EL PASO DE LAS BRUJAS... Desde chicos nos advirtieron que aquel camino era un paso de brujas, en verdad le teníamos un terror absoluto y un respeto a ir por allí después que llegaba la noche, pero con los años y el tiempo uno deja de ser niño y creer en aquellas cosas, ya éramos jóvenes, mis primos y yo llegamos a la conclusión que allí no había nada de terror, la verdad es que este camino llevaba directamente al gran cultivo de mandarinas, allí estaba cubierto por árboles de mandarinas, las mismas que el abuelo decía que si comías muchas te podías envenenar, ya que a estas les faltaba muy poco para ser venenosas, de niño creíamos todo aquello y comíamos pocas y las más pequeñas, pero ahora entendíamos que solo era por impedirnos comer en cantidad, ya que este era el sustento de toda la familia, vender los frutos en el mercado, así que llegamos a la conclusión que aquel no era un paso de brujas. Éramos tres primos, el mayor y yo estábamos decididos a ir al cultivo de mandarinas en la noche, pero el menor decía que no se quería encontrar una bruja por allí, así que solo fuimos el mayor y yo, debo confesar que pasar por aquel camino en la noche me causaba un terror inexplicable, a pesar que ya me sentía un hombre, las rodillas me temblaban al cruzarlo, pero la verdad no vimos, ni escuchamos nada, nos convencimos que todo era un invento de los adultos, comimos mandarinas a más no poder, llevamos las que pudimos en los bolsillos, la siguiente noche volveríamos con bolsas o algo para llevar más, es como robar a tu familia, pero bueno nos parecía algo divertido. Cuando llegamos al camino de nuevo, algo había cambiado en él, no puedo explicar qué, se veía más lúgubre y tenebroso, debo confesar que mi primo y yo a pesar de creernos adultos, nos tomamos de las manos como dos niños pequeños, él sentía esa misma sensación que yo, solo fue dar un paso dentro de los árboles que hacían el camino, para escuchar esa risa macabra, esa risa tan característica de las brujas, solo habíamos dado unos dos pasos dentro de aquel camino de árboles, así que quisimos devolvernos al cultivo, pero allí supimos que todo estaba perdido, no había lugar de regreso, todo a lo largo era camino, estábamos dentro del paso de las brujas, no sabíamos que camino tomar, si el de regreso o el para ir a casa, nos decidimos por este último, tomados de la mano corrimos por entre el camino, mientras encima de este se seguía escuchando la risa y un aletear como el vuelo de unas grandes aves, el viento de la noche se hizo helado, mientras un olor a azufre y a tabaco cubría todo, el camino era corto, unos doscientos metros, pero mi primo y yo corríamos y no podíamos salir, mirar atrás era lo mismo, el camino se veía infinito, ¿qué podíamos hacer?, seguir corriendo como dos almas a las que sigue el mismo diablo, en este caso las brujas, porque su risa y su aletear se seguía escuchando por encima de nuestras cabezas, corrimos toda la noche a mi entender porque, en un momento dado escuchamos el canto de un gallo, cuando notamos, no estábamos en el camino, estábamos a unos pocos pasos de la casa, pero ya era el amanecer, habíamos corrido toda la noche, estábamos agotados, las mandarinas que llevábamos en los bolsillos estaban vueltas nada, fuimos a nuestros cuartos a dormir un poco. Pronto nos despertaron, debíamos ir a ayudar en la recolección de mandarinas, algo extraño pasó aquella mañana, la abuela iba a mi lado hablando alegremente y digo extraño porque la abuela nunca iba por esos lados, me seguía los pasos, cuando llegué al camino de los árboles, sentí un escalofrío, un temor que me hizo parar en seco, sabía que en realidad aquel camino escondía algo tenebroso, no eran cuentos de los abuelos, la abuela se quedó mirándome con una sonrisa picaresca, me dijo al oído, ¿qué le pasa mijo? parece que hubieras visto una bruja, dicho esto se devolvió para la casa, cuando estaba a unos pasos, soltó una risa suave, a pesar que esta no era como la risas de las brujas en la noche, yo podría asegurar que también en esa noche de espanto, escuché la risa de la abuela...
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