Epígrafe 1. Y así, los condenados fueron puestos sobre la suave hierba, sus cabezas descubiertas ante el público mirón, sus mentes con sus familias, o lo que de ellas quedó. Sólo el pequeño Luis, que entre los curiosos se acercó aquel día a la plaza, detallaría la sonrisa procaz de Luisa, la única condenada, sobre quien había caído la pena más considerada: ser fusilada en primer lugar. Cuentos de la Provincia olvidada. #Escritos
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