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Las dos Marías. El calor de una noche de verano, acentuado por un apagón, obligaba salir a todo el vecindario a los portales. Buscaban algo de brisa, que al mezclarse con el sudor, les refrescara el cuerpo. Agradecidas por el farol, que la luna llena colgaba en el cielo, como tantas veces, dos mujeres conversaban. María, una señora casi octogenaria, sentada en su viejo sillón de caoba, y María Carla, su joven vecina, aprovechando como asiento, el nivel más alto del piso del portal con relación a la acera. La de mayor edad profesaba un gran cariño a la muchacha que había visto nacer y crecer. De pequeña, la cuidaba mientras sus padres trabajaban. Para ella, a quien la vida privara de tener hijos, Carlita - como la llamaba - de alguna manera, había llenado aquel lugar. Molesta con la situación, María Carla le reprochaba a su vecina que siguiera apoyando al sistema. Vives con una pensión miserable, después de haber trabajado tantos años, que no te alcanza para nada – le decía. No entiendo cómo puedes estar tan conforme en este país donde no hay de nada. Yo no pienso morirme aquí, me largo con el primer “yuma” que cargue conmigo. La anciana escuchaba y aunque entendía el enfado de la joven, no le alcanzaba para aprobar lo que decía. Las arrugas que se dibujaban en su frente, más el leve movimiento de negación de su cabeza, lo atestiguaban. María Carla, junto a un grupo de colegas, los fines de semana salía de “cacería” por la zona turística de la ciudad. Buscaba extranjeros que la invitaran a beber y cenar en algún lugar elegante y costoso, a divertirse en la discoteca de moda para, al final, terminar cambiando sexo por dinero. Estaba convencida de que encontraría a un turista que, enloquecido con sus encantos, se la llevaría con él de regreso a su país. Ella había terminado un técnico medio en contabilidad y ejercía de contadora en una empresa. Nunca dio explicaciones a sus padres de su doble vida, en cambio, con su vecina María, solía hablar con franqueza. Escuchando a la joven, los pensamientos de la anciana, volaron a un pasado, que su mente se resistía en recordar, para que las heridas permanecieran cerradas. Con solo nueve años perdió a su madre, una mujer aparentemente sana, que decidió morirse un día, sin ningún indicio que hiciera pensar a alguien que pasaría. Un padre alcohólico y tres hermanos varones, mayores que ella, fue la familia que le quedó. A tan corta edad tuvo que hacerse cargo de los quehaceres domésticos, para los que ya había sido adiestrada por la difunta. Con el tiempo, cada uno de los hermanos tomó su rumbo y la dejaron sola con el padre. Al hombre, que cada vez se hundía más en su adicción, le costaba mantener un trabajo estable que le permitiera ganar el sustento de la economía familiar. Pero lo peor no era eso, ella había aprendido a engañar al hambre de mil maneras. Todo el día se lo pasaba, pidiéndole a los santos, que el padre regresara bien borracho a casa, lo que le permitía activar sus poderes de invisibilidad. Cuando esto no sucedía, con frecuencia era obligada a saciar su apetito sexual. De nada servían las lágrimas, que en silencio, rodaban por sus mejillas, cuando permanecía de rodillas, frente al cuerpo desnudo de quien debía proteger su inocencia. Tenía trece años cuando decidió irse de casa. Dando tumbos, sin un rumbo definido para su escape, fue a parar a un burdel donde le dieron techo y comida. Al principio, ayudaba con la limpieza y los mandados, hasta que un día, un cliente importante para los ingresos del local, se interesó por la “muchachita nueva”. Así, asumió que ese era su destino y no valía la pena luchar contra fuerzas que la superaban. Por eso, el día que llegaron aquellas mujeres, prometiendo que la vida de ella y la de sus compañeras de faena, podía cambiar, no se lo tomó muy en serio. Luego, cuando las vio regresar, su imaginación las trocó en ángeles, que anunciaban la buena nueva de posibles estudios y trabajos, bien diferentes, a lo que ellas hacían para ganarse la vida. Fue el mejor regalo de quince que podían hacerle. Desde ese entonces se obligó a borrar todo el pasado de su mente y comenzó a llenar los vacíos con las nuevas experiencias. Nunca hablaba con nadie sobre el tema, eso se convirtió en una potente estrategia para el olvido. De ahí, la razón de que su vecina María Carla no la entendiera. Después de varias horas sin fluido eléctrico, de repente, se iluminó el barrio. La luz llegó seguida de una exclamación de alivio generalizado. Los vecinos, mortificados por el calor y los mosquitos, abandonaron los portales y fueron a refugiarse al interior de sus casas. María Carla ayudó a la anciana con el pesado sillón. Luego, se despidieron con afecto, dispuestas a entregarse al descanso. Ya era cerca de la medianoche. ________________________________________________________ Historia de ficción basada en una realidad posible. A principio de la década de los 60, en Cuba más de 10 mil mujeres ejercían la prostitución. La isla era considerada el mayor burdel del Caribe. Esa situación cambió, cuando a las trabajadoras sexuales, se les brindó la posibilidad de estudiar o adquirir una profesión. A lo que parecía sería una difícil tarea, le bastaron pocos meses para que se considerara eliminado el ejercicio de la prostitución en la isla. Luego, con la crisis de los 90 y el incremento de la afluencia del turismo extranjero, hubo cierto renacer del fenómeno. Martes, 13 de diciembre de 2022.

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