puertas en un patio de maestros con olor a tiza blanca para no olvidar lo bonito que fue mi infancia.
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