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Alegoría animalista #Español #Animales #Expresiones El grácil caminar de gacela de aquella hermosa joven resaltaba su cuello de cisne y su cintura de avispa. Llebaba el pelo recogido con una cola de caballo que despejaba su cara y dejaba relucir su cutis blanco y suave como la piel de armiño. Cuando entró en aquella discoteca, que más bien era una jaula de grillos, todos los muchachos en la edad del pavo fijaron su mirada en ella. No siempre fue tan hermosa. No hacia falta una memoria de elefante para recordar aquellos tiempos en los que fue el patito feo de la escuela y otras muchachas la atacaban como víboras y la criticaban a sus espaldas con zorrería. Entonces, se llevaban como el perro y el gato. Pero todo eso cambió con su metamorfósis. Ahora todas querían acercarse a ella, como polillas a la luz. No tardó en aparecer un joven dispuesto a conquistarla. Su pecho de toro no dejaba lugar a dudas de las interminables sesiones de gimnasio. Un auténtico bestia, un pedazo de animal. Pero ella había oído hablar de él. Le habían contado que era la oveja negra de la familia que había pasado media vida haciendo el ganso y había acabado como gorila y como camello en aquel local. Con un exceso de autosuficiencia, y una risa de hiena, se puso a cotorrear sin parar. Aquel gallito se movía en aquellos ambientes como pez en el agua y no dudaba en coportarse como un buitre al acecho de su presa. Lo peor es que solo hablaba él. A ella ni la escuchaba. Parloteaba como una cacatúa y ella solo deseaba que cerrase el pico. El muy rata, ni siquiera le invitó a tomar algo primero y ya estaba tratando de toquetearla como un pulpo. El muy cerdo, intentó besarla sin permiso, a lo que ella respondió haciendo la cobra. Aquel tipo le ponía la piel de galliña y solo pensaba alejarse sin ofenderle, despacito como una tortuga. Nadie se fijó en el último mono del lugar, un joven muchacho que observaba la escena con vista de lince. Aquel jabato no se amedrentaba ante nadie, no escondía la cabeza como avestruz, pese a no ser alguien de gran tamaño. Su astucia de zorro compensaba cualquier diferencia de volumen o tamaño y nunca huía de nadie cual alimaña cobardica. Se acercó e intervino: —Cariño, me llamó tu padre. Quiere que vayamos a verle. Deberíamos irnos ya. Ella agradeció la trampa que le serviría para salir de aquella situación y tal vez por ello, el muchacho le pareció muy mono. Le dio la excusa para escapar de aquella serpiente. Salieron por la puerta, dejando al tipo tirado como un perro en una cuneta, con expresión de decepcón y tristeza y a punto de soltar alguna lágrima de cocodrilo. Fuera hacía frío, y su joven y camaleónico salvador le ofreció su chaqueta, aunque también él se estaba quedando pajarito. Fue entonces cuando ambos sintieron las mariposas en el estómago. @Loucy

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