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Hoy continúo hablando de las mujeres a las que considero fuertes en la literatura, esas que me marcaron con sus historias conmovedoras y me dejaron grandes enseñanzas. Ya les hablé de Sherezada, de Las mil y una noches, de Scarlett O’Hara, de Lo que el viento se llevó, de Anna Karenina, de Anna Karenina, y de Claire Randall, de Forastera, cuatro superheroínas. Todas valerosas, decididas y obstinadas. Hoy quiero hablarles de una mujer especial, una creada por mí, a quien le di vida en la novela 12 CARTAS DE AMOR PARA UN DESCONOCIDO, obra que tengo disponible en Amazon. Todas mis protagonistas tienen algo de mí, son especiales y extraordinarias, pero quiero traer a Amanda en esta ocasión porque ella ha sido, hasta ahora, la única protagonista que ha existido en una época diferente a la mía: agosto de 1943. Con Amanda le hice honores a todas esas anecdotas contados por mis abuelos y por mi padre (todos ellos ya en el cielo) cuando me hablaban de ese “mundo mejor” que a ellos les tocó vivir. Ese tiempo en que los pueblos apenas comenzaban a formarse, cuando las carreteras eran trochas para el paso de mulas y donde las leyendas andaban a pie, ocultas entre los matorrales. Cuando el dinero no valía más que la palabra empeñada y cuando unas mejillas sonrosadas eran motivo de escándalo. Ese tiempo que no viví, pero que recuerdo mejor que mi propia niñez porque me lo contaron tantas veces, que parece que fuera más mío que de ellos. Amanda me permitió recorrer con ella caminos a través de un puñado de conucos que poblaba la falda de una montaña mágica, que parecía tener vida propia. Era una chica citadina que escapaba de la guerra, y me enseñó a oler las flores sin prisa, a jugar con mariposas y a deleitarme con las maravillas más simples y magnificas de la tierra. Me enseñó a amar la vida, respetándola desde lo desconocido, sin sentir vergüenza por los placeres o por esos ocasionales sentimientos de venganza que nos acosan cuando vemos una injusticia. Amanda me enseñó a amar a quien no conocía, a esa persona a la que no vemos, pero que a su paso nos dejó impactados con su presencia. Me mostró que la escritura es capaz de exorcizar a los demonios que tenemos dentro y puede comernos los órganos si les dejamos, aunque sea, un poco de espacio. Amanda ha sido mi mayor heroína, porque, a pesar de estar en un lugar que no le pertenecía, hizo suyo cada tramo de ese paraje. Lo conquistó y lo amoldó a sus necesidades, llenándolo de luz; amansando con sus silencios, con su timidez e inseguridades, a la gente terca que la poblaba, hasta volverse fuerte. Amanda superó la más dura de las adversidades sin perder un solo gramo de su esencia. Se hizo grande en medio del conflicto y amó como nunca a quien solo vio una vez en la vida. Me hizo feliz, no solo durante su escritura, sino desde que la dejé plasmada en esa novela. La convertí en faro y me es difícil olvidarla desde entonces, porque aún ahora, desde su mundo mágico e intangible, sigue acompañándome en mi caminar. Y tú, ¿has conocido (o creado) a una heroína igual? #Español

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