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#español #relato La falacia de la ventana rota. Hace años, me tope con este relato, y hasta el día de hoy no deja de parecerme muy pintoresco. Dicho relato fue propuesto en 1850 por Frédéric Bastiat, y aún al menos para este servidor, sigue cobrando un sentido interesante. Me tomaré el atrevimiento de agregar cosas de mi autoría para dar una explicación más sencilla de todo esto. Esta historia es sencilla, pero sus implicaciones y consecuencias no tanto: Se trata de un niño que rompe la ventana de un comercio digamos que de... Pasteles. Mientras todo esto sucede, los ciudadanos de esta región (pequeña por cierto) observan atentamente lo sucedido y esperan por un desenlace que les de algo de qué hablar por el resto de la semana. El niño corre asustado, pero el dueño de la tienda lo intercepta, lo amenaza, y el niño sin opciones, termina buscando a su padre quien trabaja de carpintero cerca del lugar. El dueño de la tienda de pasteles llega al negocio del padre del niño bastante airoso. Inevitablemente el carpintero, debe parar de trabajar para atender la emergencia que su hijo ha provocado. Se marchan hacia la tienda de pasteles para buscar una solución adecuada. Apenado, el hombre decide pagarle al dueño de la tienda, tanto por la ventana, así como por los daños y perjuicios que le pudo haber causado la ventana rota en su negocio. Digamos que en total fueron $500, $350 por la ventana y $150 por las molestias. Consecuente a eso, sucede lo lógico. La ventana se arregla con un vidriero local, quien recibe su dinero sin mayores complicaciones, y el dinero extra sirve para que nuestro amigo pastelero invite a una chica al cine, le compre unas flores, y luego termine llevándola a cenar y a tomar algo al restaurant de la esquina en la avenida principal. Los ciudadanos da un veredicto interesante la siguiente semana: ¡El niño es un héroe! ¡Ha mejorado la ciudad con su acto desinteresado! La pregunta es ¿Por qué? Los ciudadanos afirman que esa ventana rota fue motivo de un beneficio en la economía local. Al verse la ventana rota, un vidriero obtuvo trabajo al reemplazarla, por lo que se fomenta el comercio local. Ni hablar de la floristería, el cine, y el restaurant, que gracias al niño, pudieron trabajar esa tarde y esa noche, gracias al acto de la ventana rota. Definitivamente estamos mejor, dirían los ciudadanos. Pero vamos al otro contexto. Gracias al niño, su padre no pudo trabajar esa tarde, por lo que su productividad se redujo considerablemente. El dinero que pagó, iba destinado para unos zapatos y ropa nueva para el niño, por lo que al romperse la ventana, esa idea se esfuma: En consecuencia, ya la tienda de ropa no tendrá un cliente. Entonces, ayudamos al vidriero, la floristería, el cine, y el restaurant. Pero complicamos al carpintero, y a la tienda de ropa. En esencia se beneficia a unos, y afecta a otros. Bastiat deja en claro algo: El reemplazar una ventana rota implica que la propia ciudad pierda su valor, ya que reparar algo o reemplazarlo cuando se supone que estaba bien, no fomenta la producción. Nuestro amigo francés incluso plantea algo más interesante: ¡Las guerras son un perfecto ejemplo! Hay quienes afirman que gracias a las guerras, las economías de los países se estimulan por todos los gastos que implican. De hecho, en la segunda guerra mundial (casi 100 años después del relato) , países petroleros y que no estaban directamente involucrados en el conflicto, vendieron combustible a los países en guerra, y su economía se benefició. Pero las naciones en conflicto, tuvieron que desviar recursos, para poder financiar este evento. y ni hablar de los costes de mantenimiento post guerra, que solo indicó un declive en la producción de bienes y servicios, y por ende, algo negativo. Sin duda la conclusión es que los países estuvieran mejor sin un conflicto, y al ciudad también sin una ventana rota. Les debo la imagen, imaginen a un niño, con mirada pícara, que acaba de romper una ventana. Un vendedor frustrado, un padre apenado, y ciudadanos alabando a un criminal en potencia.

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