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@LeoPardo

El gallego del hotel. #HistoriasdeAragüí En los pueblos pequeños, cualquier hecho que rompa el curso rutinario de sus días, se convierte en un acontecimiento que deja una huella indeleble en la memoria de muchas generaciones. Aragüí no era la excepción, su vida transcurría sosegada, predecible. Por eso, todos recibieron con asombro la noticia, que perturbó al pueblo, aquella mañana de domingo. En proporción con su tamaño, era llamativo que Aragüí, tuviera tres negocios de hospedaje. La justificación se la daban los viajantes que llegaban por el ferrocarril. Alquilaban una habitación en uno de los hoteles, y desde allí, salían hacer sus recorridos diarios, por los demás pueblos vecinos, para proponer sus mercancías. Un gallego corpulento, más bien obeso, era el dueño de uno de estos establecimientos. Cubría su cabeza, completamente calva, con una boina negra de lana. Su cara siempre estaba roja, como si la sangre, quisiera brotar por los poros. Hablaba alto, con voz de trueno. La edificación constaba de dos pisos. En la planta baja había una fonda que ofertaba comida a precios módicos. En la alta, a ambos lados de un pasillo, se alineaban los cuartos del hospedaje. En uno de estos, vivía el gallego, solo, pues no tenía familia. Además del hotel, el emigrante de Galicia, era propietario de una valla de gallos, ubicada en el traspatio del hospedaje. Al aplatanarse* en la isla, las peleas de gallos finos se habían convertido en su pasión. El esparcimiento predilecto de los pueblos de campo era apostar por los emplumados contendientes de la lidia, pactada hasta la muerte de uno de los dos. Ese domingo, como era costumbre, las peleas comenzarían en la mañana y durarían mientras que hubiese gallos y apostadores. La valla era una construcción circular de robustos horcones de madera, sin paredes y techo de cinc. A la redonda, bordeando la arena de combate, disponía de gradas para el público. Cuando, temprano en la mañana, llegaron los dos trabajadores, padre e hijo, encargados de alistar el lugar, lo que encontraron los dejó pasmados. De una soga, amarrada a una sólida vigueta del techo, colgaba el pesado cuerpo del gallego. A juzgar por la palidez del rostro, habían transcurrido varias horas desde la consumación del hecho. El suceso inusual conmovió a Aragüí, todo el asueto dominical quedó suspendido. Aquel día, y durante muchos más, cuando se encontraban dos personas, el tema saltaba en cada conversación. Todo un halo de misterio se fue tejiendo alrededor de la inesperada muerte del gallego. La inexistencia de algún escrito que aportara luz, a las secretas razones que lo llevaron al suicidio, dio riendas sueltas a la imaginación popular. Unos culparon al diagnóstico de alguna terrible enfermedad desconocida que amenazaba con atarlo a una cama por el resto de sus días. Un mes antes del trágico acontecimiento, el gallego se había subido a un tren que lo llevó hasta la capital del país. Aunque no comentó con nadie de los motivos, muchos la relacionaron con una visita a algún connotado médico capitalino que le diagnosticó el mal. Sin embargo, el hostelero, a la vista, parecía gozar de una salud de hierro, a pesar de que desde hacía un tiempo, con cierta frecuencia, dejaba el negocio a cargo de su administrador por unos días y se encerraba en su cuarto, sin salir para nada. La cocinera le subía algún caldo a media tarde y ese era el único alimento que consumía en la jornada. Otros hablaban de deudas impagables, acumuladas en las apuestas de las peleas de gallos. Aseguraban que todas las ganancias del hotel y la fonda las ponía en los picos y espuelas de los gallos finos. Su adicción lo hacía perder más dinero del que podía pagar y se veía obligado a recurrir a usureros por préstamos para seguir apostando. No faltaban los que desmentían esa versión de los hechos. Afirmaban que el gallego amasaba una fortuna cuantiosa en el momento de su muerte. Decían que una botija repleta de prendas de oro, plata y piedras preciosas estaba enterrada en algún rincón del patio del hotel. La historia tomaba ribetes místicos, cuando le añadían, que el espectro del gallego se mantenía vigilante desde la valla, por si algún osado intentaba robarle su riqueza. Para estos, fue la soledad la causante del ahorcamiento. Toda la familia del emigrante había quedado en Galicia, y no tenía a nadie en la isla, a quien legar su herencia. Eso lo deprimía, y explicaba sus encierros temporales. Nunca se supo si alguna de estas versiones, u otra que se fue a la tumba con el difunto, desató aquel triste acontecimiento que perturbó la tranquilidad de los habitantes de Aragüí. La fonda y el hotel pasaron a cargo del administrador. La valla de gallos fue desmantelada un tiempo después, pues el recuerdo del ahorcado ahuyentó a los asiduos, que terminaron mudándose, a otra que existía en el pueblo. Historia de ficción basada en una realidad posible. __________________ Aplatanarse: término que se usa en Cuba para referirse a un extranjero que adopta las costumbres del país en que vive. Martes, 31 de mayo de 2022. Imagen libre de Pexels autor Jeffry Surianto https://www.pexels.com/es-es/foto/animales-aves-polla-pollos-8807473/ En la imagen gallos peleando.

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