Un plato roto Era la primera vez que salía de su casa, dejando solo al gato hecho un amasijo de pelos sobre su almohada. Esa almohada que ya no tenía su olor, ese olor que tanto la había confortado en el pasado y que se fue desvaneciendo desde que el decidió irse, una lluviosa tarde de Octubre. Recordaba todo el tiempo que lo esperó sentada en el ventanal de su cuarto. Pidiendo que regresara a su vida una vez más. Así había sido su relación un ir y venir insoportable. Donde ella quedaba destruida cada vez que se marchaba. El siempre regresaba, ella era su puerto seguro, el lugar donde refugiarse de esta tormenta que es la vida. Pero esta vez no, el no regresaría, ella misma le había pedido que si se iba no volviera. Esta vez no, aunque sufriera, aunque se sentará a esperarlo todos los días en la ventana. Esta vez no, una parte de ella estaba harta de tanto desamor. La otra todavía suplicaba que el volviera. Pero sabía que iba a pasar esa necesidad, algo había cambiado dentro de ella, para siempre. Tendría que aprender a caminar sola, a quererse, a no depender tanto de los otros. Esa fuerza interior iba creciendo poco a poco. Lo sentía en cada gesto que hacía, sentía que no todo no giraba alrededor de su recuerdo, ya lo esperaba menos, le dolía menos. Al final tantos años juntos y solo le quedaba de su relación, un plato roto y sus recuerdos. Recuerdos de una relación en la que solo ella había entregado todo. Texto original ampliado a partir de una de las dinámicas de #miniRelato
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