La maestra. #HistoriasdeAragüí En los pequeños pueblos de campo la escuela no es solo la institución que enseña las letras y los números, se yergue en manantial del cual brotan todos los saberes. Los maestros, portadores del conocimiento, son considerados sabios, dignos de la admiración y el respeto de todos. En Aragüí, la escuela estaba situada en el centro del poblado, de alguna manera, señalando el lugar de importancia que le daban sus pobladores. La construcción, de sólidas paredes de mampostería, culminaba en un techo de tejas a cuatro aguas dividido en tres secciones. A las aulas se accedía desde amplios portales que rodeaban la edificación. Un jardín con rosales a la entrada y un patio a la sombra de árboles frutales acogía la algarabía de los juegos infantiles en los recesos. Delgada, de elegante vestir y andar erguido sobre tacones de aguja, desde muy joven había comenzado a impartir clases en Aragüí. Cuando llegó a la estación de trenes, de regreso al terruño, después de graduarse de maestra en la Escuela Normal de Las Villas, comenzó a tejer su historia de educadora. Con el tiempo todos dejaron de llamarla por su nombre a secas para anteponerle siempre el título de maestra. La maestra no se ceñía al aula para impartir sus clases. Encontraba en la rica naturaleza de los alrededores de Aragüí una aleada ideal. Cerca de las transparentes aguas de un arroyo era más fácil imaginar como los primeros habitantes de la isla utilizaban sus redes para pescar. En el huerto escolar, junto con las siembras y cosechas, aprendían los principios de la botánica. Echando a volar la fantasía de sus estudiantes, convertidos en personajes de obras de teatro, enseñaba historia y literatura. No pudo tener hijos propios, pero repartía su cuota de amor maternal entre todos sus alumnos. Era habitual, que después de clases, fuera a su casa acompañada de algún niño necesitado de su ayuda extra para asimilar el contenido. Casi siempre eran pequeños con otras carencias añadidas. La maestra además los alimentaba, vestía y hasta le curaba los piojos. Estaba consciente de que aquel no era el remedio para sus males, pero al menos servía de alivio, mientras la instrucción que cada día le entregaba hiciera su efecto a más extenso plazo. Muchos de aquellos niños retribuyeron sus desvelos al alcanzar una profesión, después de andar un largo camino, que comenzó de su mano. No solo con dulzura cautivaba la maestra. Sin demora llegaba la mano recta de la disciplina, para persuadir al descarriado, de no repetir un mal comportamiento. Una esquina del salón de clases era el lugar de castigo para las faltas graves. Allí permanecía, durante el receso, el penitente, arrodillado de cara a la pared. Si reincidía en su conducta, podían agregarse sendas chapas para tapar botellas, debajo de las rodillas. Pobre del que se atreviera a dar las quejas al regreso a casa, entonces le tocaba además recibir el regaño de los padres. La autoridad de la maestra no se cuestionaba. La maestra, ya había moldeado muchas generaciones de estudiantes desde aquel día que entró por vez primera a un aula. Su voz ya no era tan clara, cierta ronquera se advertía, producto de tanto explotar sus cuerdas vocales. Su ensortijada cabellera estaba completamente blanca. Pero algo si se mantenía como al principio; su gallardía al andar. Cuando alguien le preguntaba sobre el momento del retiro, ella rápido respondía: - Eso será el día que ya no pueda ponerme mis tacones. Historia de ficción basada en una realidad posible. Miércoles, 11 de mayo de 2022. Imagen de Preben Gammelmark en Pixabay https://pixabay.com/es/photos/antiguo-aula-consola-escuela-1854416/ En la imagen un aula con su pizarra, buró del maestro y pupitres escolares.
4 comments
Que linda historia....ese pueblo de Aragüi tiene mucho del Macondo del realismo mágico (la escena de los piojos me hizo recordarlo) y de mí Machiques Natal. Los maestros en los pueblos eran tan respetados cómo los sacerdotes y otras autoridades civiles. ... Esa esquina y el castigo con las chapas también ocurrían. Excelente @Leopardo
Todos nosotros somos personajes del gran Macondo latinoamericano, más cuando hemos nacido en pequeños pueblos de campo. El Gabo supo hacerlo literatura y así mostrar al mundo como somos y pensamos. No pensé que la "tortura" de las chapas bajo las rodillas estuviera generalizada jajaja Gracias @Burkino.
Ha sido una excelente historia, la cual si lo piensas muchos maestros pasaron por eso mismo, que se ganaron el amor de sus alumnos y que dedicaron una buena parte de su vida a enseñar, porque esa profesión es una realmente maravillosa, lo digo con confianza, porque también elegí dicha profesión. Un relato agradable de leer de una realidad que puede darse. Nos estaremos leyendo.
Tu valoración va más allá del relato, se adentra en esa profesión que también has elegido. Quizá dentro de 60 años alguno de tus alumnos escriba una historia parecida acá en Noise 😉 Gracias @Denis4.