El quincallero. #HistoriasdeAragüí A mitad de la calle de los comercios, en Aragüí, se encontraba la quincalla del pueblo. En la isla llaman quincallas a las pequeñas tiendas de barrios donde se venden misceláneas. Ocupaba la parte delantera de la casa donde vivía el encargado con sus tres hijos. A la entrada, un cartel donde podía leerse “Quincalla La Sorpresa”, daba la bienvenida a los clientes. Un mostrador de madera y cristal dividía en dos el espacio. Dispuestos en un perfecto orden, en el local podían encontrarse desde bisutería, perfumería y jabones, juguetes o papelería hasta golosinas y cigarros. Quien necesitaba comprar de apuro botones, hilo de coser o betún para lustrar zapatos acudía a la tiendecita, que por demás vendía a precios módicos. El quincallero, era un hombre que aún no llegaba a los cincuenta años. De mediana estatura y figura aun atlética, exhibía una calvicie temprana. Siempre amable, tras el mostrador con frecuencia lo acompañaba la mayor de sus hijas. Conversador de verbo enardecido, defendía su criterio con pasión. Comenzaba el día actualizándose con las noticias que traía la prensa, aunque solo fuera para discrepar de mucho de lo que en esta se publicaba. Pero sus lecturas no se restringían a los acontecimientos diarios de los periódicos, leía cuanto material impreso caía en sus manos. Ese hábito lo dotaba de argumentos sólidos para desarmar a sus rivales de opinión. A pocos años de casado enviudó, cuando su joven esposa murió víctima del tifus. Quedó al cuidado de sus tres hijos pequeños, auxiliado por una vecina amiga de la familia, cumpliendo el pedido de la moribunda. Nunca buscó suplantar el lugar de la fallecida. Pensó, que de hacerlo, traicionaría el amor que se profesaran. Un amor que había triunfado saltando por sobre los prejuicios de la familia de ella. La muchacha, una pelirroja natural con la cara salpicada de pecas, no pudo contar con sus padres para que se quedaran a cargo de los nietos. Cuando eligió al amor, junto con esa decisión tuvo que renunciar a su familia, que no veían bien que su hija se casara con un hombre de ideas comunistas. Esas mismas ideas fueron las que, años más tarde, hicieron que él perdiera un puesto que desempeñaba en la compañía de electricidad. Lo culparon de revoltoso, por organizar a los trabajadores en un sindicato para exigir por sus derechos. Todo aquello ocurrió antes del día en que llegó a la estación de Aragüí. Un hermano suyo, que tenía un negocio de quincalla en uno de los pueblos que enlazaba el ferrocarril Norte de la isla, le pidió encontrar un lugar donde pudiera abrirse un nuevo establecimiento. Así fue, como el otrora electricista, se subió a uno de los trenes que hacían el recorrido diario por el camino de hierro hasta detenerse en Aragüí. En aquella localidad no existía ninguna tienda con el perfil de las quincallas, por lo que decidió que este sería el sitio donde comenzaría un nuevo capítulo de su vida. Alquiló un local, que serviría de tienda y a la vez de vivienda, a un gallego, propietario de uno de los hoteles del pueblo. Más tarde se vino con sus hijos al lugar, donde muchos años después, reposarían sus huesos. Las dos hijas hembras se quedaron junto a él en Aragüí, pero el hijo varón, un tiempo después, se fue a trabajar con el tío que los había ayudado. El negocio de la quincalla prosperó. Aunque no le permitieran acumular riquezas, las ventas eran suficientes para cubrir las necesidades básicas y mantener a la familia sin sobresaltos. El hermano se encargaba de comprar las mercancías en la capital y de embarcarlas por el ferrocarril, lo que permitía mantener la tienda bien surtida. Entonces, echó raíces en Aragüí, donde lo adoptaron como a uno de sus hijos, al que rebautizaron con el nombre de El quincallero. Historia de ficción basada en una realidad posible. Martes, 3 de mayo de 2022. Imagen libre de Brad Carpenter en Pixabay https://pixabay.com/es/photos/tienda-estantes-al-por-menor-2209526/
5 comments
Impecable relato @Leopardo, cargado de la pureza y humanidad que caracterizan a los pueblos pequeños. Tengo a medias, una historia que gira alrededor de una quincalla, veré si la termino y comparto luego. Adjuntas una buena fotografía (me parece ver en ella una lata de creolina, que estoy necesitando) y das crédito (en forma correcta) al autor de la fotografía.
Agradecido amigo @Burkino. Tu visita a Aragüí no podía faltar. Esperaré tu historia sobre la quincalla. Pensaba que la utilización de esa denominación para las tiendas de misceláneas era autóctono. La creolina es un desinfectante, ¿no? Me costó encontrar la imagen, al final no fue la que quería, pero por el asunto de los derechos de autor tuve que conformarme.
La creolina era o es una pócima mágica, sirve para todo, para desinfectar interiores de las casas, ahuyentar serpientes y arácnidos, curar ciertas infecciones en la piel de perros y gatos, también es un buen desparasitante. Por eso ya casi no se consigue.
Hermosa historia que nos muestra cómo siempre es posible salir adelante en la vida de manera honesta y honrada, y ganarse así el respeto y afecto de los pobladores. En lo personal, lo que más me gustó del quincallero fue ese amor puro que sintió una única vez en la vida, ese que albergó en su corazón para que perdurara más allá de la muerte. Saludos estimado @Leopardo.
Al leer esta bonita historia me traslade a la famosa quincalla de la Señora Blanca, quien tenía un negocio muy acogedor y famoso en nuestra comunidad, éstos personajes (quincalleros) si que sabían atender bien a sus clientes además se mantenían muy bien informado sobre los diferentes temas de la actualidad tal y como hacía el hombre al que mencionaste en la narración.