#MicroCuento #HistoriadeVida Yo quería ser bombero, de niño ese era mi pensar. Me parecía romántica la idea del riesgo, de luchar contra las llamas como si fuesen un villano sin rostro, de salvar vidas y ser recompensado por eso con besos, abrazos, alabanzas y, por supuesto, con algo de dinero. Lo suficiente como para pagar por mis chuches favoritas en el quiosco. Cerraba los ojos e imaginaba las escenas, los personajes y las complicaciones. Mamá y papá estaban allí, cerca, viéndome ser un héroe, y los vecinos del barrio, todos, incluyendo a Sofía, la niña linda de las trencitas. También estaba mi primo Juan, él era quien abría la llave del agua del camión, con mis amigos Tobías y Felipe sosteniendo las mangueras, enviando chorros de agua a las casas en llamas. Yo me encontraba en lo alto de la escalera, a punto de saltar hacia una ventana abierta desde donde gritaba un niño de dos años, y su perro, siempre hay perros atrapados en los incendios. Como Spiderman saltaba al interior de ese hogar, tapiado de humo negro y aroma a plástico quemado, protegía al chico y al perro con mi cuerpo y, con ellos colgando de mis brazos, me subía al borde de la ventana para entregárselos al profesor Montero, el de Educación Física, que era el director del cuerpo de bomberos al que pertenecía. El profesor estaba en el borde de la escalera y primero tomó al niño, que bajó con cuidado entregándolo a otros compañeros, poniéndolo a salvo, luego fue por el perro. Cuando los civiles estaban a salvo intenté saltar para salir de ese infierno en llamas, pero la madera del alfeizar de la ventana se rompió, quedando colgado sostenido por una mano. La gente miraba horrorizada lo que sucedía y gritaban espantados, abrazándose entre sí en medio de lágrimas, temiendo por mi vida. Pero yo estaba preparado para esos peligros, mi entrenamiento de años viendo películas de acción, leyendo comic, jugando con mis muñecos de superhéroes y haciendo gimnasia con el profesor Montero me habían capacitado para esa ocasión. Con esfuerzo logré sostenerme del borde de la ventana con las dos manos e hice fuerza con mis brazos para elevarme y así subir a la ventana. Entré en la habitación tapiada de humo y cubrí mi boca con una bufanda que se hallaba sobre una cama. Abrí la puerta y pasé al pasillo, las llamas crecían en los rincones como monstruos, que al verme, lanzaron sus garras feroces hacia mí, buscando alcanzarme, pero yo las esquivé logrando llegar a las escaleras. Mientras las bajaba, la madera cedió y la escalera se hizo añicos. Terminé en el suelo de la sala, con los trozos de madera sobre mí y las llamas rodeándome. Si no salía cuánto antes, el fuego quemaría la madera y me atraparía. Con fuerza y determinación me liberé, oyendo los gritos de mis compañeros que me llamaban angustiados desde la puerta, la casa estaba a punto de derrumbarse. Salí lo más rápido que pude, esquivando peligros y escuchando como las paredes crujían y el techo empezaba a desplomarse poco a poco. Corrí hacia la puerta con la casa haciéndose pedazos detrás de mí, alentada por las llamas. Justo cuando atravesé el pórtico y salté al jardín, la construcción se vino abajo, produciendo una explosión espectacular, casi nuclear, que hizo gritar a los vecinos y a mis compañeros que se hallaban alejados del incendio. Cuando la onda expansiva de la explosión pasó pude ponerme de pie, con los escombros incendiados de la casa a mi espalda y un tumulto de gente mirándome con impresión. Todos aplaudían y coreaban mi nombre. Al caminar hacia ellos me abrazaron, llorando llenos de felicidad. El niño y el perro que salvé se lanzaron sobre mí para darme un beso, acompañados de Sofía, que resultó ser la mamá. Ella me abrazó muy emocionada, diciendo que era su héroe y que estaba enamorada de mí. El profesor Montero apareció con una medalla de oro y un trofeo por mi valentía mientras mis amigos y mi primo aplaudían, y el señor Cristóbal, el dueño del quiosco, se acercó con una caja grande repleta de mis chuches preferidas como premio… Sonreí con alegría sentado en mi silla de ruedas y lágrimas escaparon de mis ojos recorriendo mi rostro arrugado por los años. No recordaba a las personas que me rodeaban y me trataban con dulzura, diciéndome “abuelo”, ni la razón por la que no lograba moverme con agilidad, pero recordaba muy bien ese sueño, nunca lo olvidaría. ¿Habré cumplido mi destino? ©JJCam
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