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@LeoPardo

Rosas por metralla. Esta vez se han empeñado en hacernos saber que hay una guerra. Primero porque es en Europa y no en un recóndito país del Medio Oriente. Segundo, porque unos tienen interés en mostrarnos como el despiadado oso ruso invade a su vecino y otros, como el nacionalismo neonazi ucraniano, enseña sus garras rusófobas. En mi caso particular estuve al tanto desde el primer momento, no en esta última escalada del conflicto, sino desde que comenzó todo en el 2014. Ustedes se preguntarán de dónde nace mi interés estando yo tan lejos del epicentro de los hechos. Y no es que el asunto carezca de importancia como para quedarnos al margen por vivir al otro lado del mundo. Pero mi razón añadida está, en que allá por los ochenta, estudié por 5 años en la ciudad de Donetsk mientras cursaba la universidad. El Donetsk de entonces era una ciudad tranquila, a su forma cosmopolita si juzgamos por la cantidad de estudiantes extranjeros que convivíamos junto a los locales. Estos últimos también descendientes, en su mayoría, de personas que fueron llegando de todas partes, desde el siglo XIX, por la necesidad de mano de obra que exigía el desarrollo de la industria del carbón y la metalurgia. Nunca noté diferencias que distanciaran a unos de otros. En algún lugar leí que se encontraba entre las ciudades industriales de Europa menos contaminada. Para eso se esforzaban sus habitantes. Recuerdo que el área urbana estaba salpicada de montículos que se formaban al vaciar el subsuelo a causa de una antigua mina. Lo asombroso era que lograban reforestar esta infértil tierra que cuando quedaba desnuda ardía por los residuos de carbón que contenía. En el centro de la ciudad se extendía un gran parque verde con lagos y muchas instalaciones para el ocio. Como la residencia estudiantil estaba en uno de sus extremos, lo visitábamos con frecuencia y en las mañanas, antes de ir a clases, corríamos para ejercitar el cuerpo. Pero nada realzaba más la belleza de la ciudad que sus jardines. Cada año, al final del invierno, un ejército de trabajadores reanimaba las áreas verdes. Al poco tiempo los rosales volvían a llenar de colores a Donetsk, lo que le hizo ganar el nombre de la ciudad del millón de rosas. Nunca más he vuelto después que culminé mis estudios. Siempre he deseado hacerlo. Sentiría mucho dolor si encontrara un Donetsk devastado por la guerra. Esa ciudad ya vivió un episodio de destrucción casi total durante la 2GM y como ave fénix resurgió de sus cenizas. Me niego a pensarla entre metralla, prefiero recordarla entre sus rosas. Los tambores de guerra que han enfrentado a dos pueblos que hasta hace poco convivían como hermanos deben ser silenciados. Intereses ajenos atizan el odio entre ellos. Pudiera ser que alguno de mis antiguos compañeros de universidad hoy sea un número entre las estadísticas de bajas. Es penoso que el camino de las armas sea el elegido para dirimir conflictos que deben resolverse de otro modo. Cada día que se suma a esta guerra es un día ganado por la sinrazón. #NoALaGuerra. Viernes, 11 de marzo de 2022. Imagen tomada de las páginas de un libro sobre la ciudad de Donetsk.

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