Tanya. La conocía de toda la vida, era la borracha del barrio siempre sucia, maloliente, rodeada de hombres que se aprovechaban de ella. No siempre fue así la recordaba de niña en el parque, todo el día sola, jugando tranquila. Ni siquiera iba a su casa almorzar. Siempre con su risa burlona cuando la veía llegar con sus padres. Pero se llevaban bien, jugaban juntas, compartían la merienda que ella llevaba. En la escuela era un caos, la maestra la sentaba cerca para tenerla controlada. Había días que estaba tan cansada que solo dormía en clases. Otros no se podía estar quieta. No mostraba ningún interés por aprender y los maestros la dejaron por incorregible . Recuerda una vez por su cumpleaños le regaló un libro, una edición lindísima de El principito y Tanya lo recibió con ese modo suyo tan despectivo. Un libro, para mí, tú estás loca. Ella le respondió porqué no, es fácil de leer, te va a gustar. Imagina que lo tomó para no hacerle el desaire y lo debió haber lanzado en el primer rincón que encontró. Cuando ella cambió de escuela a penas se veían. A veces la saludaba de lejos o cuándo Tanya estaba sola. No le gustaban las personas con quien se relacionaba y en lo que se había convertido. Siempre bebiendo, escandalizado. Estafando a las personas para poder beber más. Esa mañana tocaron a su puerta, era la abuela de Tanya le traía un paquete, era el libro que le había regalado cuando eran pequeñas. Tanya había muerto, el cáncer la había matado o la vida que llevó. Quién sabe.
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