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@LeoPardo edited

El árbol. Le era imposible ubicar en el tiempo el inicio de aquella relación. Había llovido tanto desde entonces, que las aguas borraron la fecha del comienzo. Recordaba si, el deslumbramiento en las miradas y las mariposas en el estómago. En la profunda excavación de sentimientos, ese era el único indicio, que delataba la existencia de un amor pretérito. Firmaron papeles convencidos de que estaban poniendo sólidos cimientos a la unión. Hurgar en ellos serviría como un método de datación efectivo. Pero tenía dudas acerca de si la fecha marcaría la partida o la meta del amor que quisieron construir. Haciendo memoria, ubico en ese momento, el inicio del fin. Entonces no advirtió que acababa de convertirse en el objeto que le faltaba a la casa para merecer el título de hogar. Con el tiempo fue descubriendo que debía competir con cuadros de pintores de moda y jarrones de vetusta porcelana. Fue duro reconocer que no siempre era un rival digno de ganar la porfía. Fueron los silencios prolongados los que le dieron la certeza. Podían permanecer todo el día bajo el mismo techo sin cruzar más palabras que un insípido saludo antes de desayunar. Con gusto se hubiese echado a su lado para escuchar, como lo hacía su perro, cuando él le hablaba. También soñaba con una caricia de su mano recorriéndole la espalda. Cómo cada mañana, cuando quedaba sola en casa, salió a la huerta. El rocío matinal perlaba las hojas de las plantas. Un recién estrenado sol aún no se adueñaba del cielo, sus débiles rayos apenas alcanzaban a calentar la tierra. Era aquel su rincón favorito dentro del espacio que los muros guardaban del exterior. Allí se sentía la madre de todo lo que crecía. Empeñaba toda la pasión, que era capaz de sentir, cuidando lo plantado. Y las plantas lo sabían y demostraban su agradecimiento, salpicando la tierra de nuevos brotes en cada amanecer. Aquel día un sentimiento diferente la embargaba. Sabía que era amor, pero en otra magnitud. Descalzó sus pies y los hundió en la tierra húmeda y tibia de la huerta. Un cosquilleo, como de miles de hormigas, comenzó a subirle por las piernas, le extrañó que lo percibía por debajo de la piel. Sintió como sus dedos se alargaban y se aferraban al suelo, estaba enraizando. Su piel, antes suave, se endureció para soportar los rigores a que se exponía a la intemperie. Elevó sus manos, entrelazándolas con los cabellos, que ahora eran verdes ramas. Cuando en la tarde su esposo regresó, al no encontrarla en el sitio que le había designado dentro de casa, se asomó a la puerta que daba a la huerta. Se preguntó cuánto tiempo llevaría allí, el árbol que estaba a mitad del sembradío. A pesar de parecerle familiar, no recordaba haberlo visto crecer. Lo encontró hermoso. Se acercó y acarició con sus dedos la ruda corteza. Un leve estremecimiento le llegó desde el interior del tronco. Martes, 22 de noviembre de 2022. Imagen de Stefan Keller en Pixabay https://pixabay.com/es/illustrations/componer-mujer-fantas%c3%ada-rostro-2391033/

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