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Manos mágicas. Quiero compartir con ustedes un pasaje que me llenó de asombro en mi infancia, sobre una mujer que solo con sus manos creaba maravillas de la artesanía. Hoy, tras el paso del tiempo, cuando regresan esos recuerdos a mi, no dejo de sentir admiración por la destreza que alcanzaban aquellas delgadas manos. A una vecina nuestra de entonces, la visitaba una hermana acompañada de su pequeño hijo, visitas aquellas que se extendían por una larga temporada. Con la llegada del niño al barrio yo ganaba un compañero para los juegos, que entonces nada tenían que ver con la pasividad de las tecnologías. Como éramos contemporáneos solíamos congeniar muy bien, sin descartar algún que otro desacuerdo que tardaba minutos en zanjarse. Tener un compinche, más aún siendo forastero en nuestro pequeño pueblo, con experiencias distintas a las locales, era todo un privilegio para mí reputación infantil. Pero no es sobre mi amigo de entonces que va la historia que quiero contarles. Solo acotar que de adulto nunca supe el rumbo que tomó su vida. La protagonista de este relato será su señora madre. Un ser diminuto y delgado que aparentaba la fragilidad de una figura de cristal. Su voz era aguda pero muy dulce y sellaba cada frase con una sonrisa entre sus labios. Durante su estancia en casa de la hermana, pasaba la mayor parte del tiempo sentada en un sillón situado en un ángulo poco iluminado de la habitación. Allí, rodeada de los materiales que utilizaba en su labor, recordaba una infatigable arañita tejiendo su tela en un rincón. Destorcía pedazos de unas sogas finas y con la fibra resultante creaba piezas independientes que después iba uniendo con hilos de la misma soga. Después pasaba cintas de colores por las formas que el tejido formaba. Así de aquel proceso creativo surgían pamelas para protegerse del sol, carteras de tamaños diferentes o adornos pequeños para llaveros. La simetría, casi perfecta, de las piezas causaba el asombro de todo el que las veía. Pero lo más llamativo, es que todo esto lo hacía solo con sus mágicas manos. Durante todo el proceso sus ojos permanecían cerrados. El único auxilio que necesitaba era para ensartar las agujas. Siempre estaba atenta por si alguien atravesaba un pasillo que corría paralelo a la habitación para pedir ayuda. Muchas veces me tocó hacerlo y hoy siento placer al recordarlo. La señora, a causa de una enfermedad que desconozco, había perdido completamente su visión. Con sus habilidades manuales, que tampoco puedo asegurar si tenía antes de su padecimiento, contribuía a la economía de su familia pues todo lo que hacía se vendía muy rápido. Recuerdo que mi madre conservó alguna de sus creaciones muchos años después. Hasta aquí les dejo esta historia, que ya resulta extensa. Para muchos puede parecer irrelevante pero conocer a esa mujer, para mi, fue una lección para el futuro. Lunes, 9 de agosto de 2021.

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