Observando el cenit pude notar —casi de manera insospechada pero cautivadora— la última vez que la vería. Sí, yo sé que nos encontraríamos de nuevo —incluso si yo no lo quisiera, aunque me sumergiera en las profundidades allí estaría ella, brindándome su luz en la oscuridad—. Ambos sabemos que su esplendor es todavía más reconocible al oscurecer. Aun así tengo que reconocer que pese a que la luz del día le robe gran parte de su propio brillo, sigue siendo inesperadamente esplendida.
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