En estos últimos días ha habido un auténtico y comprensible revuelo con respecto al tema de los impuestos que deben pagar las vendedoras por catálogo, impuestos que una pagaría con mucho gusto si no fuera por el detalle de a dónde se ha destinado mayormente el dinero que se recauda y porque la institución en sí (la Secretaría de Administración Tributaria) no genera tanta confianza tanto en su modo de administrar lo recaudado como en su afán de no tocar ó aceptar miserias de gente de un muy alto poder adquisitivo y a varias empresas qu(cofcof Ricardo Salinas Pliego cofcof) y empresas extranjeras que generan billones de pesos / dólares. Y es que seamos honestos: Aquí en México solo se destina una miseria a las áreas de educación, cultura, y salud. Siempre, sin importar quién sea presidente. Según los acérrimos defensores del presidente en turno más otros asociados, la mayor parte de los ingresos de esos rubros provienen de la venta del petróleo. Una excusa muy barata, debo decir, para tapar el hecho de que la mayor parte de ese dinero se destina a los bolsillos de un exceso de gente en las cámaras legislativas, aún en medio de la cacareada "austeridad". Y si a eso se suma que las instituciones oficiales de salud, cultura y educación cuentan con la venia de la recaudadora de impuestos para hacer sus señores desfalcos sin ser perseguidas, entonces es comprensible porqué la economía doméstica de millones de mexicanos es informal. En resumidas cuentas: los impuestos no tienen nada de malo, pues es nuestra forma de contribuir al país. El problema se halla en las instituciones que se supone que deben ser un ejemplo de administración pública para la ciudadanía, y en su lugar solo doblan manitas ante empresas a las que les han condonado impuestos por décadas.
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