UNA GAMEBOY ABANDONADA POR EL CLUB DE UN GATO ABANDONADO #Dinamica #EnEspañol #Escrito #DinamicaJuegosInfancia #Español A pesar de buscar y rebuscar, no he logrado encontrar el ‘Brick Game’ igualita a la de @JuanyChelme. Pero no desisto. Tarde o temprano aparecerá. Como les dije, soy una persona que guardo mucho las cosas que me gustan y trato de conservarlas. De hecho, buscando la ‘Brick Game’ apareció en un cajón mi vieja Game Boy. Aún funciona perfectamente y conservo media docena de juegos. La verdad es que esta consolita se convirtió en toda una fiebre para mí y mis amigos y amigas. Pero durante un verano, esa fiebre se vio superada por otra: el club del gato. Les conté que, de pequeños, mis primas, primos, hermanos y hermanas, éramos como una pandilla que íbamos a todas partes. Veraneábamos en el mismo pueblecito y allí nos juntábamos con otros veraneantes y algunos amiguetes del lugar. Éramos como una pandilla de 15 chicos y chicas de distintas edades entre los 8 y los 14 años. Durante ese verano de la fiebre de la game boy, nos prestábamos juegos y nos intercambiábamos las consolas por otras cosas (una bicicleta, otra maquinita, películas…). Pero algo especial sucedió aquel verano y dejamos todo a un lado. Los veranos en esa época estudiantil eran largos. Desde finales de junio hasta finales de septiembre (si es que habías aprobado todo). Justo el primer día de aquel verano, mi primo llegó con algo entre las manos: un gato prácticamente recién nacido. Montando en bici, lo escuchó maullar. Estaba solo junto a una casucha. Buscó a alguien que le pudiese decir de dónde salió, pero nadie sabía nada ni se hacía responsable. Así que lo recogió. El problema era que ninguno de nuestros padres quería un gato (mucho menos los míos ya que a mi me daban alergia). Temíamos que nos castigaran por traer un animal a casa, así que se convirtió en nuestro secreto. Justo debajo de mi casa había una zona con arbustos que crecían salvajes así que, escondida entre ellos, le hicimos una pequeña caseta para que no se mojara y le pusimos un camita con mantitas para que pudiese descansar. Y allí dejábamos al gatito por las noches porque no podíamos meterlo en casa de nadie. Por las mañanas, nuestros padres se sorprendían al vernos despertr tan temprano, desayunar a toda velocidad y salir de casa como un rayo. Todos íbamos a cuidar al gato y hasta hacíamos turnos para su cuidado. Sospechosamente, en nuestras casas desaparecían de vez en cuando, un brick de leche, una lata de atún o alguna sardina comprada en pescadería. Desde las 8 de la mañana hasta pasadas las 23.00 siempre había alguien cuidando y alimentando o jugando con aquel minino que era negro como el carbón con ojos muy azules (lo llamamos ‘beltzi’ que significa ‘negrito’). Nos llamamos el ‘club del gato’. Si a alguien que desconocía el secreto de Beltzi preguntaba dónde íbamos, nos mirábamos y decíamos por lo bajo: ‘no se lo digas, él no es del gato’. O nos obligábamos a responsabilizarnos para cumplir nuestras tareas de alimentación y cuidado del animalito bajo amenaza de ‘ya no ser del gato’. Así que sí, nosotros y nosotras éramos del gato, que, a su vez, no era de nadie. El problema llegó al acabar el verano. Habíamos logrado mantenerlo en secreto durante tres meses y nadie dijo nada jamás. Ni siquiera nuestros padres y madres sospecharon nada (supongo que sabían que algo tramábamos, pero nunca se imaginaron tal cosa). Sin embargo, ya no podíamos seguir cuidándolo y jugando con él porque debíamos volver a nuestras ciudades para regresar a los estudios. Aquellos últimos días estuvimos muy tristes buscando un plan para Beltzi y con pena de tener que volver a nuestras rutinas y dejar de verlo. El gato había crecido y ya estaba mucho más fuerte que cuando lo encontramos y nos seguía a todas partes. La cuestión es que mientras desmontábamos la caseta en los arbustos y tratábamos de buscar una solución, un vecino nos vio comenzó a gritar: ¡Ey! ¡Qué hacéis en los arbustos! Salid de ahí, ¿No veis que os podéis hacer daño con las zarzas y que podéis caeros a ellas? ¡Si se os ha caído la pelota os fastidiáis, ya os he dicho mil veces que aquí no se puede jugar a la pelota! Solo de la frustración y de pensar que nadie cuidaría de Beltzi, mi prima empezó a llorar. Y luego mi primo. Y luego yo. Y finalmente todos y todas. Aquel hombre pensó que llorábamos por su reprimenda y bajó a decirnos que no era para tanto, que él no quería haber sido tan brusco, que le perdonáramos… y entonces descubrió nuestro secreto. Le contamos nuestro problema y milagrosamente nos dio la solución. Él adoptaría a Beltzi y dejaría que lo viésemos todos los veranos que quisiéramos. Aquel vecino, se llama Martín. Y desde aquel día se convirtió en uno de los mejores amigos de nuestras familias. Y por supuesto, en el miembro más heroico… ‘del club del gato’. @Loucy Tengo que buscar en mis fotos si tengo alguna de aquel minino. Mientras tanto, aquí va la de aquella Game Boy que se vio desplazada por Beltzi durante aquel verano.
5 comments
Que detallazo el del Vecino Martín, como para un premio. Final feliz para todos y especialmente para el minino.
super relato, anécdota, todo, me ha encantado esta narración retro con videojuegos y animalitos incluidos, yeahhhh!!!
Dato de vital importancia: El club del gato es internacional. A mi me han incluido casi por obligación pero no me imagino un día sin tener que ver y darle de comer al "Misu" color negro pero con ojos verdes, que cada día se asoma a la puerta, pero que no podemos tener, dada las alergias de la jefa.
Encantada con esta historia... se debería llamar "Las hazañas de @Loucy y su club de amigos" me veo identificada con esta historia, recordando parte de mis anécdotas con los animales.. estos felinos me han traído de cabeza desde hace tiempo... tu me has dejado emocionada y riéndome con la pantalla del cel .. los protectores de felinos siempre encontramos solución para ellos, personas de buen corazón se cruzan en nuestro camino que brindan hogares para ellos...
Mira que no te veo ensuciandote con tierra cuidando un gatito jajaja tu tienes una pinta de que te forrabas de plástico de pies a cabeza para no ensuciar tu ropa, si guardabas los juguetes en caja jajaja. Que bonita historia la del club del gato, yo de pequeño no forme parte de ninguno, ya de mayor por obligación fui de gatos, perros y hasta periquitos.