Hablando de las oportunidades y de nuestra fabulosa capacidad para dejarlas pasar. A veces veo con fascinación esa facultad —inconsciente en algunos casos—, atada fuertemente a nuestros miedos, temores e inseguridades. Puede ser frustrante para quienes hemos en algún circunstancia desaprovechado ese momento irrepetible. O peor aún, tener todo una vida evadiendo eventos que nos atemorizan... ¡vaya error! Pero es todavía peor —conociendo esta tendencia— continuar alimentándola con nuestra inactividad, nuestra pasividad e incapacidad para enfrentar este obstáculo que muchos nos hemos impuesto, por alguna "razón" que posiblemente desconozcamos. Y es por eso que podría catalogarla como muy peligrosa. Queramos o no, la vida corre a una velocidad impresionante, y para cuando somos conscientes de ese hecho nos damos cuenta del tiempo perdido, las oportunidades perdidas —esas que nos hicieron sudar frio o tiritar emocionalmente. Por eso mi consejo —que no es nada nuevo, mucho menos una genialidad, ni siquiera una idea innovadora; pero me consta que siempre nos hace bien un recordatorio en esta vida llena de distracciones—: cuando nos veamos frente a una oportunidad —esa que deseábamos que nos ocurriera en nuestros adentros— demos el primer paso hacia delante, por muy insignificante que parezca, aunque tartamudeemos al hablar, aunque sintamos ese nudo en la garganta, que más da tropezarnos con el rechazo, ese "no" ya lo tenernos, ¿no es cierto? Porque vivir con vergüenza a cometer un error es condenarnos a no hacer nada, ¿quién ha hecho algo perfecto a la primera? Ni siquiera aquellas personas exitosas y seguras de sí mismas comenzaron con una audacia inequívoca. Lo que las hizo diferentes fue dar ese paso que nosotros nunca nos atrevimos a dar.
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