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He escrito este pequeño relato que desearía compartir con ustedes, a pesar de ser nuevo en esta plataforma. Es un cuento sobre el castigo y el perdón. Espero que les guste. PETICIÓN DE PIEDAD En un antiguo reino tuvo lugar una vez un juicio, en el que se decidiría el destino de un criminal que había cometido un homicidio. Durante un intercambio que degeneró en escaramuza, mató a puñaladas a un socio de negocios con quien mantenía un serio desacuerdo. El hombre llegó a la corte del rey, encadenado, con grilletes en sus tobillos y la cabeza gacha, aunado a una mirada perdida que lo hacía lucir absorto en sus pensamientos. “El rey decidirá ahora que será del acusado”, dijo uno de sus sirvientes. “Habla por ti, primero quiero oír lo que tengas que decir ¿Aceptas que has cometido un crimen?, ¿Confiesas?” Habló fuertemente el rey. “Si, señor, yo lo maté”, declaró el cautivo. “Todos lo oyeron", dijo uno de los presentes, amigo del que había muerto. “¿Qué esperan para castigarlo por su crimen?” El rey, sin embargo, replicó sabiamente: “¿Se le dará entonces una muerte por otra? ¿Venganza, así somos? Esto no traerá de regreso a quien ya se ha ido. El amigo de la víctima alegó: “Pero el hombre es una amenaza” “Escribano: ¿Qué dice la ley?” - Habló de nuevo el rey -. A lo que el sirviente respondió: “La última palabra es del rey únicamente” “Entonces yo quiero que hable primero el criminal”, - dijo de nuevo el rey - Señor, - comenzó el hombre bajo cadenas -, pido misericordia por mis acciones, yo reconozco lo que hice. “¡Cómo te atreves!”, - grito indignado la persona cuyo amigo fue muerto-, ¡mereces el peor castigo! El rey le ordenó a este que callara, pero el acusado le respondió mirándolo fijamente de una manera fría, pero tranquila, con semblanza de arrepentimiento. Es cierto que la justicia reclama que yo pague por lo que he hecho, Pero aquí nadie me puede castigar más aún de lo que ya estoy siendo castigado. Al decir esto hubo unos segundos de silencio, y luego un ruido incesante de murmuraciones, tan sonoras como grillos y sapos en una noche húmeda y solitaria, pero incomprensibles como un gallinero, aunado a la mirada inquisidora del soberano clavada sobre él. Pero luego continuó el acusado hablando sin más interrupciones: no digo nada contrario a su majestad el rey, ni de su corte real, pero nada de lo que haga revertirá lo sucedido, porque si robo algo lo puedo regresar a su dueño, pero lo que yo tomé no volverá jamás no importando que haga en esta vida o en otra. Cada momento puedo ver en mis recuerdos, al amanecer cuando despierto, durante el día y la tarde, de noche antes de descansar… en mis sueños continúo viendo el rostro del hombre cuya vida quité. Recordaba en voz alta el hombre, con los ojos mirando a la nada, y mientras todos le oían en silencio seguía diciendo: “Me mira con ojos vacíos y acusadores, trayendo constantemente a mí ese instante irreversible en que el cuchillo en mi mano le atravesó, una y otra vez, fue cuando mi soberbia y mi enojo se apoderaron de mi mente. No cometí una estupidez, no puedo decir que fue algo tonto, eso sería algo como olvidar mis herramientas en casa al salir a trabajar, esto fue más bien un horrendo crimen, una atrocidad. No supe detenerme y lo ataqué repetidamente con mi arma. A cada momento no se aparta de mí la culpa, vivo en el infierno, y no hay forma de escapar. Ese es mi castigo, revivirlo siempre, ya estoy pagando por mi crimen, solo la muerte me liberaría de este suplicio sin fin. Nadie en la tierra puede darme un castigo peor, ni el látigo, ni el acero, ni el fuego, ni la tortura más terrible en la que pueda alguien pensar se compararía. Terrible es ver siempre esos ojos llenos de muerte, y saber que merezco sufrir, porque de cierto que soy culpable, yo lo maté. Pido piedad, señor”. Y reinó de nuevo el silencio en la corte del rey para escuchar el veredicto. Se le vio salir de la sala aún en cadenas rumbo a cumplir su condena, a pagar por su crimen por el dictamen del soberano. Se veía cabizbajo, con ojos brillantes, con una faz de resignada conformidad, aunque triste, él sentía que la decisión fue sabia y justa… y rezaba así: “He decidido que la petición de piedad que me has hecho te sea negada, mereces ser castigado, por la vida que cobraste, por tu soberbia, por tu insensatez, por tu ira, pagarás. Por esto te perdonaré la vida, serás liberado para vivir con lo que has hecho por el resto de tus días”. Autor: Lic. Luis A Torrealba M.

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