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@LeoPardo

El mar y la arena. Desde el inicio de los tiempos, cuando los océanos eran de aguas dulces y las tierras un inmenso jardín, vengo a narrarles esta historia. Entre el blanco encaje de espuma, que dejan las olas al golpear contra la roca, muy cerca de la costa, nadaba una esbelta joven. Por su torso de piel nacarada bajaban las rizadas cascadas de su cabellera de fuego. El sol del atardecer coloreaba con su paleta de anaranjados, rojos y amarillos el horizonte. En la húmeda arena de la playa, caminando distraído, un joven dejaba sus huellas. Llenaba sus pulmones con la frescura del aire en cada bocanada. Saboreaba, despacio, cada instante que le regalaba el marino paisaje. Fue entonces que distinguió a la muchacha en el agua. Una roca que se adentraba en el mar lo llevó hasta ella. Bastó una mirada para que entre ellos floreciera el amor. Desde aquel día de verano, cada atardecer, fue cómplice de su romance. Ella siempre lo esperaba impaciente entre las cálidas aguas, a donde él llegaba presuroso a través de la roca. Sólo la oscuridad de la noche los separaba hasta la siguiente jornada. Su pasión era tal, que las horas que no pasaban juntos, les resultaban inquietantes. Deseaban no separarse nunca, pero la noche regresaba para recordarles, que aquella unión era imposible. La hermosa sirena retornaba a su morada en las profundidades del océano y el gallardo joven a su casa, tierra adentro, alejada de la costa. Así envejecieron, encontrándose cada día en la misma playa. Cuando la muerte transformó sus cuerpos, ella se hizo mar y él arena. Desde aquel entonces, en que las lágrimas de su separación tornaron salada el agua del océano, cada ola que llega a la orilla es un beso de amor a la arena. Martes, 30 de noviembre de 2021.

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