EL BOTÓN 🔲 Que tal amigos noisers! Hoy en la historia de las cosas les traigo un objeto pequeño pero absolutamente necesario y que está presente en cualquier hogar. que disfruten la historia de el botón, y que la pasen bien el resto de este dÃa porque mañana toca trabajito! El botón Los primeros botones de que habla la Historia aparecieron hace cinco mil años en el valle del Indo, en el lejano Oriente. Las civilizaciones ribereñas del Mediterráneo, pioneras en tantos inventos, no lo fueron en éste. La amplitud que el vestido ha tenido en esa parte del mundo a lo largo de los tiempos hacÃa del botón una necesidad muy secundaria. Vestidos holgados y flotantes, generalmente escasos en aberturas, no necesitaban, en el mundo griego y romano otra cosa que alguna fÃbula, un alfiler o simplemente un nudo. Incluso estos medios, fÃbulas y alfileres, broches y hebillas, no fueron a menudo sino un pretexto para el ornato o la exhibición de riqueza. Los griegos ricos sujetaban el palio con broches de oro, y los romanos de las clases pudientes cogÃan sus túnicas y togas con fÃbulas de plata. Nadie sentÃa la necesidad de la botonadura. El botón no conoció un uso significativo hasta el siglo XII, y tuvo una finalidad más suntuaria que funcional, por lo que fue utilizado por nobles y cortesanos que los lucÃan, pavoneándose de aquellas breves y relucientes joyas de oro, plata y otros materiales nobles. De hecho, uno de los tÃtulos del entorno real más ambicionados en aquel tiempo fue el de "botonero mayor del Reino", a la par que se distinguÃa al gremio de estos artesanos. En la corte de Fernando III el Santo, y en la de su primo San Luis, rey de Francia, el botón adquirió una enorme importancia. Al lujo del vestido se une entonces el de las joyas y alhajas, entre las que se cuenta el botón, que sustituyó al broche. Se elaboran botones esmaltados, diminutas piezas de oro o piedras preciosas que guarnecen las mangas de los vestidos y cierran los ricos jubones con profusión de botones... Hasta treinta y ocho botones forrados de seda de colores recorren en el siglo XIII el vestido del hombre, desde los hombros hasta la cintura. No habÃa entre ellos dos botones iguales. Se trataba de una especie de muestrario de ingenio, de pericia y de riqueza, aquellas botonaduras que cerraban las prendas de vestir de los caballeros de la Corte, de los ricos burgueses y de los nobles. No sorprende que la palabra "botón" proceda de una voz francesa que significa "realzar". En pleno siglo XV en la corte de Enrique IV de Castilla, el botón amplió su ámbito de uso. Ya no se empleaba sólo para decorar el justillo, prenda de vestir sin mangas que ceñÃa el cuerpo y llegaba hasta la cintura, sino que se empleaba en la decoración de mangas y hombreras, sustituyendo poco a poco a las pasamanerÃas. Todas aquellas labores de adorno para guarnecer vestidos, a base de galones, borlas, cordones y flecos de oro, de plata o de seda van cediendo ante la pujanza y prestigio que cobra el botón en pleno Renacimiento. Es ahora cuando realmente se convierte en un objeto de deseo, modelados no sólo con metales preciosos, o forrados con ricas telas, o tallados en piedras preciosas, sino hechos en cristal tallado recubiertos con telas nobles para no dañar las zonas más Ãntimas..., cada botón es hecho a mano, uno diferente al otro. Sus artÃfices se preciaban de no hacer dos botones iguales. Eran obras de arte en las mangas de la ropa femenina, cuya botonadura corrÃa a partir del codo sin otra función que la del lucimiento y el ornato. El botón, breve joya, prestigiaba; llegó a ser distintivo de clase social, de nobleza y de buen gusto a finales de la Edad Media. Y en el siglo XVI se utilizan también como adorno principal de los sombreros, para lo cual se usan botones de seda blanca, amarilla o anaranjada; botones de azabache para damas de posición modesta, o botones de rica pedrerÃa para señoras de clase elevada. Poco a poco el botón lo invade todo. No se concibe el vestido sin él, aunque más como parte decorativa que como elemento funcional. En el siglo XVIII, el siglo del lujo y de la ostentación en el vestir, el botón adorna las ricas casacas que se abrochaban por la cintura, como luego serÃan pieza importante en el frac. Aparecen los botones de metal esculpido, cincelados, esmaltados e incluso portando pequeñas miniaturas de retrato. Se llenan de filigranas de oro o de plata, convirtiéndose en auténticas obras de arte en el que los plateros cordobeses fueron maestros universales en un momento de la Historia en el que llega a su grado máximo la obsesión por el lujo y el boato. En el Diario de Madrid, en 1788, se lee, al respecto de cuál deba ser el atuendo de un español de su tiempo: Mucha hebilla, poquÃsimo zapato; media blanca bruñida, sin calceta; calzón que con rigor el muslo aprieta; vestido verde inglés, mas no barato; magnÃficos botones de retrato en chupa blanca, bordada a cadeneta. Como habÃa sucedido con los alfileres, también el botón se convirtió en objeto de especulación. Hubo acaparadores de este artÃculo, que lo sacaban al mercado de nuevo cuando éste se hallaba desabastecido. El botón podÃa ser un elemento de cambio que luchaba contra la inflación de la moneda. Y como habÃa sucedido con el alfiler, también con los botones se arruinaron muchos. Sobre todo cuando empezó a ser un elemento más funcional que ornamental, cosa que ocurrió en Inglaterra, hacia 1750. La funcionalidad del botón llevó a la fabricación de este artÃculo a base de materiales pobres y baratos, a la fabricación en serie. La industria botonera se extendió por Inglaterra y Francia. Todo servÃa entonces para elaborar botones, desde la madera al hueso, desde el marfil a la pezuña de animal o la nuez de corozo. En 1805 el danés Bertel Sanders ingenió un medio de unir mecánicamente dos pequeños discos de metal Que luego se forraban. Resultaba muy barato este tipo de botón, más asequible que los dorados que ya llevaban lacayos, cocheros y mayordomos. Se generalizaron entre la población obrera en la confección de sus prendas de trabajo. El empleo posterior del hueso hizo que los precios cayeran, poniéndose el botón al alcance de todos los bolsillos. Comenzaron también a fabricarse botones de materiales nuevos, como el nÃquel, el zinc, el aluminio; se hicieron botones de caucho, de corteza de coco, de crines de caballo e incluso de cuerno. No se vio libre el botón de polémicas y especulaciones religiosas. Los protestantes de ciertas sectas intransigentes llegaron a prohibirlo por considerarlo un refinamiento pecaminoso; lo fustigaban desde el púlpito como cosa del diablo, avanzadilla de la vanidad que es por donde, decÃan ellos, empiezan a perderse las mujeres. Se exigió a sus feligreses y adeptos el abandono del botón, sustituyéndolo por ganchos. Pero todo era ya inútil. Desde el siglo XVIII el botón era obligado en el traje de un caballero. No necesitaba otro adorno; el botón era suficiente. Con el invento del botón automático a mediados del siglo XIX, desaparecieron los ojales. El botón estuvo amenazado de muerte. Pero sobrevivió, como también lo hizo tras el invento de la cremallera, su más seria amenaza en 1890, los famosos "cierres relámpago". Y sobrevivió porque el botón tenÃa una dimensión estética, un fin en sà mismo, como dijeron los modistas franceses de principios de siglo.
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