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@LeoPardo

El médico chino. La noticia se esparció como la pólvora en la mañana de la pequeña ciudad provinciana. Su connotación no merecía menos. La fama alcanzada por el médico chino se extendía hasta el último rincón de la isla. Como Leopoldo Pardo estaba de visita en el lugar, no pudo quedarse al margen. Fue en aquella ciudad donde comenzó su trayectoria de inspector policial, antes de trasladarse a la capital. Enseguida supo que no podría evitar tomar cartas en el asunto. Se acomodó su sombrero de pajilla, para enfrentar el ardiente sol, y salió a la calle. Chang Bom-Bian llegó a Cuba, junto con una oleada de migrantes asiáticos, para trabajar como braceros en la agricultura. Aunque comenzó estudios de medicina en el sur de China, sitio de donde era originario, no poseía títulos académicos. Su viaje desde el lejano Oriente hasta el tórrido Caribe, tenía el propósito de auxiliar a sus coterráneos en la cura de sus dolencias. A los conocimientos que traía de botánica desde su tierra, añadió el estudio de la flora local. Su erudición le permitía preparar sus propios medicamentos, qué combinados con los avances de la medicina occidental, le fueron ganando un prestigio que crecía con el tiempo. Cuando otros médicos desahuciaban a un paciente, el sabio herbolario lograba su cura milagrosa. El inspector Pardo no olvidaba la ocasión en que había sido paciente del médico chino. Una extraña fiebre lo mantuvo en cama por varios días. El doctor, que habitualmente trataba a su familia, no encontraba la causa del mal, ni la cura que le devolviera la salud. Fue entonces cuando la sapiencia de Chang Bom-Bian salvó la situación. Le recetó un remedio, que tenía que buscar en la farmacia china del lugar, el cual hizo desaparecer la fiebre al segundo día de comenzar a tomarlo. Lo recordaba de aquella ocasión como un hombre alto, de ojos ligeramente rasgados, con una mirada que examinaba profundamente, escudriñando más allá de lo que mostraba el rostro del paciente. Llevaba largos y finos bigotes y un chivo que alargaba su mentón. Empleaba un solemne ceremonial, como parte de la consulta médica, que causó impresión en el investigador policial. La muerte del médico chino, era la noticia que interrumpía la calma, de la habitualmente adormecida ciudad costera. Como el botánico vivía sólo, en la mañana, lo encontró sin vida en su camastro la mujer encargada de los quehaceres domésticos. Cuando el inspector Pardo la interrogó, la señora aseguró, que aquella muerte repentina era obra de la envidia de los galenos, que habían visto eclipsar su prestigio, ante la pericia de su empleador. La idea no resultaba tan descabellada al inspector, teniendo en cuenta, que años atrás el médico chino había sido obligado a abandonar la capital del país, acusado de vulgar curandero. Los miembros del gremio médico habían visto disminuir su clientela y sus ingresos a causa de la preferencia de los diagnósticos de Chang Bom-Bian. A esto se le suma, que el asiático, solo cobraba sus servicios a quien pudiera pagarlos. Fue así como llegó al lugar, dónde ahora, había encontrado la muerte. El inspector Pardo se acercó al camastro donde yacía el notable hombre. Le llamó la atención como los ojos, aún abiertos del difunto, dejaban ver unas pupilas completamente dilatadas. Antes, había estado observando unos frascos que llevaban una inscripción a mano dónde se podía leer la palabra Ephedra. Sobre la mesa, también descansaba un cuaderno con apuntes en caracteres chino. Todos aquellos objetos fueron incautados como parte de la investigación policial. Los resultados del forense diagnosticaron muerte cardíaca súbita por consumo de alcaloides. El inspector Pardo no descartó la posibilidad de un suicidio por envenenamiento, provocado por alguna sustancia de las que el médico empleaba en sus investigaciones. Nada probaba que alguien más fuera el responsable de lo ocurrido. La leyenda popular, que fomentó la creencia sobre la posible inmortalidad de quien había rescatado a tantos de la muerte, terminó envolviendo en el misterio el trágico final del sabio milagrero. Sus curaciones fueron tan extraordinarias que para señalar la irreversible gravedad de algún enfermo quedo fijada en el habla coloquial la frase “a ese no lo salva ni el médico chino” _________ Relato de ficción basado en la frase popular y en las crónicas de la época. Para encontrar post anteriores relacionados con el tema siga los hashtags: #FrasesCubanas #LosCasosDelInspectorPardo Viernes, 7 de enero de 2022. Imagen libre de Pixabay. https://pixabay.com/es/photos/china-la-medicina-popular-tarro-1871469/ En la imagen se muestra un estante con frascos de medicina tradicional que llevan etiquetas con inscripciones en caracteres chinos.

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