Pasan los días y el wendigo empieza a susurrar palabras que no se entienden bien al oído del caminante. A veces suenan como voces familiares y el viajero se gira y responde y luego ríe, como queriéndose convencer de que solo ha sido el viento. Llega un momento en el que el solitario caminante no puede más y enloquecido corre y corre en cualquier dirección, y se pierde, y cuando ya no puede más, cae agotado. Sobre el bosque cae el silencio. El wendigo se ha marchado, pero no tardará en perseguir a otro caminante solitario.
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