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@LeoPardo

La casona del hacendado. #HistoriasdeAragüí La calle Real de Aragüi tenía apenas cuatro cuadras, que partían desde la estación de ferrocarriles, perpendicular a la vía férrea. La vista inicial que encontraba un forastero, al bajarse del tren, era la impresionante casona, que ocupaba la primera esquina al lado izquierdo de la calle. La residencia pertenecía a la familia del hacendado ganadero, fundador del poblado, que al quedar deshabitada, fue envolviéndose en un halo de misterios. La casa causaba admiración no solo por sus dimensiones, sino también por su forma, tan diferente al resto de las viviendas vecinas. Era una construcción de estilo colonial sureño, típica de esa región de los Estados Unidos. Desde el vecino país, fueron embarcadas la mayoría de las piezas, que más tarde se ensamblaron en el sitio, conjugadas con materiales locales. La balaustrada del amplio portal envolvía la mitad frontal y parte del costado izquierdo de la casa. El techo de tejas planas, a dos aguas en diferentes direcciones que formaban una elegante volumetría, mostraba pendientes pronunciadas. Se sostenía por columnas lisas de cuatro caras, que se afinaban a la par que se elevaban. Las paredes eran de tabloncillo, pintadas de color verde salvia, en las que se abrían, en blanco contrastante, ventanas francesas de dos hojas con lucetas de múltiples paneles de vidrio. La puerta de la entrada principal, marcando el centro, daba acceso a un pasillo que recorría la casa, a ambos lados del cual, se distribuían los espacios interiores. Desde un salón, a la mitad del ala derecha, una escalera de dos tramos de mármol blanco con barandal y balaústres de caoba tallados, daba acceso al segundo piso de la casa. Era aquella una habitación con salida lateral al exterior a través de un pequeño portal. Un piano de cola era su principal elemento decorativo, alrededor del cual, transcurrían las veladas familiares o con sus invitados más allegados. El instrumento fue un regalo del hacendado a una de sus hijas, la cual desde pequeña había demostrado una asombrosa aptitud hacia la música. Cuando, aún muy joven, la muchacha enfermó de leucemia y a los pocos años murió, nunca más se escuchó el sonido que producía la percusión de sus teclas. El segundo piso era la parte más alegre de la casona. Allí se encontraban los dormitorios de los cinco hijos del hacendado. Las buhardillas que asomaban por los techos laterales, para permitir la entrada de luz, permanecían abiertas de día, buscando mantener las habitaciones ventiladas. Ninguna otra casa en Aragüi tenía una chimenea. Desde la cocina, al fondo de la vivienda, subía la estructura de ladrillos desnudos, hasta asomar por encima del tejado. Los jardines que rodeaban la casona y la caballeriza del patio, complementaban aquel reino de opulencia rural. Al frente, los rosales daban la bienvenida con su perfume inconfundible. En un costado, del surtidor de una fuente, brotaba el agua que se escurría por tres platos dispuestos de menor a mayor, humedeciendo el viento a su paso. Senderos cubiertos con lajas, a ambos lados de la casa, conducían bajo la sombra de esbeltos pinos, hasta los establos traseros. Hermosos ejemplares de raza, al cuidado de los empleados, siempre estaban listos para cuando el hacendado deseara recorrer sus dominios. Desde que aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad de la hija menor del acaudalado ganadero, comenzó la casona a quedarse sin sus habitantes. Primero fueron alejamientos temporales, durante dilatados períodos, para las visitas a los más afamados médicos de la capital del país. Luego, las ausencias se prolongaron, por los viajes al exterior, buscando opiniones diferentes, que siempre encontraron las mismas respuestas. En total, fueron cinco largos años probando tratamientos novedosos, de ingresos hospitalarios, seguidos de periodos de recuperación que terminaban en nuevas recaídas. Durante este tiempo la familia se mantuvo unida, pero lejos de la casona. Los hijos mayores, en esas lejanas tierras, comenzaron estudios, formaron su propia familia y se fueron estableciendo, hecho este que les impidió volver a Aragüi aun después de la muerte de su hermana. El hacendado y su esposa regresaban, pero por cortas temporadas, para poner en orden los negocios que quedaron a cargo de un administrador de confianza. Con él tiempo, terminaron controlando todo desde la distancia. Fue en aquel caserón vacío, que solo una vez por semana, ventilaba una empleada para espantar la humedad, donde encontraron ideal refugio los fantasmas. El rumor nació a partir de las historias de una señora, a la que en el pueblo tildaban de loca, porque comenzó a afeitarse una franja de cabellos, después que alguien le espetara que no tenía ni dos dedos de frente. Ella contaba, que en las noches, mientras todos dormían en Aragüi, se encendían las luces del salón del piano y se escuchaba la música del instrumento. Agregaba que en una ocasión, en que se acercó a otear a través del cristal de una ventana, vio a la figura de una mujer, de espalda, sentada al piano, golpeado las teclas con soltura. La melodía la retuvo sin poder despegar la cara del frío vidrio, hasta quedar dormida en el portal, donde la sorprendió el amanecer del siguiente día, dejando una gran confusión en su mente. Al principio nadie lo tomó en serio, pero con el tiempo, al sumar el testimonio de otros pueblerinos, comenzaron a mirar con recelo todo lo que ocurría alrededor de la casona. A nadie le agradaba la idea de que la noche lo sorprendiera en las inmediaciones del lugar. Las beatas hacían la señal de la cruz cuando pasaban frente a la otrora vivienda del rico hacendado. Hasta la empleada dejó de airear las habitaciones por temor de encontrarse con algún etéreo huésped. Con el paso de los años, nadie podía dar fe de la existencia de los espectros, pero lo que si podían constatar, era el deterioro del inmueble. Primero fueron las hormigas que comenzaron la invasión silenciosa de lo que creyeron un enorme hormiguero. Después el comején comenzó a saciar su voracidad con la madera de las paredes, dejando solo la fina capa exterior donde estaba la pintura. Los murciélagos establecieron su dominio en los techos del piso alto y en el atardecer se veían por millares, saliendo en busca de alimentos. En temporada de lluvia, la humedad pudría todo lo que alcanzaba. Los jardines perdieron su magnificencia de antaño, las malas hierbas señoreaban alrededor de la casa. La fuente se convirtió en un depósito de agua verduzca, estancada. La edificación, que en el pasado había sido el orgullo de la gente del pueblo, ahora estaba convertida en un ruinoso y molesto caserón que afeaba tan céntrico sitio. Ya nadie dudaba, que hasta los fantasmas, que decían antes la habitaron, se habían marchado para siempre. Historia de ficción basada en una realidad posible. Lunes, 13 de junio de 2022. Imagen libre de Pezibear en Pixabay, editada. https://pixabay.com/es/illustrations/mujer-bonita-piano-m%c3%basica-583945/

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