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@LeoPardo

El baño. #DesdeMiPerfil. Una vez les confesé que me gusta estar limpio, pero odio tener que bañarme. La cosa cambia cuando alguien me baña. Que te bañen es placentero. Aunque no siempre, depende de las circunstancias. Me explico. De niños, cuando nos bañan, lo convertimos en un juego. El agua, al igual que la tierra, es un elemento que incorporamos con gusto a nuestros pasatiempos infantiles. El agua nos refresca, el jabón nos limpia. La espuma, con sus pompas que descomponen la luz en su espectro multicolor, le pone un toque de fantasía. El baño de un niño se acompaña de risas y chapaleteos. La hora del baño es de alegría, solo la aplazamos por algún otro juego. Después, cuando nos hacemos adultos, descubrimos los baños en pareja. Tú bañas y te bañan. Cada roce de los cuerpos desnudos es un disparador erótico. El agua y el jabón sirven de lubricantes para que el contacto sea delicado, sin asperezas. Cuando te frotan recibes un masaje afrodisíaco que inyecta un torrente de endorfinas al cuerpo. El baño en pareja, como cuando niños, sigue siendo un juego, uno sexual ahora. Por último, también nos bañan cuando estamos enfermos o somos ancianos, incapaces de hacerlo por si solos. Entonces ya no es tan placentero. Se vuelve incómodo y hasta bochornoso. Cuando más agua y jabón necesitamos, para limpiar la orina y el excremento que nos hicimos encima, tenemos que conformarnos con una toalla enjabonada que nos frotan por el cuerpo para arrancar la suciedad. “Un lavado de gato” como se dice. Esta vez si pierde su encanto lúdico. Te lo hacen solo por la necesidad de conservar la higiene. Hasta ahora, que me bañen, ha sido grato. Quisiera no tener que llegar nunca a que alguien me bañe sin que lo desee. Si llegara el momento, a mi que no me gusta bañarme, menos me gustará que me bañen. Pero como me gusta sentirme limpio seguro dejaré que lo hagan sin protestar. Sábado, 19 de febrero de 2022.

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